Juan Bautista Delvalle Sayas no fue una víctima más de la violencia de posguerra: fue un joven intelectual que cruzó medio mundo para ponerse al servicio de su patria, un soldado que ascendió de cabo a coronel en menos de dos años en los campos más cruentos de la contienda, y un oficial que en sus últimas semanas de vida tomó decisiones de una lucidez moral extraordinaria, negándose a prolongar un sacrificio inútil y dejando constancia escrita de sus razones con una valentía que pocos en su situación habrían tenido.
Delvalle nació en San Lorenzo del Campo Grande el 29 de agosto de 1847, hijo de José Luis Delvalle y Francisca Sayas. Pertenecía a esa generación de jóvenes paraguayos que, en los años previos a la guerra, pudo acceder a una educación superior de primer nivel gracias a la política de becas del Estado paraguayo. El gobierno de Carlos Antonio López había enviado a Europa en 1858 un primer grupo de 15 ó 16 jóvenes. Más tarde, en 1863, ya bajo la presidencia de Francisco Solano López, se organizó un segundo contingente de 36 jóvenes destinados a estudiar en Inglaterra y Francia.
El mayor número quedó en Londres, en los talleres de los señores Blyth, aprendiendo distintos oficios. De los ocho destinados a París, dos —Miguel Palacios y Juan Bautista Delvalle— se dedicaron a los estudios de Derecho. Los demás, Eduardo Estigarribia, Antonio Báez, Francisco Rivas, Juan Duarte, Ignacio Orihuela y Dolores González (más tarde conocido como Ezequiel), siguieron estudios preparatorios para los exámenes de ingreso a la escuela militar de Saint-Cyr. De todos ellos, solo Rivas y Estigarribia pudieron ser admitidos; únicamente Rivas completó los dos años de curso.
En 1867, el Mariscal López envió una comunicación a la Legación paraguaya en Europa recomendando que Delvalle y Palacios continuaran sus estudios de Derecho. Sin embargo, el Encargado de Negocios, Cándido Bareiro, resolvió por cuenta propia que las matemáticas eran más útiles para el Paraguay y les impuso ese cambio, contrariando tanto la vocación de los jóvenes como la voluntad expresa del gobierno que financiaba sus estudios. Inútiles fueron sus observaciones de que tenían ya muy adelantados sus estudios jurídicos; la respuesta de Bareiro era invariablemente la misma.
El testimonio de Gregorio Benites —entonces Secretario de la Legación paraguaya en París y testigo directo de estos hechos— es revelador: tanto Delvalle como Palacios le referían con lágrimas en los ojos la imposición del Encargado de Negocios, que contrariaba sus propósitos personales y los deseos del propio gobierno que costeaba su educación. A esto se sumaba la amenaza de Bareiro de cerrar las Legaciones por falta de recursos, lo que en plena guerra habría dejado libre el campo diplomático a los agentes de la Triple Alianza.
Días más tarde, los dos jóvenes vinieron desde Versalles a hacer a Benites una confidencia que éste calificó de «carácter franco y viril»: habían resuelto que Delvalle regresara en secreto al Paraguay por la vía de Bolivia, sin que nadie excepto Palacios tuviera conocimiento del itinerario. Le pidieron ayuda económica y discreción. Benites accedió con entusiasmo.
Delvalle tomó el vapor de la línea de Saint-Nazaire hacia el Pacífico por la vía de Panamá. Benites le proporcionó, en su calidad de Secretario de la Legación, una carta de recomendación para el presidente de Bolivia, el general Mariano Melgarejo, quien lo recibió con distinción y marcada simpatía. El gobierno boliviano le proveyó además de 200 patacones para gastos de viaje. Desde La Paz cruzó Bolivia en dirección a Santa Cruz, buscando el Río Paraguay para descender hasta Asunción.
Fue una travesía de aproximadamente 15.000 kilómetros —cruzando el Atlántico, atravesando Panamá, ascendiendo por las heladas cumbres de la Cordillera de los Andes y atravesando el desierto— realizada con el único propósito de ponerse al servicio de su patria en guerra.
