Opinión

Violencia organizada 2.0

Con el advenimiento de las redes sociales todo está al alcance de los dedos. Comunicarse  ya no cuesta tanto: Es rápido, entretenido y barato.

Elías Honzi Por Elías Honzi

A comienzos de este milenio, estas redes parecían tejer el camino hacia la tan ansiada libertad de expresar lo que sentimos sin miedo. Algo por lo que generaciones anteriores lucharon, muchos de ellos, dando su vida.

Así, cientos de miles de paraguayos encontraron en las redes su lugar en el mundo. Algunos, incluso, entre posteos y posteos, encontraron al amor de sus vidas.

En esos muros virtuales, otros aprendieron a quejarse, a plaguearse en público por los baches de las calles de su barrio; del caño roto de la Essap; a exteriorizar su bronca por los que robaron en plena pandemia.

Pero no todo es color de rosa…

Las redes son un reflejo de la sociedad, y por ende, su (mal) uso también constituye hoy en día una amenaza para nuestra trasijada democracia, que a sus más de 30 años todavía no sacó el registro para manejar ese vehículo llamado libertad.

Lo que se nos prometió como un paraíso para la expresión libre, con el paso de los años se fue convirtiendo en un campo de guerra, donde se impone a fuerza de tecleo, una idea, un proyecto político o un interés oscuro.

Por lo general, son sectores dominantes de la sociedad los que se adueñan poco a poco de este escenario, recurriendo a la violencia, y no a cualquier violencia, sino a la violencia organizada; la que busca convertir la mentira en verdad y viceversa.

El plan está pensado y muy bien estructurado.

En la cabeza de esta organización está el que se erige como dueño de la opinión: Los que manejan los entresijos de la política y la economía, que buscan instalar una idea que pueda resguardar sus intereses. Son los que contratan a estrategas, expertos en el arte de la confusión.

Estos expertos son los sicarios de las redes, autodenominados “comunicadores independientes”, hábiles en el uso del teclado como arma homicida de ideas y capaces de hacer dudar hasta al más acérrimo creyente. Un sicario de las redes, con un tuit, puede hacer que la gente se confunda entre Alfredo Stroessner y San Francisco de Asís, o entre Mahatma Gandhi y Pastor Coronel.

Son los llamados influencers, y el fuego que abren desde sus cuentas, es replicado por un ejército incontable de anónimos, perfiles falsos, zombies digitales que secundan las ideas que se quieren imponer y hacen llover las balas digitales hasta lograr su cometido.

En este 2022, que es un año de contiendas electorales por las internas de los principales partidos políticos, que buscan llegar al contrahecho Palacio de los López, cobrarán mayor protagonismo estos mercenarios digitales.

Saldrá a la luz el modus operandi de este grupo reflejando en las pantallas, la campaña.

Los moquetes verbales en los actos políticos, con los candidatos tiroteándose con diatribas que no precisamente serán de amor, traspasa y seguirá traspasando en las redes, desatando una ola de violencia, que contamina tanto este lugar, haciéndolo irrespirable.

Aumentarán los casos en los que no se tendrá respeto a la opinión ajena ni habrá lugar para la convivencia en la diversidad. La verdad la impondrá el que más perfiles falsos consiga congregar. Y nosotros, los que no participamos de la guerra, pagaremos sus consecuencias.

“Por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que pueden venir a los hombres”, decía don Quijote de la Mancha a su Sancho Panza.

Hoy en día estamos cautivos por esta violencia organizada. Todos tenemos derecho a navegar por las redes del internet tranquilos. De expresar nuestras ideas sin el temor que las metrallas de un ejército ignoto nos acribille en algún acto terrorista digital.

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