18 mar. 2026

El cambio y proyecto de sociedad

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Juan Andrés Cardozo

La época que nos toca vivir se ha abierto al mundo. En nuestro tiempo la condición humana se inserta en el espacio y amplía sus fronteras. Lo que hacemos no queda en este lugar. Sus imágenes habitan por instantes, y a veces más, lejanos sitios. Y desde afuera llueven los análisis de cómo estamos. Qué acontecimientos producimos. Y si somos capaces de figurar en el devenir de la historia contemporánea. ¿Meditamos sobre estas realidades aquí y ahora? ¿O sombríamente la opacidad del pensar encubre sus problemáticas, institucionales y sociales?
Opiniones hay. Pero no bastan. Las aprehensiones conceptuales son necesarias. Y mientras se cierran las puertas a los intelectuales, incluso en las academias, el conocimiento estará ausente. La no-verdad ocupará su palabra. Y su mensaje.

Así es el sistema. Tienen que cuidar su reproducción. Los actores de esta guardianía están en todas partes. Y en todos los niveles. Los resistentes son pocos. Los disruptores no aparecen. De esta manera el sistema permanece estructuralmente sin mutaciones.

Teoría y praxis
Pero ¿qué necesitamos para cambiar? Saber primeramente qué significa el cambio.

El pensar teórico, el que tuvo una relación verificativa con la praxis, enseña una precedencia. La visión objetiva de una contradicción. La de la sociedad cuya existencia se enseñorea, a tal punto de asegurar su continuidad en el tiempo que vendrá. Y esta, con la representación posible del proyecto de una sociedad diferente.

Entonces urge la presencia de una dialéctica. Pero cómo acudir a esta metodología tan temida. Aborrecida no solo en la política. Sobre todo por quienes forman cerradas filas en los centros e institutos de figuración. Y cuyas bolillas negras parten de esa ideología a-democrática contraria a la Superación. Síntesis hegeliana que remite a la resolución de esa dialéctica en la forma en que la historia se libera de toda opresión. Negatividad.

Por lo tanto el conocimiento del sistema alienante requiere una inferencia pluridisciplinar. Vale decir, de los aportes cognoscitivos de las ciencias sociales y de las ciencias humanas, respectivamente. No bastará que el derecho demuestre la apelación recurrente de los poderes a la ilegalidad. Tampoco que la economía estratifique la desigualdad en los ingresos socialmente generados. Pues asimismo la sociología tendrá que explicar el porqué la anomia hace que los detentores de los poderes, ahora ya de iure y de facto, recurren a la discrecionalidad sin consecuencias jurídicas, sociales y éticas. Y, a su vez, la antropología deberá esclarecer las razones por las cuales el modelo económico condena a la mayoría de la población a las desposesiones y enajenaciones.

Participación de varias disciplinas
Las convergencias de investigaciones científicas hacen inteligibles los problemas y realidades socio-históricas. Y sirven de base para el pensamiento crítico. De ahí sus exclusiones por el sistema dominante.

Esta pluridisciplinariedad es indispensable para el saber objetivo acerca del régimen a cambiar.

Ahora viene el modelo a construir. Nada ocurre por azar ni espontáneamente. Y lo posible tiene un largo debate filosófico. El idealismo trascendental sostiene la irracionalidad del posibilismo. Ello ha dado pie a la teoría de la intencionalidad científicamente construida como proyecto histórico. El de la sociedad que debe dar un salto a la emancipación por el camino de la igualdad, de la justicia y de la solidaridad.

¿Cómo? La teoría, mediante la cooperación transdisciplinar. Es la compuerta para la práctica superadora. Y la que moviliza en acción social a las fuerzas menesterosas y comprometidas con el cambio. Ahora ya en posición de autoconciencia, el-para-sí inalienable, de la magna tarea de levantar ladrillos sobre ladrillos el edificio de la democracia participativa y del Estado social de derecho.

Esto supone el paso de la tradición a la modernidad. De la sociedad anclada en una estructura anacrónica a una sociedad racionalmente autogestora.

La racionalidad de la autogestión referencia a una modernidad tardía. Ya no es la sacralización de la “mano invisible”, el mercado. Y que con esa providencia omnipresente enajena la condición humana a la cosificación mercantilista de la vida humana, no solo de las fuerzas productivas.

Hoy nos reconocemos libres e iguales. Solo hace falta que todos tengamos las oportunidades y condiciones para acceder a una educación superior. Con los estudios vienen los conocimientos. Y con las investigaciones, avanzan los conocimientos. Siempre provisionales. Pues las verdades no son eternas.

Por ejemplo, la libertad no es innata. Se la conquista en el decurso de la vida. Y siempre que podamos elegir y actuar sin coacción alguna. O alcanzar una vida digna cubriendo nuestras necesidades y realizando nuestras legítimas aspiraciones.

También la actual teoría de la justicia nos señala que la igualdad emerge de las luchas por los derechos humanos. Ningún poder nos otorga. Pero solo somos iguales cuando todos somos libres para el acceso universal, en dignidad de condiciones, a la autorrealización humana.

El trazado tiene mucha filosofía. Pero esta es un anatema para los enemigos de la razón. De ahí que en esta era el lenguaje público ha vuelto a habitar la caverna del engaño y de la vulgaridad. Una tendencia ultraconservadora y ciberespacial que también hay que revertir.

Cuando se profundiza el abismo se acerca el momento de la salida del túnel. Las claridades, atizadas por el fuego del pensamiento crítico y del abrazo fraterno de los condenados a sufrir las desigualdades, van dejando atrás las sombras de la historia. El ideario de un tiempo nuevo alumbra la travesía de los días. No con promesas.

Las promesas generan esperanzas. Lo histórico social adelanta sobre certezas.

La seguridad de que redistribuyendo los bienes, materiales y culturales, para todos y entre todos, una sociedad justa es posible. Un mundo humano puede ser universal. Son los desafíos que enfrentamos, ahora más que nunca.

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