Estamos en un mundo en conflicto y una de sus primeras víctimas en estos casos es siempre: La verdad. En la economía de guerra declarada por el ministro del ramo se describe un número de 600 millones de dólares que grafica el monto que hay que cuadrar para no salirse del déficit del 1,5% que se comprometió con el FMI.
Ese monto, en realidad, es la mitad si se desagrega los valores de pago por un dólar más bajo en su cotización. Eso es igual a como cuando le dijo a los diputados que no había más que un 3% para colocarlo en porcentajes de a 1 anual como parte del compromiso del Estado para construir la masa jubilatoria. Los ingenuos de la Cámara Baja fueron estafados o engañados o tratados de “boludos” como lo dijo una diputada que mueve la colita ante Cartes.
En realidad, el Gobierno podía más como se comprobó en la nueva ley promulgada. Podía 10% y de una vez. Esto nos lleva a la conclusión que el Ministerio está en guerra consigo mismo. No se anima a controlar el robo diario en todos los procesos licitatorios y menos a cortar con los sobresueldos, presentismos, catering, pago por títulos etc., etc., que un legislador calculó en 700 millones de dólares anuales.
La guerra contra la corrupción, los privilegios y las inequidades es lo que debe emprender el ministro del ramo que está en conflicto con la verdad y por eso lo atacan.
Hay otras guerras que se libran bajo cuerdas. Nadie entre los cartistas está seguro que su líder-fundador pueda seguir siendo el articulador de los conflictos y cada uno proyecta la mayor fidelidad a su figura que parece tener solo el valor simbólico porque por debajo las mordidas comienzan a mostrar claros signos de una guerra electoral desatada que ya produjo en sus prolegómenos la neumonía del candidato colorado oficialista a la Intendencia asuncena.
Esta donde se libra la madre de todas las batallas y en donde el peón de Latorre no puede recoger basura, organizar el tránsito y menos aún librarse de los raudales que por poco arrasan con la ciudad el pasado lunes.
La guerra de la corrupción heredada de Nenecho no tiende a acabar, sino por el contrario a agravarse.
Los privilegios de una sociedad inequitativa e injusta saltan en todo el país. El senador Chaqueñito se cree con derecho a un departamento que debe ser otorgado a gente con menos ingresos que él, pero se lo considera sujeto de la tenencia como aquellos de la otrora reforma agraria simplemente por ser parte del poder. Defendido con uñas y dientes terminaron transando con una defensa de su curul a cambio de una renuncia del departamento donde además nunca vivió.
Diferente a los que habitan desde hace 50 años en las casas de las áreas urbanas construidas en Ciudad del Este para los trabajadores de Itaipú. Estos están en guerra con la realidad. No pagan impuesto inmobiliario que podrían haber aportado más de 100 millones de dólares al Municipio, no tributan por el agua, recolección de basura y en un tiempo tampoco luz.
Ellos con los mejores salarios del país se creen con derechos de brahmanes en una República de supuestos iguales. Están en guerra con la Constitución y las leyes, pero no les importa mientras vivan gratis y bien pagados.
La otra gran guerra es en los territorios del petróleo del Golfo Pérsico que ya impactó en los precios del combustible a nivel local y que lo hará en toda la economía mundial. Los israelitas atacaron una refinería de gas del supuesto aliado Qatar que perdió más de 100 mil millones de dólares solo en ese ataque en negocios a futuro.
Trump tuvo que salir a decir que no tuvo nada que ver en el mismo y que castigará a Israel si lo vuelve a hacer. El mundo padece un conflicto que está lejos de acabar o desescalarse para desgracia de nosotros y de todos.
Cristo fue el gran mesías de la paz y del amor y su figura es usada ahora por los halcones de la guerra para graficar su insolencia. Hasta el Papa tuvo que salir a aclarar el tamaño de su figura y el intento de manipulación de su trascendencia y legado.
Estamos en guerra en distintos frentes y no tenemos escudos ni sirenas que nos adviertan de las bombas de racimo que se nos caen. Con casco y a los búnkeres con la verdad como protección es lo único que nos queda.