03 oct 2026

Cuando la inteligencia pierde el asombro (I)

Toda cultura revela su verdadera identidad más profunda en las preguntas que elige preservar y en aquellas que con el paso del tiempo, se desvanecen de su horizonte de sentido.

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María Gloria Báez
Escritora

Algunas interrogantes atraviesan las épocas, sobreviven al derrumbe de certezas y a las transformaciones de las sociedades porque hunden sus raíces en las dimensiones más esenciales de la existencia humana y expresan esa incesante necesidad de comprender quiénes somos, de dónde venimos y qué significado puede alcanzar nuestra presencia en el mundo. ¿Qué significa vivir con dignidad? ¿Dónde encuentra la libertad su fundamento? ¿Qué hace justa a una sociedad? ¿Es posible conocer la verdad? ¿Existe un sentido que otorgue unidad a la experiencia humana? Ninguna época ha conseguido responderlas definitivamente. Cada generación vuelve sobre ellas porque forman parte de una conversación inacabada que atraviesa los siglos y constituye, en buena medida, la historia misma de la filosofía. Nuestra época parece haber modificado el lugar que esas preguntas ocupaban en la vida intelectual. La atención se desplaza con facilidad hacia aquello que ofrece resultados inmediatos, utilidad práctica o rendimiento verificable. La velocidad se ha convertido en una categoría cultural. Todo debe resolverse con rapidez, toda incertidumbre reclama una respuesta instantánea y el conocimiento parece obligado a demostrar su utilidad en el menor tiempo posible. En este contexto, la contemplación comienza a percibirse como una demora, el silencio como una interrupción y la reflexión paciente como un lujo difícil de sostener. La revolución digital ha intensificado un proceso que la precedía. Hemos aprendido a movernos con extraordinaria eficacia dentro de un universo saturado de información y al mismo tiempo, hemos perdido cierta familiaridad con el ejercicio de pensar.

La inteligencia permanece constantemente estimulada, aunque rara vez encuentra el tiempo necesario para demorarse sobre aquello que verdaderamente importa. Mario Ramos Reyes identifica este fenómeno como uno de los síntomas más elocuentes de la crisis contemporánea.

En La razón abierta al misterio. Apuntes para una filosofía cristiana (2026), sostiene que la razón humana no puede reducirse a un instrumento destinado exclusivamente a calcular, producir o resolver problemas técnicos. La inteligencia está llamada a buscar la verdad en toda su amplitud y a reconocer que la realidad excede los límites de toda construcción conceptual. La razón encuentra su plenitud cuando permanece abierta a la totalidad del ser y acepta que el conocimiento auténtico exige humildad, paciencia y disposición hacia el asombro. Esta perspectiva recupera una de las intuiciones más antiguas de la tradición filosófica occidental. Aristóteles afirmaba que el origen de la filosofía se encuentra en la admiración. No se refería a una emoción pasajera, sino a una actitud capaz de descubrir que la realidad posee una profundidad que ninguna costumbre consigue agotar. El asombro constituye una forma de atención. Quien se asombra comprende que el mundo no es un objeto completamente disponible para sus intereses, es, una realidad que reclama ser escuchada antes de ser interpretada.

Aquí aparece una diferencia fundamental entre la inteligencia contemplativa y la inteligencia puramente instrumental. La primera se aproxima a las cosas con el deseo de comprenderlas, la segunda las observa principalmente desde la utilidad que puedan ofrecer. Ninguna sociedad puede prescindir de la dimensión práctica del conocimiento. Las ciencias, la técnica y la innovación constituyen expresiones admirables de la creatividad humana. El problema surge cuando la utilidad deja de ser un criterio entre otros y se convierte en criterio absoluto. Entonces, la pregunta por el sentido pierde relevancia frente a la pregunta por la eficacia y la contemplación cede su lugar al rendimiento. Las consecuencias de este desplazamiento son visibles en múltiples ámbitos de la vida contemporánea. La educación experimenta una presión constante para justificar su existencia mediante indicadores de productividad. La política organiza buena parte de su lenguaje alrededor del impacto inmediato. El debate público privilegia la rapidez antes que la profundidad. Incluso la cultura comienza a valorar las obras por su capacidad de generar consumo antes que por la verdad que contienen o por la belleza que revelan. La inteligencia termina adaptándose a un horizonte cada vez más estrecho, convencida de que merece atención aquello que puede medirse, cuantificarse o producir resultados visibles. Frente a este escenario, la obra de Ramos Reyes propone recuperar el pensamiento en su sentido más pleno. Pensar significa abrirse a la realidad con disponibilidad y reconocer que su profundidad nunca se revela por completo. Todo conocimiento auténtico abre nuevas preguntas y cada verdad ensancha el horizonte de la inteligencia, recordándonos que la existencia humana alberga dimensiones que ningún método consigue clausurar. La razón, aparece, así como una inteligencia que encuentra precisamente en su apertura la condición de su grandeza. Allí donde la cultura contemporánea parece oscilar entre el escepticismo y el pragmatismo, el autor recupera la confianza en una razón capaz de dialogar con la filosofía clásica, la tradición cristiana, la literatura, la historia y la experiencia cotidiana del ser humano. Esa amplitud funda toda auténtica sabiduría. El libro invita a pensar mejor, recuperando la lentitud del conocimiento, la disciplina de la lectura, la paciencia del diálogo y el valor de las preguntas que ninguna época logra clausurar. Allí comienza la filosofía y la posibilidad de una renovación cultural fundada en la búsqueda de la verdad, el bien y el sentido de la existencia. La pérdida del asombro, sin embargo, no constituye únicamente una dificultad intelectual. Expresa una transformación más profunda de la experiencia humana.