Delvalle, que había penetrado en el Paraguay en momentos en que todo el país era un campamento militar, se incorporó inmediatamente al ejército con notable humildad para quien venía de estudiar Derecho en París, comenzó su carrera como cabo en Paso Pucu en 1867. Gracias a que tomó parte en las batallas portándose con gran bizarría y patriotismo, recorrió sucesivamente y con gran rapidez los grados intermedios de la jerarquía militar.
Durante esta etapa, pese al aislamiento absoluto del país, Delvalle intentó mantener correspondencia con sus amigos en París —entre ellos Benites y Gerónimo Pérez.
El Mariscal lo designó en reemplazo de Don Saturnino Bedoya. Sin embargo, la guerra también lo arrastró a sus episodios más oscuros. Los documentos registran a Delvalle como uno de los jueces del Consejo de Guerra que, el 21 de diciembre de 1868 en Lomas Valentinas, firmó la sentencia de muerte del Obispo Manuel Antonio Palacios y otras prominentes figuras. Esta participación en la maquinaria represiva del régimen de López constituye la parte más sombría de su trayectoria y no puede silenciarse en una reconstrucción histórica honesta. El Paraguay de los últimos años de guerra era un escenario de terror y sospecha generalizados, donde las ejecuciones sumarias alcanzaron a obispos, generales y familiares del propio López; en ese contexto, la firma de un oficial en una sentencia del Consejo de Guerra no implica necesariamente iniciativa propia, pero tampoco puede ignorarse.
Precisamente al día siguiente de aquella sentencia, el 22 de diciembre de 1868, en medio de la batalla de Itá Ybaté, el propio Centurión dejó un retrato humano de Delvalle —entonces aún con el grado de Mayor—. Recorriendo la extrema derecha de la posición paraguaya en misión de reconocimiento, Centurión lo encontró con el brazo derecho en cabestrillo, haciendo tocar diana con una caja ronca, al mando de apenas 10 o 12 soldados. Al despedirse, Delvalle le dijo en tono de jarana:
«¡Debe Vd. rezar un Padre Nuestro y un Ave María! porque lo que es al otro lado, ¡no sale Vd. vivo!»
«Veremos», le contestó Centurión. «¡Abur!»
Herido, casi solo, en la línea de fuego, haciendo sonar una caja ronca en la extrema derecha de una posición que se desmoronaba: esa imagen resume mejor que ninguna otra el temple del hombre que, menos de un año después, sería coronel.
Tras el desastre de Itá Ybaté, el ejército paraguayo fue reorganizado en Azcurra, las nuevas divisiones que llevaban el nombre de sus comandantes. El ejército —reducido a unos 4.000 hombres aproximadamente— quedó estructurado en cuatro divisiones: Carmona (3 batallones), Franco (3 batallones), Delvalle (3 batallones) y Escobar (4 batallones). Cada batallón no habría tenido arriba de 300 a 350 plazas. Era un ejército en ruinas, pero aún organizado, y Delvalle era ya uno de sus cuatro pilares.
El ascenso definitivo al coronelato se produjo el 25 de agosto de 1869, cuando el Mariscal Francisco Solano López firmó una serie de decretos promoviendo al grado inmediato superior a varios jefes militares. Delvalle, que para ese momento figuraba con la denominación de Comandante —denominación que agrupaba a Sargentos Mayores y Tenientes Coroneles—. En el mismo decreto recibieron las jinetas de Coronel figuras como Patricio Escobar, Silvestre Aveiro y el propio hijo del presidente, Francisco (Panchito) López.
Alrededor del 7 al 8 de septiembre de 1869 —estando el Mariscal López acampado en el arroyo Capiíbary—, los coroneles Gabriel Sosa y Juan Bautista Delvalle fueron separados del grueso del ejército y despachados al mando de la Cuarta División, compuesta por 2.500 hombres, con instrucciones de ocupar la posición estratégica de Panadero, en el departamento de San Pedro, estableciendo la vanguardia sobre el Río Verde. Su misión era la misma que los acompañaría hasta el final: proteger la retaguardia del ejército en retirada y conducir las carretas del parque y los víveres.
