28 feb. 2024

Con 72 años crea pelucas y 150 vestidos de novias al mes: “Se inicia de a poco y con ganas”

Justina trabajó desde pequeña como empleada doméstica, con el tiempo abrió su propio negocio y hoy tiene a su cargo siete colaboradores. Sobrevivió al cáncer de mamas y actualmente crea pelucas para pacientes oncológicos.

26720151

Justina Ruiz Díaz.

Rodrigo Villamayor

Me llamo Justina Ruiz Díaz. Tengo 72 años y me dedico a la confección hace 46 años. Empecé de a poco y trabajé desde muy pequeña. Ahorrar, madrugar, ser honesta y agradecida es mi estilo de vida para salir adelante. Hoy tengo dos salones en el mercado Municipal N°4, donde hago vestidos, pelucas de pelo natural y tengo de una carpintería en casa.

Mi infancia la viví en Estero Cambá, Departamento de Ñeembucú. Éramos 12 hermanos y mi papá le adoptó además a nueve hijos de un señor que se fue preso y una madre que debía trabajar. Vivíamos todos encimados, éramos pobres, pero felices.

A mí me enseñó muchas cosas la vida porque desde los siete años yo ya trabajé. Siempre me gustó la costura y me iba a la casa de una señora para aprender a coser en la máquina.

Cuando rompía la aguja de la máquina a pedal, para que no le cuente a mi mamá, tenía que hacer todo lo que pedía, lavar la ropa, los cubiertos. Cuando tenía 11 años fueron gente a mi comunidad a enseñar con máquina de tejer y primerito yo me anoté.

Migración a la capital

A los 22 años más o menos vine a Asunción. Primero, trabajé dos años en un restaurante que estaba sobre Japón y Félix Bogado. Era tipo esclava porque me levantaba a las 2 de la mañana y dormía a las 10 de la noche. Me levantaba temprano para pelar una bolsa de mandioca y hervir 200 litros de leche para hacer helado.

Luego fui como niñera en barrio Obrero. En ese periodo entraba en el colegio y lo que más me costaba era Matemáticas. Álgebra no entendía nada, pero tanto quería estudiar. Como cerca de la casa donde yo era empleada había una docente, de esas de clase alta, que enseñaba en la Facultad, me animé a acercarme a ella.

Le dije: “Ña Regina, yo quiero que me enseñes, no tengo para pagar, pero puedo venir a limpiarte la casa”. La señora me tuvo compasión y me dijo que me va a enseñar y que solo limpie la vereda. En tres clases ya aprendí.

Después trabajé con otra señora en el Mercado Municipal N° 5, nuevamente como esclava lento y ya no me daba tiempo para ir al colegio.

El negocio propio

Tiempo después trabajé en una empresa de cosméticos durante siete años hasta que un día nos echaron a todos. Con la indemnización que me pagaron vine al mercado 4 a alquilar un lugar para mi negocio de costura. Fue en el año 1978.

En esa época ya estaba con mi marido, Juan Enciso, con quien tuvimos cinco hijos. Todos con su propio emprendimiento ya.

Con mi marido también abrimos una carpintería en casa y nos íbamos al interior a entregar los pedidos. Él ya falleció, pero hasta ahora sigue funcionando la carpintería con dos encargados.

Toda la vida trabajamos intensamente. Hasta ahora yo me levanto a las dos de la mañana, cocino, corto ahí la tela y vendo. Trabajo hasta las 18:00 y duermo a las 21:00.

Creo que si uno tiene idea de emprender no importa si se empieza de a poquito.

Vistiendo sueños

Para la costura tengo cinco colaboradoras. Hacemos vestido para novias, quinceañeras. Este no es un trabajo de solo sacar medidas y costurar. Es también aprender a escuchar porque muchos por la confianza vienen y se desahogan conmigo.

Actualmente, trabajo con la Fundación Santa Librada, que organiza los casamientos comunitarios. Hacemos entre 100 a 150 vestidos al mes. Ese compromiso también me ayudó a salir del taller en donde estoy encerrada y a recorrer distintos puntos del país para ir a entregar personalmente los trabajos.

Venció al cáncer

Hace como seis años atrás me detectaron cáncer de mama. Siempre me hacía los chequeos y un día me apareció como un nódulo en el pecho. Fue en la época en que mi marido ya estaba enfermo por problemas del corazón, tenía marcapasos.

Me hice la resonancia magnética y me salió que tenía en los dos lados los nódulos. Primero no me querían hacer la biopsia porque me dijo el doctor que eran muy pequeños, después de insistir se me hizo y salió que era maligno.

Yo ya leí todo el resultado y me fui a mostrarle a mi doctor. Me preguntó si venía sola o acompañada. Y le dije: “¿Para qué doctor, para decirme que salió positivo? Aikuaapama ko che (ya sé todo)”.

Traté de tomarlo con mucha actitud. Dije que si hacía falta iba a sacarme nomás los senos. Me sometí a 20 sesiones de quimioterapia y luego me operaron. Hacía además siete meses que mi marido había fallecido.

Llegué a tomar también el jarabe hecho de sapo, que no es que cura el cáncer en sí, sino que ayuda a levantar las defensas.

Cuando me operé, a las 10:00 salí del quirófano, después a las 01:00 cuando se fue mi doctora a verme le dije que quería pisar la tierra y con la ayuda de mi hija me levantaron un rato. Al día siguiente, a las 07:00, ya estaba de alta.

Yo pienso que en la mente está la cosa. Cuando te levantás ya luego tiene que ser firme, con ánimo. Yo soy de las personas que se levantan tempranísimo, me arrodillo, hago una oración y a la noche, antes de dormir, me pongo a agradecerle por el día, por la vida. Porque lo poco que nos sobra es la vida y hay que agradecer. La fe es lo más importante en la vida del ser humano.

Confección de pelucas

Un día soñé que hacía pelucas, que un señor me mostraba cómo se confeccionaba. Era la una de la mañana y me levanté, agarré la aguja y empecé a tejer. Mi marido, recuerdo que me reclamó por estar trabajando a esa hora y le contesté: “eho eke ha chereja (andá dormí y déjame)” porque no me quería olvidar lo que vi en mi sueño.

Primero empecé a hacer las cortinas hasta que una señora me pidió que le haga la peluca. Me trajo una muestra para desatar. En unos cuatro meses hice nueve pelucas.

Hago para actores y también para las personas con cáncer. A las que vienen junto a mí muy desanimadas les digo ánimo que no terminó todavía la vida, hay que darle gracias a Dios porque encontraron dónde está el problema. De la muerte no hay que tener miedo porque es lo más seguro, pero hay que prepararse para eso. Hay que disfrutar, compartir con la familia, ayudar a los que necesitan.

Pienso que en la mente está la cosa. Cuando te levantás ya luego tiene que ser firme, con ánimo. Lo poco que nos sobra es la vida y hay que agradecer. La fe es además muy importante.

Más contenido de esta sección
Según los datos, 9,9 años es el tiempo de estudio de la población de 15 años y más. Las áreas rurales son más afectadas, siendo 8,1 años en promedio frente a 10,8 años en zonas urbanas.