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Tenemos que hablar

 

El mortal paso de la pandemia del coronavirus, cuyo final aún es incierto en el país por la incertidumbre de las vacunas, no solamente ha visibilizado descarnadamente la precariedad de la salud pública, con su desigualdad, su corrupción y sus mafias, sino ha puesto de relieve temas que anteriormente no formaban parte del apasionado debate público.

No se le puede atribuir ningún mérito a un virus que mata todo a su paso, pero al igual que cualquier desgracia que aparece repentinamente en una familia y le obliga a replantear violentamente sus prioridades, el Covid-19 ha puesto todo patas para arriba al país (y al mundo) y, como toda calamidad sirve como disparador para repensar qué somos, cómo y dónde estamos, qué queremos, hacia dónde vamos.

Estos son algunos de los varios temas que acaparan hoy el debate público:

LA SALUD PÚBLICA. La pandemia del coronavirus no hizo otra cosa sino mostrar la catastrófica situación de uno de los ministerios más grandes del país, administrado por el poder político con la visión partidaria (prebendaria y clientelar) y no de las necesidades reales de la población. El Covid hizo que hoy muchos se enteren de las históricas carencias, se espanten con los pacientes en los pasillos en duros bancos de madera, las muertes evitables por falta de medicamentos, de terapia intensiva, etc. Siempre fue así. La diferencia es que hoy el sistema colapsó y el horror ha tocado a más gente, no solamente a quienes dependen exclusivamente del servicio público, sino especialmente a la clase media (entre ellos, miles de funcionarios públicos con seguros VIP) que antes podían enfrentar una enfermedad en los sanatorios privados, pero hoy imploran una cama en el hospital público, por citar un dato.

Cuando empezó la epidemia, solamente había 217 camas de UTI, hoy se elevó a 617, casi tres veces más. Pero es insuficiente por esa ausencia y desprecio del concepto de política pública y su transversalidad en los gobiernos. Se sabe lo que se tiene que hacer, pero no se hace porque implicaría cortar el perverso cordón umbilical de la triada formada por burócratas corruptos, empresarios inescrupulosos y padrinos políticos. Pero ha llegado la hora a tantos años de complicidad. Hoy se debaten y cuestionan los privilegios públicos de seguros vip, las escandalosas sobrefacturaciones de los laboratorios e importadoras al Ministerio de Salud. A propuestas de leyes para establecer control en la fijación de precios de medicamentos.

No hay garantías de que cambie la situación, pero esta experiencia horrorosa debe ser aprovechada para reformar la salud pública y el IPS. Es un inicio.

TRANSPORTE PÚBLICO. Un servicio público en manos privadas. La humillación del sector empresarial transportista a los usuarios es de larga data. Siempre ha sido así. Solo que ahora se visibiliza más y se potencia el desprecio de la gente. Este es un sector que ha nacido y crecido bajo del amparo de la impunidad colorada. Aquí no es solamente el empresariado que contribuye con su dinero al candidato del partido. Sus privilegios tienen que ver con la conexión político-electoral: el transporte es clave para las campañas electorales, para acarrear votantes el día de la elección. Es un nexo muy fuerte.

Tan insostenible es la situación que otro grupo de empresarios jóvenes salieron a plantear el subsidio a los pasajeros y no a los transportistas como se hace hasta hoy. Tan insostenible es la situación que el Senado se vio obligado a aprobar el proyecto “que cancela el itinerario, la licencia y el subsidio a empresas del transporte público, infractores de la ley”, y que encontró un muro en la bancada colorada de Diputados que rechaza el proyecto.

No hay garantías de que cambie rápido la situación, pero hoy la crítica a los transportistas pasó a otros niveles de discusión y presión.

¿CON QUÉ CHINA? No ha sido sino hasta la crisis de las vacunas cuando entró al debate público la necesidad de analizar las relaciones diplomáticas con Taiwán y virar hacia China Continental. Pensar en las relaciones como sinónimo de intereses, cooperación y no de simples lealtades, frutos de las guerras geopolíticas, tablero donde el país es un simple peón. De hecho, el sector ganadero hace más de una década plantea relacionarse con el país comunista, uno de los mercados más grandes del mundo para la carne paraguaya. Esta propuesta fue creciendo con el tiempo y se dio con mayor ímpetu en el 2019. La ARP lo ha planteado oficialmente, pero la clase política no se anima a hacerlo. La generosidad de Taiwán con todos los gobiernos es una de las razones principales. Millones de dólares para proyectos sociales, donaciones como la construcción del nuevo Congreso o el mismísimo edificio de la Cancillería. Y así millones de razones. Política conocida en el mundo como la “diplomacia de la chequera”.

En la primera etapa de la pandemia ya se vislumbró el tema con la carencia de medicamentos e insumos para combatir el Covid. Allí se empezó a sentir con mayor claridad los costos que genera no tener relaciones con China Continental, la fábrica del mundo, que se agravó con la crisis de las vacunas. Paraguay solo puede adquirirlas a través de intermediarios del sector privado, debido a la falta de relaciones diplomáticas, lo cual enlentece el proceso y encarece el producto, con las justificadas sospechas de sobrefacturación.

Para peor, la siempre generosa Taiwán esta vez no puede donar vacunas. Un primer traspié se dio cuando el país asiático negó que iba a compartir con Paraguay su lote de vacunas compradas en EEUU. Luego, advirtió, con justa razón, que su donación no podía ser usada para comprar vacunas chinas.

La controversia se instaló en las redes. El debate está instalado. La pandemia avivó un tema muy poco debatido hasta entonces.

DESTINO COMÚN. Además de los citados ítems, otros varios problemas han supurado este año, producto de la crisis sanitaria.

Todo está en la mira. No solamente la calidad de los liderazgos en tiempos de crisis, sino especialmente el modelo de país que ha sobrevivido como herencia de la dictadura. La crisis sanitaria con sus derivaciones en lo económico, social y político ha resaltado el debate sobre el modelo de país, es decir, del Estado mismo.

Ojalá que como toda dura lección, la pandemia no sea una simple vidriera que nos muestre dónde estamos y nos empantanemos en los estériles debates de lo que somos. Ya sabemos por qué estamos así y quiénes son los responsables de este perverso modelo de corrupción, de privilegios, de desigualdad, de ignorancia y mediocridad.

Ojalá que la pandemia no acabe en simples moralejas, sino al salir de ella, con los muertos encima, con el dolor a cuestas, las cuentas a pagar, la sobrevivencia sea la fuerza motora para demoler este perverso sistema que acogota, excluye y mata, y se transite hacia un destino común que la mayoría ambiciona, más allá de sus banderas.

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