22 ago 2026

Zanardini y las palabras de la selva

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El fallecimiento del padre José Zanardini, en el año 2026, deja en Paraguay un vacío difícil de llenar: el de un sacerdote, antropólogo e indigenista imprescindible, cuya vida se sostuvo en la confluencia entre la fe, la investigación y el compromiso ético con los pueblos originarios.

El padre Zanardini perteneció a una generación de misioneros salesianos que comprendió la evangelización como inculturación. Su trabajo de campo en comunidades del Chaco y de la Región Oriental, su dominio de la lengua ayorea y su defensa sistemática de los derechos territoriales y culturales indígenas, lo sitúan como una figura fundamental del indigenismo paraguayo contemporáneo. Lejos de un enfoque asistencialista, su mirada fue etnográfica y jurídica: documentar para visibilizar, investigar para defender.

Esta obra reúne en un solo volumen sus artículos publicados en los diarios, en tiempos en que nadie quería leer sobre los pueblos indígenas. Así también, nos enriquecieron sus contribuciones en revistas científicas especializadas donde puso rigor a lo que otros llamaban “causa perdida”. Se incluye, además, un registro de las distinciones y premios que recibió a lo largo de su trayectoria. El conjunto permite apreciar no solo la amplitud de su producción intelectual, sino la coherencia de un pensamiento que nunca disoció la academia de la acción.

Sus textos periodísticos revelan al comunicador que llevó la cuestión indígena al debate público en momentos en que este tema era marginal. Sus artículos académicos dan cuenta del investigador riguroso, capaz de dialogar con la antropología, la lingüística y el derecho. Los reconocimientos que recibió, tanto a nivel nacional como internacional, son testimonio del impacto de una obra que trascendió lo eclesial para instalarse en el ámbito de las ciencias sociales del país.

Corresponde, por tanto, leer esta recopilación como un documento de doble valor: como aporte al conocimiento sobre los pueblos indígenas del Paraguay; y como memoria de un autor que hizo de la dignidad humana el eje de su ministerio y de su ciencia.

Si usted tiene este libro en sus manos, por favor no lo lea apurado. Porque este no es un libro sobre un sacerdote. Es un libro de un hombre que eligió servir a su prójimo, y su causa fue la de trabajar con los más pobres y humildes; los más humillados y olvidados, su compromiso fue de una imponente humanidad.

José Zanardini era de esos sacerdotes que no hablaban solo desde un púlpito, porque para él Dios ya estaba ahí: en el rostro de los pueblos originarios. Los defendió como quien defiende a sus padres, tanto a las personas de las comunidades del Chaco como de la Región Oriental.

El padre José era indigenista no por ideología, sino por sensibilidad. No estudiaba al otro desde lejos. Se hacía pariente. Sabía todo, nombres, quién estaba enfermo, quién había perdido su tierra. Tenía una gran memoria. Y tenía una terquedad mansa: la de no dejar que Paraguay olvide a sus primeros habitantes.

Más allá de su producción escrita, el rasgo que definió al padre José fue su humanidad. Fue un sacerdote cercano, de trato cariñoso, que ejerció la autoridad moral no desde la distancia, sino desde la escucha y la convivencia. Esa dimensión personal, difícil de archivar, pero imposible de ignorar, es la que otorga unidad a este libro.

Tuve el inmenso privilegio de conocerlo, ser su amigo, compartir viajes y escribir un libro que ya tiene tres ediciones. Teníamos muy en claro que el objetivo era acercar el fascinante mundo de los indígenas a nuestro mundo, desde la visión de quienes nos sentíamos mejor como activistas de los pueblos indígenas que como escritores.

A mí me asombraba cómo era su trato con los Ayoreos; siempre con una sonrisa, siempre tratando de resolver algún problema y sobre todo siempre tratando de que nosotros los entendamos y valoremos a los últimos hijos de la selva.

Era de una gran generosidad con todos y todas; en mi caso, desde que me acerqué para aprender sobre los indígenas, no solo me abrió sus inmensos conocimientos, sino que me estimuló y estuvo siempre a mi lado para cualquier consulta. Era un ser humano increíble, es lo más parecido a un santo que conocí en mi vida.

Siempre hablábamos de que se hacía difícil defender la causa tan postergada de los pueblos indígenas en nuestro país, sobre todo porque no existían, pasaban desapercibidos; y la sociedad ni siquiera estaba enterada de sus sufrimientos, por lo que gran parte de nuestro trabajo con él fue divulgar y hacer que se conozca el hecho de que los pueblos originarios estaban, sufrían y resistían. Era fundamental que la sociedad supiera sobre ellos y que conocieran quiénes son, qué hacen; y que también existen muchos más pueblos que los de la cultura Guaraní. Creo que en parte lo logramos, así como se logró el gran esfuerzo por incluir el capítulo V en la Constitución del año 1992.

Las sensaciones que estoy pasando mientras escribo este texto son muy raras. Por un lado, es como si José estuviera aquí, y que podría llamarlo como siempre lo hacía, para hacerle una consulta. Por otro lado, sabiendo que ya no está corporalmente, siento que se fue en paz y con un balance de su vida con un superávit extraordinario. Dejó unas enseñanzas asombrosas y siempre pienso: cómo sería José en la vejez. Nunca podría imaginarlo sin viajar recorriendo el Chaco, caminando y abrazando a los indígenas. Él era muy feliz con ellos.

José se fue hace poco, pero no se fue del todo. Quedó en cada libro, en cada artículo que escribió sin buscar aplausos. Quedó en cada premio que usó como puente y no como corona. Quedó, sobre todo, en esa forma suya de mirar: sin lástima, con profundo respeto.

Leer estas páginas duele, porque uno siente su ausencia. Pero consuela más, porque uno entiende su presencia. Él sigue aquí cada vez que un joven lee y se indigna con una injusticia. Cada vez que un maestro enseña en la lengua nativa. Cada vez que alguien dice “nosotros” e incluye a todos.

Cómo estamos extrañando a “Alegría, alegría”.

Su forma tan cariñosa, cercana y humana de saludar

Que estas páginas sirvan para que las nuevas generaciones accedan a su pensamiento, lo discutan y lo continúen. Es la mejor forma de honrar a quien dedicó su vida a que nadie quedara fuera del “nosotros” paraguayo.

Y eso, en tiempos como los nuestros, es lo más sagrado que hay.

Muchísimas gracias, querido padre José Zanardini, tu ejemplar vida, a todos y todas nos hizo mejores personas

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Walter Biedermann (*)

* Prólogo del libro “Zanardini y las palabras de la selva”. Edición y Compilación de Alfredo Boccia Paz y Deisy Amarilla. Servilibro. Julio 2026.

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