Hondo suspiro. Cerca del mediodía, ya no pudo. Luchó durante todo enero contra el cáncer, la enfermedad a la cual parecía que superó en enero del año pasado, cuando tocó la campana con la cual anunciaba el fin de su etapa de quimioterapia. Pero la enfermedad, infame porfiada, volvió a inicios de año. Empezaron de nuevo las idas, internaciones, la quimioterapia.
El sábado, Rodrigo Leiva, el niño de 12 años que soñaba con ser futbolista para poder ayudar a su familia, entró a terapia intensiva. Todo ese día, el domingo y durante la mañana del lunes todos quienes conocíamos su historia, su sonrisa, su esfuerzo, su lucha, estuvimos pendientes de la evolución de su estado.
Su madre Alba Leiva, quien no se despegó de su hijo, iba informando paso a paso su situación. Incluso estaba organizando una rifa, la cual sigue en pie, para afrontar los gastos que dejó estar en el hospital.
A las 12:47 llegó la noticia. Su cuerpo ya no resistió. Se apagaba así el sueño de un niño para quien la vida giraba en torno a la pelota, soñaba con escuchar su nombre coreado por multitudes en los grandes estadios.
Esa misma ilusión que alimentaba en la escuelita de fútbol de su Villeta natal, en el patio de tierra de su casa cada día.
“Yo siempre sueño que viajo en un colectivo para jugar en Brasil y que soy millonario. También sueño con ser un futbolista profesional para ayudar a mi familia”.
Me gusta mucho jugar, cuando estoy en la cancha me siento libre y solo pienso en ganar y ayudar al equipo”, había dicho el niño en la charla que había tenido con ÚH en el patio de su casa una tarde de noviembre del 2024.
Rodrigo Leiva, el niño que nos enseñó a no rendirnos a pesar de las adversidades. Adiós, campeón.