HERNANDARIAS
El silencio dentro del Museo Histórico Tacurú Pucú no es vacío. Es un silencio cargado de voces antiguas, de relatos que parecen suspenderse en el aire entre vitrinas, fotografías y documentos que sobrevivieron a mudanzas, a la humedad, al abandono y al paso inevitable de los años.
Cada sala es una especie de viaje detenido en el tiempo. Allí, donde hoy caminan estudiantes, investigadores y curiosos, alguna vez hubo vida cotidiana, decisiones fundacionales, trabajos agrícolas, inmigración, guerra y reconstrucción. El museo no solo guarda objetos, sino guarda versiones de una ciudad que fue cambiando sin dejar de ser ella misma. En ese escenario, casi invisible para el ruido de la actualidad, el Museo Tacurú Pucú cumple 28 años convertido en uno de los repositorios históricos más importantes del Este del país. Y, sin embargo, su existencia se sostiene con una fragilidad que contrasta con el valor incalculable de lo que protege. “Esto nació de una visión muy clara de un grupo de pioneros que entendieron que si no rescatábamos nuestra historia en ese momento, después iba a ser imposible”, recuerda Juan Villanueva, actual encargado del museo e hijo de uno de los impulsores del proyecto.
Su voz no suena como la de un funcionario cultural, sino como la de alguien que ha crecido entre papeles antiguos, fotografías familiares y la responsabilidad silenciosa de cuidar algo que no le pertenece solo a él, sino a toda una ciudad.
“La idea siempre fue fortalecer la identidad de Hernandarias. Nosotros creemos que la base de un pueblo es su cultura, su memoria, su sentido de pertenencia. Si eso se pierde, se pierde todo lo demás”, agrega, mientras recorre con la mirada las paredes donde cuelgan imágenes en blanco y negro de los primeros años de la ciudad.
BúSQUEDA. Nada de lo que hoy exhibe el museo llegó por casualidad. Cada pieza tiene detrás una historia de búsqueda, insistencia y, muchas veces, de puertas que se abrían después de largas explicaciones.
“Nosotros tuvimos que salir a buscar la historia, no estaba acá esperando. Fuimos a las casas de las familias pioneras, conversamos con los hijos, con los nietos, recuperamos fotografías que estaban guardadas en cajas, en baúles, algunas incluso a punto de perderse”, relata Villanueva con una mezcla de orgullo y cansancio acumulado por años de trabajo silencioso.
El recorrido de rescate histórico llevó a la comisión a ciudades como Asunción, Encarnación y Pedro Juan Caballero. Muchos descendientes de las familias fundadoras ya no vivían en Hernandarias, pero conservaban fragmentos de una memoria dispersa.
“Recuerdo viajes largos, días enteros de conversación para convencer a la gente de que eso que tenían guardado no era solo de su familia, sino de toda una comunidad. Y poco a poco fuimos recuperando documentos, relatos, fotografías que hoy son patrimonio de todos”, señala.
Ese trabajo paciente dio forma a un acervo que hoy permite reconstruir no solo la historia de Hernandarias, sino también los procesos sociales, migratorios y económicos que marcaron al Alto Paraná.
SIN ESPACIO. Pero la historia del Tacurú Pucú no es solo una historia de logros. También es una historia de límites físicos que empiezan a ser demasiado evidentes. El edificio que alguna vez pareció suficiente hoy resulta pequeño frente a la magnitud del material reunido.
Estanterías completas permanecen fuera de exhibición. Documentos valiosos descansan en archivos improvisados. Y muchas piezas simplemente no pueden ser mostradas por falta de espacio. “El museo nos quedó chico hace tiempo. Tenemos muchísimo material que no está expuesto porque no hay lugar. Y eso es doloroso, porque cada documento tiene una historia que merece ser vista”, explica Villanueva mientras señala cajas cuidadosamente organizadas que guardan parte del acervo aún invisible al público.
La situación se vuelve aún más compleja en días de alta concurrencia. “Hay jornadas en que llegan seis o siete colectivos de estudiantes o turistas. Y tenemos que organizarnos por grupos, porque no entran todos juntos. A veces la gente espera afuera para poder ingresar. Eso muestra el interés, pero también muestra nuestras limitaciones”, admite.
