Fraudulentos, ladrones y borrachos.
Con estos tres calificativos lapidarios define Mariano Antonio Molas, en su Descripción histórica de la Antigua Provincia del Paraguay, a los indios Payaguá, que dominaron el río Paraguay durante siglos, enemigos jurados de los guaraníes: fraudulentos, ladrones y borrachos.
Milda Rivarola anota en El Paraguay liberal que el último payaguá murió alcohólico en los años 40 del siglo XX, en un sucucho de la zona del Puerto de Asunción. Con él, murió su lengua. Esto quiere decir que debemos remitirnos a lo poco que hay en Ulrich Schmidl y Félix de Azara para imaginar cómo se habrán considerado ellos mismos (y a los “paraguayos”) estos hábiles remeros. Azara, ya en el siglo XVIII, también habla del alcoholismo de los payaguá. En 1949, Max Schmidt habló de un velorio payaguá en el que todos los deudos estaban borrachos, y el propio muerto lo estaba porque había consumido “acohol de quemar”.
Sin embargo, no sé si alguien se ha fijado antes en la cita que –al menos en mi opinión– Molas hace con esta adjetivación: el Nuevo Testamento bíblico.
La serie de tres adjetivos procede, en realidad, de 1 Corintios 6:10: “Ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios”. Es, en efecto, una cita paulina. Como toda la élite intelectual paraguaya de principios del siglo XIX, Molas era católico. La Descripción es un libro carcelario, es decir, un libro escrito en el marco de un espíritu religioso que quiere soportar la prisión y lo que considera una injusticia. El versículo siguiente de 1 Corintios habla de los “justificados por el Señor”: muy posiblemente, era así como se autopercibía Molas en su más de una década de encierro.
Los payaguá eran, para la sociedad paraguaya colonial y republicana, pero sobre todo para la asuncena y su comarca, aquellos que no entrarían en el “reino de Dios”, como predicaba Saulo de Tarso en su célebre epístola dirigida a sus partidarios. Eran fraudulentos, ladrones y borrachos: porque no se sometían al Estado ni a Dios, dos entes principalísimos para los “paraguayos de bien”.
EMPRESARIOS PIONEROS EN CHINA
Según Frank Dikötter, la primera clase empresarial china fue un resultado inesperado del fallido Gran Salto Adelante, que consistió en la radicalización del modelo colectivista a principios de la década de los sesenta. Esta clase pionera fue el resultado del surgimiento de un mercado negro en los resquicios del Estado, contra el cual nació de hecho. En La Revolución Cultural: Una historia popular (1962-1976), Dikötter concluye que solo en Shenyang, en Manchuria, había 20.000 empresarios y los especuladores eran 3000 en el centro comercial e industrial, Wuhan, a orillas del Yang-sé.
Dice Dikötter que, “en un extraño giro del destino, los intentos por reemplazar las recompensas individuales con incentivos morales que habían tenido lugar en tiempos del Gran Salto Adelante habían producido ya una nación de empresarios. Las personas no se habían contentado con aguardar la muerte por hambre”.
Y lo resume mucho mejor:
“Cuando la catástrofe estuvo en marcha y se cobró decenas de millones de víctimas, la mera supervivencia de una persona corriente llegó a depender de su capacidad para mentir, camelar, ocultar, robar, engañar, hurtar, buscar, contrabandear, trampear, manipular y burlar al Estado de todas las maneras posibles”.
Fue la elusión del sistema, para evitar caer en el caos del hambre y la violencia, la que predispuso a los chinos para las reformas de corte capitalista de los años 80 y 90: el modelo chino no maoísta de socialismo que impera hoy y que, con un expansionismo económico sin precedentes (incluso si vamos a los tiempos del auge chino a mediados del siglo XVIII), se convirtió en cuarenta años en la segunda potencia del mundo, la primera en ciertos aspectos clave de la geopolítica planetaria.