Después de Auschwitz, todo es posible en el sentido de una muerte colectiva orquestada por seres humanos contra otros seres humanos. Digo bien: Orquestada, es decir, planeada fríamente, sin ningún remordimiento posterior y con una narrativa de sus ejecutores que niega los hechos o los relativiza moralmente. Por ejemplo, después de Auschwitz es posible la limpieza étnica que Israel lleva a cabo en Gaza. También después de Auschwitz es posible que el gobernador de Río de Janeiro, Cláudio Castro, ordene el asesinato de más de cien personas en las favelas y lo presente como un golpe exitoso contra el crimen organizado cuando no es más que una fría estrategia electoral. Después de Auschwitz, una masacre a cambio de votos es casi una naturalidad del sistema. Sobre todo cuando los imaginarios de la muerte como justicia o como entretenimiento se han apoderado de las mentes de las personas que viven bajo un régimen de miedo sistémico que atraviesa clases sociales: Siempre hay alguien que puede matarte a la vuelta de la esquina o dañar tu identidad digital. Casi siempre, en estos imaginarios de la muerte, ese alguien es pobre. Por eso hay que matarlo, de hecho: No es nadie.
El concepto de biopoder propuesto por Michel Foucault –es decir, una tecnología racista que administra la vida y la muerte– habla explícitamente del Estado nazi como ejemplo máximo de uno ejerce el derecho a matar. La guerra externa (contra extranjeros) e interna (contra nacionales) predispuso las condiciones para la adopción de la solución final, dice Foucault. Predispuso al mundo para lo que sucedió en Sabra y Chatila en 1982, en los Balcanes en 1992 y 1998, en Chechenia en 1995 y en Beslán en 2004: Muerte sistemática de civiles por motivos no específicamente bélicos, sino por pura expresión de lo que el filósofo camerunés Achille Mbembe, lector en un contexto tercermundista del biopoder de Foucault, llama necropolítica.
Entendiendo la política siempre como una tecnología del terror por definición –en sus versiones liberales o socialistas–, Mbembe habla de “una ruptura biológica entre unos y otros”, en donde unos determinan la muerte de los otros en posiciones de poder que, en última instancia, terminan refiriéndose más a la raza que a las clases sociales, afirma. Esta capacidad para decidir la vida y la muerte (que Mbembe asegura no ser solamente del Estado, sino de otros grupos humanos como los del crimen organizado o los señores de la guerra) es la forma última de soberanía según entiende Mbembe. O sea, no ya una soberanía de tipo institucional y social, sino absolutamente real en el terreno de la biología y la cultura: Decide, se vuelve a repetir, quién vive y quién muere; necropolítica.
Hay en el pensamiento de Mbembe una inocultable lectura apocalíptica del presente basado en el Tercer y lo que él llama Cuarto Mundo, o sea, las bolsas residuales que habitan en el Primer Mundo. De alguna manera, nos estaría diciendo Mbembe, África, regiones enteras de América Latina y Asia, ciudades norteamericanas como Filadelfia o Detroit han mostrado ya el aspecto paisajístico del futuro cercano. Una mezcla un poco de Escape from New York (1981) de John Carpenter, Blade Runner (1982), de Ridley Scott y Robocop, (1987) de Paul Verhoeven, decimos por aquí: Algo entre el western del siglo XII, el feudalismo obscuro de la Alta Edad Media y la Haití de nuestros días.
El Estado de excepción y de sitio es la condición permanente de la necropolítica. Es el tipo de estado psicosocial en el que viven las poblaciones pobres en las favelas de Río de Janeiro, en los morros: Bajo el fuego cruzado del Comando Vermelho, de la policía estatal, federal y del Ejército. El operativo de la semana pasada fue la puesta en escena ritual y sacrificial de ese Estado de excepción donde “todo vale”.
Lo dijo el filósofo italiano Franco Bifo Berardi: “Gaza es Auschwitz con cámaras”. Un verdadero espectáculo necropolítico. Después de Auschwitz y Gaza, cualquier cosa.