Hoy meditamos el Evangelio según san Mateo 10, 7-13. Lo que deben predicar, de manera esencial, es que el Reino de los Cielos está cerca. Sin embargo, acto seguido, Jesús les da una serie de indicaciones que dejan claro que la misión apostólica no se reduce a la transmisión de una información o de una doctrina.
En la versión de San Lucas se nos ofrece también una orientación útil: “El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: ‘Mirad, está aquí’, o ‘está allí’; porque, daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros”. El Reino de Dios es Jesús mismo.
Por lo tanto, el Señor envía a sus apóstoles con un mensaje que está destinado a convertirse en vida. La misión no es una campaña publicitaria: es la encarnación del mensaje del Verbo Encarnado. Por eso, los signos que acompañan esta embajada son la caridad (curar, resucitar, sanar, exorcizar), la pobreza (no hace falta oro, ni siquiera sandalias), el trabajo honrado que se gana el salario justamente y el deseo de paz para los hogares que visitan. En resumen: el apóstol transmite el mensaje de Jesús viviendo como su Señor.
La vida de san Bernabé es un ejemplo muy atractivo de cómo hacer realidad esa llamada de Cristo. Nos dice la primera lectura que era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Esas cualidades se hicieron particularmente evidentes con un gesto que cambió para siempre la historia de la Iglesia: “Llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles” (Hechos 9, 26-27). Fue el apóstol que celebramos hoy el que introdujo en la vida eclesial a Pablo, el futuro Apóstol de las gentes. Y lo hizo porque estaba lleno de Espíritu Santo y de fe.
(Frases de https://opusdei.org/es-py)