A la falta de espacio se suma el problema de la conservación. La humedad, el desgaste natural y la falta de infraestructura adecuada amenazan lentamente documentos que no tienen reemplazo. “Hay papeles que tienen más de cien años. Fotografías únicas. Y nosotros hacemos lo que podemos para cuidarlos, pero no contamos con apoyo técnico ni financiero suficiente”, lamenta Villanueva.
A PULMÓN. La palabra “esfuerzo” parece insuficiente para describir lo que ocurre detrás de las puertas del Tacurú Pucú. Allí no hay una estructura institucional sólida ni financiamiento permanente. Hay, en cambio, una rutina sostenida por compromiso personal.
“Papá no tiene sueldo. Yo trabajo en la Municipalidad y con eso ayudamos a sostener el museo. A veces pongo yo, a veces él, a veces con lo poco que entra de colaboraciones. Pero no tenemos ayuda de ninguna institución pública ni privada”, afirma Villanueva sin dramatismo, como quien describe una realidad asumida hace tiempo.
Ese esfuerzo cotidiano incluye desde la limpieza de salas hasta la atención de visitantes, la organización de archivos y la gestión de visitas escolares. “Esto es una tarea de todos los días. No es solo abrir la puerta. Es cuidar, ordenar, explicar, recibir a la gente. Y lo hacemos porque creemos que vale la pena”, añade.
En 2024, el Museo Tacurú Pucú recibió el reconocimiento como Museo del Año por parte de la Asociación Paraguaya de Museólogos y Trabajadores de Museos. Fue un momento de orgullo para Hernandarias y para quienes han sostenido el proyecto desde sus inicios.
Sin embargo, el reconocimiento no se tradujo en mejoras estructurales. “El premio fue importante, nos dio visibilidad, pero la realidad del día a día no cambió. Seguimos con las mismas necesidades de siempre”, comenta Villanueva.
- “Nosotros creemos que la base de un pueblo es su cultura, su memoria, su sentido de pertenencia. Si eso se pierde, se pierde todo lo demás”. Juan Villanueva, encargado del museo.
El valor de la historia
Pese a todo, el museo sigue abierto. Y sigue recibiendo estudiantes, investigadores y visitantes que encuentran allí una versión de Hernandarias que no aparece en los libros escolares. “Para nosotros lo más importante es que los jóvenes conozcan su historia. Cuando un estudiante entra acá y ve cómo era su ciudad hace 50 o 100 años, algo cambia en su forma de ver las cosas”, sostiene el encargado.
En ese sentido, el museo se ha convertido en un espacio de transmisión generacional. “Muchos jóvenes que vienen como visitantes después vuelven como voluntarios. Y eso es lo que nos da esperanza, porque la memoria no puede quedar solo en manos de una generación”, reflexiona.
Un legado que se niega a detenerse
A sus 82 años, Leslie Villanueva continúa siendo una presencia constante en el museo. Aunque ya no realiza las mismas tareas de antes, su figura sigue siendo central en la historia del Tacurú Pucú. “Mi papá siempre decía que si no cuidamos nuestra historia, nadie lo va a hacer por nosotros. Y eso es lo que seguimos intentando cumplir”, concluye Juan Villanueva.
Afuera, la ciudad sigue su ritmo cotidiano. Autos, comercios, tránsito, ruido. Adentro, en cambio, el tiempo parece insistir en quedarse un poco más. Porque en el Museo Tacurú Pucú, la historia no está cerrada en el pasado. Sigue respirando. Sigue esperando ser contada.
El acceso al museo es gratuito. Las visitas deben agendarse previamente al WhatsApp (0972) 972-007. Atiende de lunes a viernes de 08:00 a 12:00 y está ubicado en Boquerón casi Coronel Bogado, barrio San Lorenzo, Hernandarias. Cada visita no es solo un recorrido cultural. Es, también, un encuentro con una ciudad que decidió no olvidar.