La Cuaresma es un tiempo litúrgico de cuarenta días de preparación antes de la fiesta de la Pascua. Prepara la interioridad para fortalecer la voluntad e iluminar la inteligencia, de forma libre, reflexiva y activa. Este año el papa León XIV propone
aprovechar este tiempo para practicar un “ayuno de palabras hirientes”, chismes y calumnias. Subrayó la necesidad de “desarmar el lenguaje” y practicar la escucha atenta a Dios y a los necesitados, cultivando amabilidad y esperanza, como medio pedagógico espiritual de conversión del corazón.
Si bien la Cuaresma no es un evento laico propiamente, sino que contempla una ascética religiosa de ayunos, oraciones y obras de caridad, como emulación del tiempo de preparación y tentaciones que pasó Jesús en el desierto antes del inicio de su actividad pública y de su Pasión, la pedagogía cuaresmal puede ser expansiva para toda la sociedad.
Este tiempo tiene el sentido de preparación para los combates propios de la vida en dirección positiva y virtuosa, lleva a consideraciones válidas sobre temas tales como que la obtención del éxito en cualquier emprendimiento de la vida requiere un camino de ejercitación del dominio propio y un desarrollo humano integral, que implica aprender a despojarse de lo superfluo y dañino para apuntar a lo esencial y positivo.
Si relacionamos la Pascua con la realización personal y comunitaria y el tiempo de la alegría por la llegada a un fin bueno, es fácil comprender que el trayecto anterior ha requerido la superación de obstáculos, así como una experiencia de fortalecimiento del carácter para enfrentar las dificultades del camino.
La concepción cristiana de la Cuaresma no es la de un voluntarismo extremo, sino de un desarrollo evolutivo de la voluntad, acompañado y fortalecido por la experiencia de la gracia, teniendo en cuenta aquellos factores de la realidad que no dependen solo de nuestro esfuerzo personal, sino de las oportunidades y posibilidades que la vida misma nos ofrece las cuales producen asombro, bienestar y una belleza inesperada. Las distracciones y el ruido, así como los hábitos viciosos no permitirían captar y aprovechar dichas oportunidades.
La deseada transformación social hacia estilos de vida más civilizados implica procesos personales de conversión interior. Para que cambien las estructuras injustas que denunciamos, debemos cambiar también en primera persona y esto requiere un camino que la Iglesia llama conversión del corazón.
Sobre la propuesta del papa León XIV para la Cuaresma de este año, de desarmar el lenguaje, mediante el ayuno de palabras hirientes, calumniosas y chismosas, apuntando a una trasformación interior, tanto en las relaciones cara a cara como en las redes sociales, se puede relacionar perfectamente con las evidencias científicas que la neurociencia viene aportando acerca de la conexión que existe entre el lenguaje y el pensamiento.
La ciencia prueba que las estructuras del habla se convierten en estructuras básicas del pensamiento, así como la conciencia del individuo es primordialmente lingüística debido al significado que tiene el lenguaje o la actividad lingüística en la realización de las funciones psíquicas superiores del hombre.
Se puede afirmar que pensamiento es lingüístico por su naturaleza, ya que el lenguaje es el instrumento del pensamiento. Por lo tanto, quien apunte a cambiar los pensamientos para transformar las acciones en beneficio de la sociedad, debe empezar por cambiar el lenguaje despojándolo de maledicencias.
El fin de este ayuno de palabras hirientes, juicios apresurados y chismes es una renovación social que inicia en la conversión personal. Supera el individualismo, ya que contempla la repercusión comunitaria de nuestras acciones, convirtiéndolas en lugares de acogida a quienes sufren, y rehúye también de las trampas del colectivismo o la masificación, ya que implica un ejercicio responsable de la propia libertad personal para el logro de cambios significativos y duraderos. En este sentido, la Cuaresma se presenta no como una carga moralista, sino como una pedagogía espiritual muy válida para armonizarnos con Dios, con nosotros mismos, con los demás e incluso con toda la naturaleza en nuestra casa común que es la humanidad.