El campamento de Panadero sirvió también de punto de tránsito en aquellos meses finales. El 5 de diciembre de 1869 llegaron allí a pie, exhaustos, el coronel Rosendo Romero y el comandante Páez, que venían huyendo tras decidir no pelear más por el agotamiento extremo de sus tropas. Delvalle los recibió de noche y les dio de cenar. Semanas después, Romero y Páez serían fusilados por orden de López —un destino que Delvalle conocía bien y que hace su gesto de hospitalidad aún más significativo.
A principios de 1870 la posición comenzó a ser seriamente amenazada. En la mañana del 2 de enero de 1870, antes de iniciar la marcha, la guardia avanzada sobre el Río Verde fue fuertemente atacada por fuerzas aliadas superiores. Las tropas paraguayas opusieron resistencia tenaz, obligando al enemigo a retirarse con pérdidas estimadas en más de doscientos muertos.
Tras este combate, cumpliendo las instrucciones recibidas, Delvalle y Sosa abandonaron definitivamente Panadero e iniciaron la marcha para seguir las huellas del ejército del Mariscal, ya adentrado en las cordilleras del Mbaracayú rumbo a Cerro Corá. La travesía que siguió fue dantesca: los partes aliados de la época describirían luego que el camino recorrido por esta fuerza desde Panadero estaba sembrado de cadáveres en toda su extensión.
El 20 de enero, viendo el Mariscal que la División Delvalle no llegaba, siguió hacia el río Amambay llevando consigo 12 piezas de artillería de campaña, la 1ª y 2ª división de infantería, la escolta y un cuerpo de caballería a pie. La División Delvalle quedaba así definitivamente separada del grueso del ejército.
Estando acampado en la margen derecha del río Amambay en el mes de febrero, Delvalle había recibido del Mariscal una nota ordenándole que facilitara gente al mayor Félix García para poder continuar su marcha a Cerro Corá, y que él, con el resto de su división, hiciera lo mismo a fin de llegar a tiempo para escarmentar a los aliados que empezaban a moverse en el Rosario con propósito probable de operar contra ellos.
El mayor Félix García, sin embargo, se había desertado el día antes de la llegada de la precitada nota, llevando en onzas de oro una buena cantidad de dinero, del que fue despojado en el camino por algunos bandoleros que se habían desprendido de los que seguían al ejército aliado.
Delvalle, en vista del estado de extenuación en que se encontraban sus tropas, diezmadas ya por el hambre, las enfermedades y las deserciones en grupos, reunió a sus colegas y les manifestó su parecer respecto a la contestación que debieran dar a la mencionada nota. Tuvieron tres conferencias. En la primera, Delvalle trató de explorar el ánimo de sus compañeros con cautela. En la segunda estuvo más explícito acerca de la resolución definitiva que convendría tomar, dadas las críticas y apremiantes circunstancias de la división. Se resolvió que en la próxima —que fue la última conferencia— Delvalle presentase el proyecto de contestación. En efecto, éste leyó en dicha reunión el borrador de la nota, que fue aprobado e inmediatamente mandado poner en limpio. El sargento mayor José León, que no estaba conforme con la resolución tomada por consejo de Delvalle, se puso en marcha camino a Cerro Corá, para informar a López, de lo que consideraba una traición. Fue perseguido y muerto.
El texto de esa nota, fechada en el Campamento en Amambay, 25 de febrero de 1870, y firmada por Juan B. Delvalle, Gabriel Sosa y José Romero, decía así:
¡Viva la República del Paraguay!
