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Opinión
domingo 14 de mayo de 2017, 01:00

Peña y el matrimonio gay

Luis Mersán – @LuisBareiro
Por Luis Bareiro

Si algo aprendí a lo largo de los años en este oficio de entrevistar gente es que una respuesta honesta ante una pregunta inesperada puede decir más de un candidato –y de lo que eventualmente podemos esperar de él– que un rosario de propuestas, la mayoría de ellas aprendidas de memoria.

Recuerdo que en la primera y última vez que pude entrevistar a Horacio Cartes, entonces candidato presidencial, le consulté qué opinaba de legalizar las drogas. Le brillaron los ojos de felicidad. Era una respuesta para la que se había preparado con sus asesores, teniendo en cuenta que sus detractores le atribuían un pasado vinculado con el negocio.

Me dijo que estaba en total desacuerdo, que las drogas destruían las vidas de miles de personas. Le pregunté entonces si el cigarrillo era una droga. Me echó una mirada de furia. Había caído en la trampa. No podía obviar que había amasado su enorme fortuna vendiendo ese tipo de drogas que –como las otras y como él mismo acababa de afirmar– destruía vidas.

Hubo unos segundos de incómodo silencio. Luego, respondió a regañadientes que el cigarrillo era más bien una compañía, un amigo. El resto fue una ríspida entrevista. Cuando terminamos, ni siquiera se despidió. Y de más está decir que, ya siendo presidente, jamás volvió a concederme una entrevista.

Aquella reacción me dijo más de lo que vendría después que todo el discurso de campaña. Estábamos ante un hombre autoritario, soberbio, poco dispuesto a escuchar cualquier opinión contraria a la suya y con serios problemas de comunicación.

La semana pasada entrevisté al ministro Santiago Peña, potencial candidato oficialista a la presidencia. Locuaz, jovial, académico y absolutamente cándido en términos políticos. Cuando pasé abruptamente del debate sobre su posible dependencia política del presidente Cartes a una cuestión más personal, su opinión sobre el matrimonio gay, respondió que estaba de acuerdo, que cree en la libertad de las personas.

Estoy seguro de que fue una respuesta espontánea y honesta de un joven técnico integrado al mundo de la globalización, pero completamente ajeno a las miserias propias de una interna republicana. Y los viejos lobos de la jauría colorada no se lo iban a perdonar.

Apenas unos minutos después convirtieron esa opinión en una presunta propuesta de campaña electoral, despertando todos los fantasmas de una sociedad horrorosamente prejuiciosa. Estalló el escándalo y Peña no lo soportó. No pasaron 24 horas y ya estaba retractándose con el viejo argumento de que sus palabras se sacaron de contexto.

El matrimonio gay nunca estuvo en debate. No depende de la opinión de un candidato ni de un presidente sino de una reforma constitucional. Fue solo la excusa para testar la personalidad del candidato.

Peña demostró primero una inusual sinceridad al dar su opinión y una notable apertura para debatir sobre temas controversiales, pero un exceso de candidez política y debilidad de carácter al retractarse. El juego apenas está comenzando, pero es importante leer estas señales. En ocasiones dicen más que la retórica encendida o los programas de gobierno que cualquiera baja de internet.