Falleció Cachito. Fue el 12 de marzo pasado. Para quienes no sepan quién era Cachito, a continuación les presentaré un resumen.
Su nombre real era Reinaldo Duarte, tenía 75 años y desde los 13 empezó con la venta de café en el microcentro.
Con su trabajo diario pudo pagar los estudios de sus hijos, comprarse una casa en Sajonia, “por dos millones compré”, había contado.
Con sus ingresos diarios, Cachito también ayudaba a solventar los estudios de sus nietos, a quienes les preparaba el almuerzo del mediodía antes de ir a trabajar cada tarde al microcentro asunceno.
“Antes me decían Mariachi, no sé por qué. Ese ‘¡¡Cachitooooo!!’ es como una marca registrada. Da gusto cuando así me llama la gente. No hay nadie que no me conozca. Algunos por la calle me dicen ‘¡Cacho!’, y varios se dan vuelta a mirar”, había dicho sobre cómo surgió el apodo que lo identificada por las calles asuncenas cuando las recorría con su termo y litros de café.
Los años de trajín de Cachito también le fueron pasando factura. En los últimos tiempos padecía de problemas en las rodillas, que aplacaba con medicamentos y debía operarse. Para ello necesitaba G. 18 millones. El monto que cada mes recibe la hija de Alliana haciendo no sé qué en el Parlamento.
Pero no fue ese problema de la salud que acabó con Cachito. Fue el cáncer. Y fue muy rápido. Apenas un año y cuatro meses después de la entrevista que le habíamos hecho. Es más ni siquiera sabíamos de su enfermedad hasta que nos enteramos de su fallecimiento.
Cachito fue y será por siempre uno de los tantos personajes que uno ve todos los días y en cierta forma termina siendo parte de un paisaje urbano que fue instalándose en la memoria individual y colectiva.
Particularmente lo conocí en aquellos años en que recorría las calles vendiendo diarios, cuando Última Hora salía a la tarde. Solía hacer una pausa en mi recorrido diario para bajarle el clásico café con leche y cañoncito a la hora del teté.
Sí, Última Hora solía salir a la tarde, por si algunos no lo sabían. Es más, en sus páginas había un anuncio que decía algo así: “Leer diario de la mañana es enterarse de lo que pasó ayer. Leer Última Hora es enterarse de lo que pasó hoy”.
En esos años y en los siguientes, me llamaba la atención las pilas que tenía Cachito cuando uno hablaba con él. Parecía que nunca se cansaba y tenía toda la energía para responder al saludo a su apodo o el pedido que uno le hacía.
Pero no olvidemos también que su vida, su trabajo diario y su esfuerzo por su familia y por sí mismo nos dicen mucho de nuestra misma vivencia, de la gran mayoría de las personas trabajadoras del país.
Cachito trabajó desde que era un niño, pudo pagar los estudios de su familia, compró una casa. Durante una buena parte de su vida empezaba su rutina diaria a las tres de la mañana.
Sin embargo, todo su esfuerzo no pudo garantizarle el acceso a una mejor salud y tampoco pudo lograr operarse de la rodilla por no contar con los recursos monetarios.
¿Cuántos casos iguales tenemos entre los trabajadores de la construcción, choferes, empleadas domésticas, comerciantes independientes y tantos otros que, a pesar de su esfuerzo, no logran cubrir sus necesidades básicas cuando les llega la tercera edad?
Los Cachitos y otros como él son la cara invisible de un sistema que a diario habla de llevar adelante la “economía de guerra” mientras sigue viviendo armónicamente con la corrupción y el descarado despilfarro.
Pero la desaparición física de este histórico vendedor, amigo del día a día, también marca la lenta despedida de una Asunción que va quedando atrás.
Una ciudad que ha ido apagándose, llenándose de abandono, suciedad y, principalmente, de descuido. Una capital que apagó sus brillos de antaño, y ya solo le quedan naranjos agrios y flores marchitas.