El hombre deja de contemplar el mundo como una realidad que lo precede y comienza a percibirlo como un conjunto de objetos disponibles para su intervención. La naturaleza pierde su espesor simbólico, la historia deja de ser una memoria compartida y el tiempo se fragmenta en una sucesión de instantes que apenas conservan relación entre sí. Allí donde todo adquiere un carácter transitorio, la verdad también parece convertirse en un producto sometido a las variaciones del momento. Esta percepción alcanza incluso la comprensión que el ser humano tiene de sí mismo. Durante siglos, la filosofía consideró que el conocimiento de la realidad y el conocimiento de la propia existencia formaban parte de un mismo itinerario espiritual. La máxima socrática «conócete a ti mismo» expresaba la convicción de que la persona alcanza una comprensión auténtica de sí cuando descubre el lugar que ocupa dentro del orden del ser. La identidad no surgía de una voluntad capaz de reinventarse indefinidamente, sino del diálogo permanente entre libertad, naturaleza y verdad. Ramos Reyes recupera esta tradición para recordar que la inteligencia humana posee una vocación esencialmente relacional. Pensar implica abrirse a una realidad que interpela, cuestiona y transforma. La razón alcanza su madurez cuando abandona toda pretensión de autosuficiencia y acepta que el conocimiento comienza con una actitud de escucha. Cada descubrimiento importante nace de una disponibilidad interior que permite a la realidad manifestarse antes de ser reducida a nuestras categorías o intereses. Esa disposición constituye una de las formas más elevadas de la humildad intelectual. Desde esta perspectiva, la filosofía aparece como una experiencia de encuentro. Leer a Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Newman o Kierkegaard implica participar de una conversación iniciada hace siglos, donde cada generación vuelve a formular las mismas preguntas desde circunstancias históricas diferentes. La tradición deja de ser una carga que inmoviliza el pensamiento y se convierte en una fuente de renovación intelectual. La memoria preserva aquello que el presente, por sí solo, sería incapaz de producir. En esta perspectiva adquiere pleno sentido la noción de misterio que articula todo el libro. El misterio no designa una región oscura donde la razón se detiene impotente. Expresa la profundidad inagotable de la realidad, siempre mayor que cualquier explicación. El filósofo no encuentra en el misterio el final de su búsqueda, sino el horizonte que mantiene viva la búsqueda misma. Cuanto más penetra la inteligencia en el conocimiento del ser, mayor conciencia adquiere de la riqueza que permanece abierta. Esa experiencia alimenta el deseo de seguir comprendiendo. Quizá una de las grandes enfermedades espirituales de nuestro tiempo consista precisamente en haber perdido esa conciencia de profundidad. Disponemos de una enorme capacidad para describir los fenómenos, mientras disminuye nuestra disposición para interrogarnos por su significado. El lenguaje técnico alcanza una precisión admirable, mientras el lenguaje filosófico parece retroceder.

La filosofía cristiana que propone Ramos Reyes invita a recuperar una razón reconciliada con toda la amplitud de la experiencia humana. Una razón capaz de dialogar con la ciencia sin reducirse a sus métodos, de acoger la tradición sin convertirla en repetición, de abrirse a la fe sin renunciar al rigor crítico y de reconocer en la belleza, la literatura, la historia y el arte formas privilegiadas de acceso a la verdad. Esa amplitud intelectual constituye una de las grandes herencias del pensamiento clásico y cristiano y uno de los desafíos más urgentes para una cultura que corre el riesgo de olvidar la profundidad de las preguntas que mantienen despierta la inteligencia. El asombro se vuelve disciplina del espíritu, educando la mirada y demorándose ante lo real. Solo quien persevera descubre su hondura y el gradual revelarse de la verdad. Allí comienza el itinerario filosófico de Mario Ramos Reyes, donde la razón abierta al misterio alcanza su más alta vocación.

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