Hay algo que debería preocuparnos más allá de lo ocurrido con Macklemore durante la gira de Ed Sheeran: Qué sucede cuando el poder económico, institucional o social empieza a determinar hasta dónde puede llegar la voz de un artista.
Macklemore expresó desde el escenario su apoyo a Palestina y, posteriormente, fue apartado de las fechas restantes de la gira. Según explicó Sheeran, propietarios de estadios se negaron a recibir al rapero y la promotora terminó excluyéndolo. Robert Kraft, propietario del Gillette Stadium, sostuvo que su objeción respondía a expresiones e imágenes de Macklemore que consideraba ofensivas para la comunidad judía.
No quiero discutir aquí quién tiene razón en sus posiciones políticas. Lo que me interesa es el precedente y las preguntas que deja abiertas.
Porque detrás de una gran gira existen contratos, mucho dinero, empresarios, trabajadores, músicos, técnicos y miles de personas que compraron una entrada. Claro que existen responsabilidades y acuerdos. Pero también existe el artista.
Y existe algo que –para mí– es inseparable del arte: La posibilidad de expresar lo que uno piensa, siente, cuestiona, teme, ama o rechaza.
Entonces, me pregunto qué aprende de este episodio un artista mucho menos poderoso que Macklemore. Un músico joven, sin millones de seguidores, sin independencia económica y sin un público capaz de respaldarlo.
Puede aprender que algunas cosas es mejor callarlas.
Tal vez piense antes de hablar desde un escenario: Qué empresario podría molestarse, qué patrocinador podría retirarse, qué propietario podría cerrarle las puertas o cuánto trabajo podría perder por expresarse.
Y ahí comienza algo que me preocupa: La autocensura. El artista deja de preguntarse qué quiere expresar y empieza a preguntarse qué le conviene.
Mientras seguía esta controversia apareció otra cara del mismo problema. Después de la salida de Macklemore, Finneas, Lukas Graham, Aaron Rowe y Beoga se retiraron de la gira. Sheeran volvió al escenario en Filadelfia, reconoció errores, habló de su preocupación por la libertad de expresión, condenó los ataques de Hamás del 7 de octubre y calificó la situación en Gaza como catastrófica e injustificable.
Y las presiones continuaron. En las redes, algunos le cuestionaron por hablar tarde; otros dudaron de sus palabras.
La pregunta, entonces, se amplía: ¿Queremos artistas que expresen realmente lo que piensan o artistas que aprendan a decir lo que empresarios, instituciones o incluso su propio público esperan escuchar?
La presión puede venir de quien controla un estadio, pero también de miles de personas que controlan seguidores, reproducciones, entradas y consumo. Y yo no quiero eso del arte. Recordé Minority, de Green Day y lo que su frontman, Billie Joe Armstrong explicó de esa canción, la necesidad de apartarse del rebaño, encontrar la propia individualidad y no aceptar automáticamente aquello que la mayoría establece.
Pasaron décadas y esa idea conserva una fuerza enorme. “Minority no me habla solo de rebeldía, sino del derecho a conservar el propio criterio frente al mandato social o político de turno.
Y ese derecho vale para el artista frente al empresario, para el artista frente a su público y para nosotros, como público frente al artista.
No necesito que un músico piense como yo para que una canción pueda conmoverme. Puedo admirar una obra y disentir profundamente de quien la creó. Puedo descubrir posiciones que contradicen mis valores y decidir dejar de consumir su trabajo. Ese derecho me pertenece.
Quiero el derecho a elegir y a admirar a los artistas no solo por su talento. Me importa saber cómo piensan, sus valores y cuáles son sus contradicciones. Todo eso forma parte de mi relación con su obra.
Quiero decidir yo y no que alguien más decida qué puedo escuchar, qué artista merece un escenario o qué declaración debo aceptar para después permitirme disfrutar de una canción. El arte no debe ser un lugar donde todos pensemos igual. Debe ser en el que nos encontramos con lo que nos conmueve y nos representa, pero también con aquello que nos incómoda, nos contradice y nos obliga a pensar.