Pocas veces una foto generó tanta confusión. ¡Horacio Cartes al lado de Mario Abdo! Sé que ambos son colorados y que el abrazo republicano es parte de la liturgia del poder, pero esto ya roza lo milagroso. Hasta hace muy poco, el cartismo señalaba al gobierno de Abdo de haber promovido las denuncias que sirvieron de base para que Estados Unidos le impusiera sanciones financieras. Por su parte, el abdismo acusaba a Cartes de persecución política a través del proceso penal abierto en su contra.
En las recientes elecciones internas, ocho de cada diez afiliados votaron por Honor Colorado. Era la hegemonía en su máxima expresión. Pero ya había presagios de corrientes subterráneas insospechadas. Pedro Alliana le había respondido a Cartes de manera altanera. Aquello era toda una novedad: el patrão era contradicho. Luego, los hechos ocurrieron vertiginosamente.
Tanto, que me cuesta imaginar a Horacio Cartes como disidente. Durante demasiado tiempo atesoró todo el poder del Paraguay como para que uno se acostumbre enseguida al nuevo escenario. Me impresiona que el Quincho haya perdido sus dones arcanos. A partir de ahora, escribiremos “quincho” con minúsculas: uno tan común y corriente como el que tiene usted en su casa. Extrañaremos aquellas fotos del solemne y ampuloso “comando” que rodeaba a Cartes y decidía cosas que solo ese primer anillo conocía.
Lo siento, estoy confundido. ¿Se puede ser presidente de la ANR y “disidente”? La frase de Alliana —”Mi candidatura a la presidencia sigue firme, pero no sé si por Honor Colorado”— no sirvió para orientarme. ¿Habrá olvidado que la sigla surge del nombre de su ex líder?
Me consuela saber que no soy el único desconcertado. Peor están algunos sicarios mediáticos que siguen sin saber hacia dónde apuntar. Los devora una maldita contradicción: quiero ser peñista, pero el sueldo me lo paga Cartes. Por eso hay tantos trolls callados; mejor esconderse por ahora, pues equivocarse puede ser fatal.
La perplejidad se extiende a la oposición. ¿Los llamados “liberocartistas” pasarán a ser “liberopeñistas”? O, sin mensalão, ¿volverán a ser simplemente “liberales”? Lúcida, la reflexión de Miguel Prieto: “No es nuestra guerra. No hay forma de capitalizar esto. Pase lo que pase, los colorados llegarán unidos a la próxima elección”.
También sé que hablamos de maestros en pragmatismo, pero este me parece un caso extremo. Y me impresiona que el valor gratitud cotice tan bajo en estos tiempos. Tanto Peña como Alliana le deben todo a Cartes. Quizás en unos días se escuche un desencantado: “¿Tú también, Bachi?”. La deslealtad es un defecto feo en política. Y peligroso cuando el abandonado sigue con vida.
Aunque lo que Cartes enfrenta no son unos cuantos ingratos, sino una estructura de poder que ya no puede sostener con carisma personal. El rápido respaldo de los quince gobernadores a Alliana y su traslado en bloque a Mburuvicha Róga para expresar su apoyo a Peña no fue una solidaridad casual. Su poder no se basa en la ideología, sino en la ejecución presupuestaria de la alimentación escolar. Ante señales de posible debilitamiento de sus privilegios financieros, vieron en Alliana un garante. Es increíble cómo, en el análisis de la rebelión de los gobernadores, se normaliza la corrupción con los fondos provenientes de la comida de más de un millón de niños. En esa coyuntura, Peña y Alliana ensayan la formación de un centro alternativo de poder. Cuando Cartes intentó recuperar el control, descubrió que esos centros ya no dependían de su persona. Y que el negocio que mueve a los políticos, tampoco.
El abrazo entre Cartes y Abdo responde a esa reconfiguración del tablero.
Aislado dentro del movimiento que él mismo creó, Cartes necesita aliados —aunque sea su antiguo enemigo— para enfrentar al vicepresidente que él mismo promovió. Y Abdo logra recuperar relevancia política.
Lo único que tengo claro es que, como siempre, en toda querella colorada hay que buscar la huella del dinero. En este caso, por lo menos no hay conflicto de sigla. Sigue siendo HC. Antes era por Horacio Cartes; hoy, por Hambre Cero.