Che serviha, mi servidora. Así todavía muchos hombres se refieren a sus esposas o parejas. No dicen mi compañera, mi pareja o la persona con quien comparto la vida. Dicen mi servidora. Una expresión tan cotidiana que pocas veces nos detenemos a pensar en lo que significa. Detrás de esas palabras se esconde una manera de entender las relaciones entre hombres y mujeres, donde ellas deben servir, obedecer y satisfacer las necesidades masculinas.
No es la única expresión. Ko’ã kuña arã, escuchamos cuando una mujer comete alguna imprudencia al conducir, como si manejar mal fuera una condición femenina. Kuña guapa, decimos de aquella que trabaja sin descanso, atiende a sus hijos, cocina, limpia y cumple con todas las obligaciones que le asignamos. Kuña peteî demonio, advertimos para expresar nuestra desconfianza hacia las mujeres. Kuña ha arco eha’ã arãnte, repetimos para sugerir que con las mujeres, como con un arco, hay que probar, intentar tener relaciones sexuales. Y cuando una mujer ya tuvo hijos, sentenciamos: Ja operdéma, como si la maternidad disminuyera su valor.
Son expresiones que escuchamos en las casas, reuniones familiares, encuentros entre amigos y espacios laborales. Las repetimos sin detenernos a pensar qué estamos diciendo. No todas tienen el mismo significado, pero expresan formas de clasificar, subordinar y disponer simbólicamente de los cuerpos de las mujeres.
En lo que va del año, 22 mujeres fueron víctimas de feminicidio en Paraguay. Tres casos recientes volvieron a conmocionar al país. Entre ellos, el asesinato de Deisy Paola Giménez, de apenas 22 años, quien había denunciado a su ex pareja y contaba con una medida judicial de protección. Detrás de cada número hay vida interrumpida, familias destruidas, hijos e hijas que crecerán sin sus madres. También hay historias previas de amenazas, celos, control y sometimiento.
Como criminólogo, vengo insistiendo en que el feminicidio no puede comprenderse exclusivamente desde el momento del asesinato. Necesitamos mirar las relaciones sociales que lo preceden, las masculinidades que construimos y las ideas que naturalizamos sobre el amor, la fidelidad, la obediencia y la propiedad.
Muchos hombres siguen creyendo que nuestras parejas nos pertenecen. Que podemos decidir cómo deben vestirse, con quién pueden hablar, adónde pueden ir o cuándo pueden terminar una relación. Convertimos los celos en demostraciones de amor y el control en preocupación. Confundimos compartir la vida con apropiarnos de la vida de otra persona.
La psicóloga e investigadora indígena guaraní Geni Núñez, doctora por la Universidad Federal de Santa Catarina, desarrolla una reflexión especialmente pertinente en su libro Descolonizando afectos (2023). Nos invita a cuestionar las formas de relacionarnos heredadas de procesos históricos de colonización, cristianización y disciplinamiento de los cuerpos y los afectos.
Su planteamiento nos obliga a pensar cómo hemos naturalizado la exclusividad como derecho de posesión y por qué confundimos amar con controlar. Descolonizar los afectos supone reconocer que ninguna persona puede convertirse en propiedad de otra, por más intensa que sea la relación amorosa.
Frente a cada feminicidio reaparecen las propuestas de endurecer las penas. Algunos reclaman cadena perpetua. Otros llegan a reivindicar la pena de muerte, recuperando ideas autoritarias que prometen seguridad mediante castigos cada vez más crueles.
Por supuesto, los feminicidios deben investigarse, juzgarse y sancionarse. También necesitamos instituciones capaces de identificar riesgos, proteger efectivamente a las víctimas y actuar antes de que las amenazas se conviertan en asesinatos. El caso de Deisy obliga a preguntarnos qué significa una orden de protección cuando el Estado no consigue garantizar su cumplimiento.
Pero podremos establecer cadenas perpetuas e incluso revivir las propuestas fascistas de pena de muerte. Nada de eso, por sí solo, evitará los feminicidios mientras sigamos educando a los hombres para dominar y a las mujeres para obedecer. Necesitamos aprender a relacionarnos de manera igualitaria, reconocer la autonomía de las otras personas y aceptar que amar no concede derechos de propiedad sobre ningún cuerpo. Necesitamos descolonizar nuestros afectos, nuestras masculinidades y nuestras maneras de construir vínculos.