Uno de los grandes problemas nacionales indudablemente tiene que ver con la comodidad en la que vivimos y que impide realizar los cambios que requerimos para ser un país desarrollado, a la altura de los pueblos que viven con bienestar.
Nadie quiere salir de su zona de confort.
Los que tienen recursos no saben dónde invertirlos y para pasarlos basta y sobra lo que tienen, incluso para un par de generaciones, y los de abajo se contentan con muy poco al tiempo de agradecer el ayudo miserable que reciben por parte del Gobierno a través de los programas sociales de lucha contra la pobreza.
La zona de confort es muy amplia en el país, tanto es así que riqueza y miseria se encuentran muy cómodas dentro de ella.
Tanto, que incluso los grupos insurgentes se hacen parte de la misma, aliados con los negocios del secuestro, la extorsión o el narcotráfico como es posible observar que sucede.
Ahí terminaron arriando sus banderas reivindicativas.
También están muy cómodos como los militares y policías que les persiguen cobrando salarios que en condiciones normales no ingresarían jamás a sus bolsillos.
El país tiene que asumir compromisos donde el sacrificio alcance por igual a todos.
La cuestión impositiva que podría haber nivelado a todos los que habitamos este país, sin embargo, privilegia al bien pagado sector público, cuya calidad de servicio es pobre, por lo que todos buscan evadir de alguna manera el tributo al fisco.
Los ganaderos y sojeros no quieren aportar más, y después se quejan de las consecuencias de tener un Estado débil e ineficaz, que se sostiene por el nivel de confort en el que están muchos que no observan la realidad más allá de aquella que se encuentra bajo sus narices.
El gran daño de la Guerra del 70 de la segunda mitad del siglo XIX es habernos acostumbrado a sobrevivir con lo que tenemos.
Y a pesar de vivir en un país rico, nos empeñamos tozudamente en ser pobres porque entendemos que la prosperidad es un riesgo.
Lo que pasa actualmente con ganaderos y sojeros es una prueba palpable para muchos, incluso para quienes lo padecen.
Para revertir esta situación debemos renacer con una mentalidad nueva. No hay otra salida.
La vieja y arraigada mentalidad cree que prosperar es apeligrar nuestra propia existencia.
“Omba’apóva akãrênte ho’áva rayo” (“Solo cae el rayo sobre la cabeza del que trabaja”) es toda una metáfora que nos mantiene a muchos en la miseria y en el desencanto.
Hay que colocar la idea del éxito y del trabajo entre las prioridades nacionales estimulando a su paso transformar un país que puede vivir mucho mejor si sale de su actual zona de confort para desarrollarse y salir adelante.
Esto que vivimos no es bueno y podemos mejorarlo entre todos.
Eso sí, a no dudarlo: requerirá esfuerzos continuados y compromisos serios... pero solo así se sale primero de la falsa zona de confort en la que estamos inmersos y se ingresa al nivel de nación desarrollada.
No cuesta mucho, pero hay que trabajar con responsabilidad para conseguirlo.