La historia de la ANR es la de su reconfiguración desde el poder. Sus movimientos dominantes siempre terminan desplazados, a menudo por medio de rupturas traumáticas y violentas. El partido sobrevivió a todos estos relevos. El cartismo parece ahora sumarse a ese cementerio, con una particularidad. No asistimos a un recambio de élites, sino al desplazamiento de quien había logrado subordinarlas.
La autoridad del cartismo se cimentó en una distribución desigual de recursos. El liderazgo decidía quién accedía al financiamiento y en qué condiciones. Esa capacidad le permitía influir en las candidaturas, las carreras políticas y las disputas internas, manteniendo subordinada a buena parte de la dirigencia.
El mecanismo comenzó a erosionarse con el ejercicio del gobierno y la acumulación paralela de recursos. El Ejecutivo controla el presupuesto y tiene capacidad de realizar nombramientos, mientras que los parlamentarios y gobernadores sostienen sus propias redes territoriales. Con esos recursos, los dirigentes fueron ganando autonomía frente al liderazgo y capacidad para negociar y coordinarse entre sí.
Otro factor clave fue la vulnerabilidad personal del líder, que alteró los cálculos de quienes habían aceptado su autoridad. Cuando la capacidad de ordenar y sancionar se vuelve incierta, la obediencia deja de ser la principal estrategia. El intento del líder de imponer una candidatura terminó precipitando la ruptura que venía gestándose. Quedó entonces en evidencia hasta dónde había avanzado la autonomía de los dirigentes.
La denominación de peñismo parece prematura. En el nuevo oficialismo, el presidente ocupa un lugar central y deberá negociar con dirigentes que cuentan con recursos y presencia territorial propios. La estabilidad de ese acuerdo todavía está por verse.
Desde la periferia del poder, la oposición enfrenta una oportunidad y un problema que suele subestimar. El desgaste del gobierno puede favorecer la alternancia. Pero la ANR tiene la capacidad de procesar ese desgaste desde su reconfiguración en el poder. Se observan mayores esfuerzos de coordinación, aunque la discusión sigue concentrada en el bucle de la candidatura presidencial. Una candidatura competitiva es indispensable. También lo son la organización, la movilización territorial y los acuerdos para gobernar.
Este escenario deja una pregunta recurrente sin respuesta. ¿Cuál es el programa para gobernar un país con restricciones fiscales crecientes y demandas sociales que requieren reformas estructurales? La ANR vuelve a recurrir a su remanida campaña del miedo sobre temas de género, mientras la oposición dedica sus esfuerzos a la nominación presidencial. La competencia por quién gobernará en 2028 avanza mucho más rápido que la discusión sobre cómo gobernar.