En las últimas semanas se sugirió la idea de una crisis dentro de Honor Colorado. La reacción del VP, el movimiento de los gobernadores y las idas y vueltas con los senadores mostraron una escaramuza poco común en un movimiento que se caracteriza por la disciplina interna y una cadena de mando explícita. La pregunta no es si hay o no crisis, sino qué es lo que se disputa en la facción hegemónica.
Lo que está claro es que no aparece un actor que busque construir un poder alternativo al liderazgo de la facción. Esto es razonable dada la estructura interna del movimiento. Constituido hace más de una década alrededor de un liderazgo personalista y vertical, no ha cambiado en su estructura básica. En este tipo de organizaciones, el líder es la figura principal y no solo conduce, sino que también resuelve conflictos, distribuye posiciones y aprueba o desalienta ambiciones personales. Cambiar ese atributo constitutivo es alterar fuertemente el ADN faccional.
Por eso, la disputa por la VP es solo la parte visible del conflicto. En realidad, la puja es sobre quién ocupará qué lugar dentro de Honor Colorado hacia 2028. Y aquí aparecen otros actores que piden mejorar su posición en la cadena de mando.
Los gobernadores mediante la administración del programa insignia, manejan un volumen importante de recursos públicos que les permite fortalecer su presencia local y sus estructuras políticas. Estos recursos no equivalen a controlar el partido y menos a competir contra el líder. Pero la mayor incidencia en el territorio y la gestión de esos recursos aumentan el poder de negociación de líderes regionales que hasta ahora operaban desde la periferia del movimiento.
El valor político del control territorializado de los recursos aumentó considerablemente con el voto preferente. Este personalizó la competencia, volvió más rentables la constitución de feudos, el reclutamiento de operadores y punteros en el espacio comunitario. Y los que tienen mayor presencia territorial tienen mayores posibilidades de capitalizar el voto. Esto pudo haber estimulado a los gobernadores y a algunos diputados a recalibrar su peso específico dentro del movimiento y coordinarse para mejorar su posición interna. La ANR que absorbió exitosamente los beneficios cuantitativos del voto preferente, puede estar enfrentando de forma retardada los efectos sobre la cohesión interna.
La novedad del asunto no es la disputa interna, sino la coordinación alcanzada por los actores hasta ahora subordinados. Un gobernador aislado tiene pocos incentivos para desafiar a una estructura hegemónica. Pero quince gobernadores asociados con diputados y otros referentes sí pueden mejorar la apuesta. No necesitan desplazar al líder. Les basta con aumentar el precio de su disciplina. Y ese precio, generalmente, se paga con cargos.
Entonces, emerge el verdadero problema para un liderazgo personalista. Si no cede, puede estimular una coordinación mayor entre quienes quieren escalar. Pero si cede demasiado, puede estimular nuevas presiones. El líder sigue siendo dominante, pero el arbitraje se vuelve más caro.
Nadie busca romper con HC. No hay rebelión, no hay liderazgo alternativo y tampoco crisis de liderazgo. Hay actores que, sin cuestionar al patrón, buscan renegociar las condiciones de subordinación interna. Y para una facción altamente personalista, esta negociación puede ser más importante que el nombre del próximo vicepresidente. Y hay que hacer cálculos.