Excmo. Señor:
Tenemos el honor de dirigirnos a V. E. con el objeto de declarar francamente a V. E. la resolución que hemos juzgado tomar en el último caso en que nos hallamos en presencia de las dificultades que nos privan continuar apoyando a V. E. en la guerra, que desde mucho tiempo atrás demandaba más bien un golpe de armas que una maniobra semejante con los recursos que teníamos y la clase de tropa de que disponíamos, para poder esperar un resultado favorable a la nación, cuyo sostenimiento había invocado V. E. para reunirnos bajo su estandarte soberano y en cuya defensa V. E. nos ha hallado siempre a sus órdenes con lealtad y pronta obediencia. Pero ahora que somos instruidos de que V. E. sigue aún adelantando su marcha y que sobre todo vemos que la continuación del presente estado de cosas servirá más bien para el duro aniquilamiento de nuestra Nación, bajo el yugo de una voluntad arbitraria y caprichosa sin esperanza de ningún otro resultado más que un prolongado padecimiento de aquellos que aún se encuentran bajo los pies de V. E. Nosotros, convencidos de que nuestro deber de patriotismo ya no nos obliga a más sacrificios, renunciamos formalmente seguir causando víctimas en la huella de V. E. (y víctimas antropófagas), pues el patriotismo es un sentimiento que Dios aprueba cuando no es extremado, ni opuesto al derecho de gentes; y Dios no fundó la sociedad civil para destruir la sociedad natural, sino para vigorizarla, y en este concepto, y en la esperanza de rendir el mayor servicio a la humanidad, nos retiramos en los desiertos con aquellos que manifiestan igual voluntad a buscar nuestro recurso con nuestros propios trabajos, y con el propósito firme de que en ningún tiempo serviremos de instrumento al enemigo invasor de nuestra nacionalidad.
Sabemos que V. E. tendrá mucho que sentir esta resolución, pero sabido es también que la Nación ha sentido más que V. E., y esta sola reflexión bastará para su consuelo, puesto que V. E. nunca ha pensado en su desgracia.
En lo demás, esperamos que el Dios de las Naciones bendecirá la obra que nos proponemos con su santa ayuda y protección.
Dios guarde a V. E. muchos años. Campamento en Amambay, Febrero 25 de 1870.
(fir.) Juan B. Delvalle — Gabriel Sosa — José Romero.
La misión encomendada a la División Delvalle no era solamente militar: además de proteger la retaguardia del ejército en retirada, debía custodiar las carretas que transportaban el parque de guerra, los víveres y el resto del tesoro nacional.
(Cabe aquí una aclaración historiográfica necesaria: si bien este cargamento era en rigor el tesoro del Estado paraguayo —fondos públicos, reservas monetarias y plata acuñada de la nación—, en la memoria popular y en buena parte de la literatura histórica posterior pasó a confundirse con el llamado tesoro de Francisco Solano López, es decir, con la supuesta fortuna personal que el Mariscal habría acumulado y ocultado durante la guerra. Esta confusión no es inocente: la distinción entre los bienes del Estado y los bienes personales del gobernante era difusa en el Paraguay de López, donde el poder absoluto del Mariscal hacía prácticamente indistinguible lo público de lo privado.)
Esta caravana estaba compuesta por más de veinte carretas que, además de las menguadas provisiones, llevaban alguna cantidad de dinero en efectivo y bastante plata labrada perteneciente al Estado paraguayo. Era, en los últimos días de la guerra, una de las mayores concentraciones de riqueza pública que aún se mantenía en manos paraguayas.
Así que despacharon a Pesoa, empezaron a contramarchar durante cuatro días con sus noches, llevando 4 carretas cargadas de víveres y una de dinero, al cabo de las cuales llegaron frente a los Siete Cerros. Allí acamparon al lado derecho de un monte distante del camino unas cuatro cuadras.
Practicaron un reconocimiento y hallaron en medio del monte un campichuelo bastante espacioso para el potrero de los bueyes y con un pequeño estero en el centro para proveerse de agua. Por estas ventajas y la de ser un lugar apartado y bien abrigado, determinaron establecer allí su campamento mientras resolviesen otra cosa.
El comandante José Romero recibió orden para trasladarse allí con su gente y los bueyes, y que carneara uno de éstos y enviara carne al campamento de Siete Cerros donde estaban las carretas. Romero cumplió la orden y al día siguiente Delvalle le remitió una caja de dinero. Esa misma noche Delvalle y Sosa, acompañados de su ayudante el teniente Vargas, enterraron en el monte otras dos cajas llenas de plata sellada.
