31 may. 2026

Sor María: “Tengo cien años de vida y ochenta de vida consagrada”

Para sor María Magdalena Rojas, líder religiosa de la congregación L´Inmaculée Conception, todo comenzó con un “sí” a los 14 años. Trabajó en el Chaco por más de 20 años para alimentar a unos 100 niños.

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Sor María Magdalena Rojas

Me llamo sor María Magdalena Rojas Martínez y nací un 25 de mayo de 1926 en Borja, Departamento del Guairá. Soy hija de Secundino Rojas y Dominga Martínez, ambos paraguayos y liberales de la época. A los cinco años mamá me comentó que mi madrina se iría a un convento para ser monja y servir a Dios. Ahí comenzó todo. Tengo cien años de vida y ochenta de vida consagrada

Tiempo después esta madrina falleció muy repentinamente y me dije, voy a tomar su lugar entonces. Tenía 14 años y mi decisión fue firme. Papá ya era viudo con apenas cuarenta años. Era tan bueno y paciente con nosotras, tres hermanas, dos religiosas y una casada.

A los diez años perdí a mi madre y poco tiempo después una tía ingresó al convento de las monjas azules o en francés de la congregación L´Immaculée Conception. Pero poco antes de tomar los hábitos falleció repentinamente. Entonces me dije ‘voy a tomar su lugar’. Y acá estoy.

Fue una infancia linda, aunque también hubo grises. Como Paraguay siempre fue un país muy político y mi familia de facción liberal en época de la revolución no la pasamos bien y hasta tuvimos que mudarnos, pero de criaturas uno ni se fija en esas cosas, jugábamos todo el día, estudiábamos, nos conocíamos todos en Ñumí.

CAMINO

A los 14 años me trasladé a Asunción por invitación de un sacerdote amigo de la familia que habló con papá para que ingrese ya al internado de las religiosas españolas Salesianas del Sagrado Corazón. Estaban ubicadas al lado del Sanatorio Español, que todavía está en funcionamiento; eran las encargadas del nosocomio.

Mi hermana María Ángela era enfermera en ese sanatorio, cumpliría años hoy 31 de mayo. Ella sabía que no quería ser religiosa, pero a mí nadie me sacaba de la cabeza esta locura de amar de Cristo. A los 17 años me enviaron a Lomas de Zamora, Argentina, para el noviciado.

En Lomas de Zamora estuve tres años, uno de postulantado y dos de noviciado. Después retorné a Caazapá, donde me recibí de docente y cumplí los años como profesora junto con el anillo de voto perpetuo. Comencé mi largo camino de servicio en la docencia en diferentes localidades del Paraguay.

Primero, en Saladillo, cerca de Concepción, en una escuela rural, por tres años; luego, dos años en Córdoba, Argentina. De ahí retorné al Paraguay, al Colegio de Monjas de Encarnación, donde enseñé por doce años.

En esa ciudad fui maestra del ex presidente Fernando Lugo en segundo grado. Él vino a visitarme una vez por mi cumpleaños, pero yo no estaba. Tuvimos que reagendar; él ya estaba con muletas, y yo me fui a Pirizal a pasar la fiesta de mi cumpleaños en el Chaco paraguayo.

TRAYECTORIA

Después seguí la carrera de Licenciatura en Filosofía y Pedagogía, solo para acompañar y animar a las demás hermanas. Vine a terminar aquí, en Asunción, porque me trasladaron. Fui directora del Colegio L´Inmaculé de Asunción por seis años.

Ya no ejercía la docencia, porque tenía muchas actividades. Toda mi vida fui profesora de francés, aunque también di clases de matemáticas, porque me encantaba. Después me pidieron volver a Casa Paz, donde fui directora de la institución, y así hice camino al andar.

También hice cursos de especialización en francés en Francia. Cuando volví al Paraguay, en el 79, me nombraron directora del noviciado hasta que en 1987, desde Roma, llegó mi nombramiento como superiora provincial del Paraguay. El cargo duró seis años y no era nada fácil, porque teníamos 18 comunidades; lo acepté en nombre de Dios, como siempre.

Mi periodo al frente de la congregación fue bastante fructífero. Trabajamos mucho, abrimos casas en Teniente Irala Fernández, en el Chaco, donde instalamos una residencia.

CHACO

Estuvimos en la Radio Pa’i Puku por un año, en Pirizal, Boquerón. Había una escuela e internado con 140 niños y adolescentes, hijos de peones, y los padres querían religiosas para su formación. Hicimos el esfuerzo; fueron tres religiosas a instalarse en el monte.

Yo iba a pasar con ellas el tiempo que podía; las hermanas están hasta hoy. Cuando terminó mi misión, cumplidos los seis años, pedí volver al Chaco. Entregué la provincia en diciembre, y en enero ya estaba de vuelta allá.

Me ocupé en las labores del campo: Criaba animales –cabritas, ovejas, cerdos–, porque había que dar de comer a más de un centenar de criaturas. Estuve hasta marzo de 2014, y fueron 21 años muy felices.

Con los niños me adapto fácilmente. No teníamos energía eléctrica ni agua, aunque sí un pequeño generador por las noches. Eso cambió en la época de Lugo, precisamente, cuando llegó el tendido eléctrico a través de la estancia. Ahora ya hay energía eléctrica. Teníamos una radio para comunicarnos una vez al día con las demás comunidades.

Para mí, el amor es un servicio. Amar es servir al prójimo; por lo tanto, es darse sin medida y sin interés. A mí nadie nunca me sacó esa convicción de la cabeza. Realmente, pasé por muchas cosas en la vida, pero siempre con la firmeza de que uno tiene que seguir.

Uno tiene que servir para amar, y no al revés. Y así uno es feliz en esta vida. Uno no puede ser feliz sin amor, y la felicidad es aceptar la voluntad de Dios.

MILAGROS

Estuve en cama por más de un año a causa de una operación de columna que no me salió bien. Me dije a mí misma: “Bueno, estoy acá, Dios mío, me entrego a tu voluntad”. Así acepté su voluntad, y acá estoy.

Dios nunca me soltó la mano ¿Yo por qué he de soltarle a Él? Recuerdo un gran accidente que tuve en Gabón, África; estábamos de misión, la camioneta en la que íbamos dio un giro y tumbó, salimos ilesas.

Yo nunca pensé en mi edad, nunca le di importancia. Ahora están con ese tema, pero la verdad es que no necesito nada. Por la gracia de Dios tengo todo; Dios me acompaña, y yo creo que la fórmula para ser feliz es ayudar porque así es como uno ama la vida. ¡Que Dios los bendiga!

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