En el barrio Monseñor Bogarín de Mariano Roque Alonso, 30 años después de la caída del avión de la aerolínea colombiana Líneas Aéreas del Caribe (LAC), el recuerdo de la tragedia se pierde entre la vorágine del día a día.
Un equipo de Última Hora fue hasta el sitio para recorrer el lugar de la tragedia y conocer el parecer de los vecinos. La mayoría de ellos prefirieron no hablar de lo que pasó, y seguir con la rutina.
Muchos de los jóvenes nacidos en el siglo XXI ignoran por completo la caída del avión carguero que dejó 22 personas fallecidas y fue nombrado como la más grande tragedia aérea de la historia paraguaya.
Entre las calles Remigio Cabral y Capitán Aveiro, en medio de las nuevas viviendas y casas comerciales, sobrevive al paso del tiempo y al olvido, un pequeño santuario construido por los vecinos en el patio de la familia Franco Jara, cuyos miembros perdieron la vida el día del accidente aéreo.
El pequeño oratorio era hasta hace unos años el punto de encuentro de los vecinos para realizar una celebración religiosa. “Un sacerdote venía cada 4 de febrero a celebrar una misa y recordar a los fallecidos”, comentó Antoliano Rejala, uno de los vecinos más antiguos.
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Una gran cruz de madera adornada con el kurusu paño, que simboliza el manto que la Verónica encontró en la tumba de Jesús, un signo de fe en que los difuntos ya experimentan la resurrección, sobresale en el patio.
Los visitantes pueden ingresar a una pequeña sala cuyas paredes están adornadas de cuadros de santos y fotos que recuerdan la vida del matrimonio de Édgar y Perla antes de quedar sepultados bajo los restos del fuselaje de la gran aeronave.
El portón no está cerrado con llave y tampoco la puerta de entrada para que ingresen las personas que quieran elevar una plegaria.
Con el paso de los años, las visitas fueron disminuyendo porque en el patio trasero se construyeron otras piezas para alquiler, en las que viven distintas familias que escuchan hablar con extrañeza sobre lo sucedido.
Otras tragedias aéreas –como el accidente del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya de 1972– cuentan con un memorial conocido como el Valle de las Lágrimas en la Cordillera de los Andes. Allí se encuentra una cruz y restos del fuselaje, que año tras año recibe visitas a través de expediciones.
Lo mismo ocurre con el memorial levantado en cerro El Gordo, Antioquia, Colombia, lugar del accidente del equipo Chapecoense en 2016, donde se mantienen homenajes en el sitio.
La tragedia de Mariano Roque Alonso todavía persiste en la memoria colectiva no por acción de las autoridades de la Municipalidad de la ciudad o del Gobierno Central, sino por la labor de particulares como Gustavo Ávalos, aficionado a la historia, que con sus recopilaciones y publicaciones en las redes ayuda a mantener viva la memoria.