El conductor de esta nota, Delvalle a López, era el sargento José María Pesoa, vecino de la Villa del Pilar, que fue capturado por el enemigo en el camino cerca del Chirigüelo, ya después de la muerte del Mariscal. El coronel Paranhos mostró dicha nota a Centurión en ocasión en que hizo llevar a varios oficiales paraguayos a su carpa.
En cuanto los brasileros obtuvieron la noticia de que el resto de la división con sus jefes se encontraba en el paraje mencionado, se dirigieron inmediatamente allá. La fuerza o columna brasilera era pequeña —apenas unos 60 jinetes—, llevando de vaqueano al comandante Gaona. Al contramarcharse de la costa del Amambay, habían abandonado allí a disposición de la turba multa de mujeres todas las demás carretas, que ascendían a unas veinte y tantas llenas de víveres y alguna cantidad de dinero y bastante plata labrada. Las mujeres, que habían terminado de hacer sus avíos con sus ataditos en la cabeza, comenzaban a marchar, era el 4 de marzo, cuando llegaron los brasileros al campichuelo, donde se encontraban Delvalle, Sosa y Romero, hizo una descarga de carabina. Desprevenidos como estaban, y con la súbita impresión de la sorpresa, todos corrieron al monte.
Los llamaron, aconsejándoles que salieran, que no les habría de suceder nada. Delvalle salió junto con varios, y poco a poco iban saliendo otros más, formando un total de cincuenta y tantos. Exigieron a Delvalle la entrega de su espada, a lo que él se negó, alegando que puesto que estaba rendido ya dejaba de ser enemigo, y que a esta razón no había porqué entregar su espada. Esta contestación le mereció de atrás un puntazo de sable.
Enseguida los hicieron marchar a todos a un pajal que había a la inmediación, y allí fueron muertos a sable y lanza, prendiendo luego fuego al pajal; por modo que aquellos que no hubieran acabado de morir con las armas, murieron quemados.
Entre las 50 o 60 víctimas se encontraban las siguientes personas: el coronel Delvalle, el comandante Gamarra, el mayor Méndez, los capellanes Hermosilla y Yaharí, y el canónigo Román, que por enfermedad de los pies había quedado en una de las carretas rezagadas. El capitán Alfaro, que también formaba parte del grupo conducido al sacrificio, se salvó mediante un reloj de oro que regaló a un sargento de caballería brasilera, quien lo alzó en anca de su caballo.
Los coroneles Sosa y Romero se salvaron porque tuvieron la prudencia de no salir del monte cuando fueron llamados. Fue precisamente el coronel Romero —testigo presencial desde el monte— quien facilitó estos datos a Centurión.
No hubo, pues, combate ni cosa que se parezca entre la gente de Delvalle y la columna brasilera. Consumada la masacre, los soldados imperiales se enfocaron de inmediato en el botín. Primero, interceptaron a las mujeres que intentaban escapar y les quitaron todas las bolsas de plata sellada que habían sacado de las carretas. Segundo, ya sea por delaciones de los sobrevivientes o mediante interrogatorios bajo coacción, descubrieron los entierros del coronel Delvalle y mandaron desenterrar las pesadas cajas ocultas en la espesura del monte y cerca del paso del Amambay. Tercero, reunida la totalidad del botín —la plata labrada de las carretas, las bolsas arrebatadas a las mujeres y las cajas desenterradas del bosque—, el ejército brasilero cargó todo en una caravana de diecisiete carretas y lo condujo como botín de guerra a Villa Concepción.
De este modo, el tesoro nacional que Delvalle intentó proteger hasta su último aliento pasó íntegramente a manos de las tropas del Imperio del Brasil, desapareciendo para siempre del patrimonio paraguayo.
Fuentes:
Anales Diplomáticos - Gregorio Benites / Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay - Juan Crisóstomo Centurión / FamilySearch.com.