En un reciente programa de radio desde la audiencia se manifestaron voces sobre el estado general de las instalaciones de Asunción, tanto como de los servicios brindados a sus habitantes. Estos, hartos del desorden, de la suciedad y muy lejos de alguna posibilidad de rectificación sugieren la aplicación de medidas drásticas. Entre las que ganan –por amplia mayoría– la propuesta de que todo debería empezar de nuevo. Como si nos hubiera castigado una hecatombe, un cataclismo nuclear o algo de la misma gravedad como para que se destruyera lo existente y todo se re inicie apretando la tecla correspondiente de la computadora celestial. La persistencia de este tipo de propuestas debe obligarnos, sin embargo a volver la vista hacia el “modo sensato” de las cosas.
Soñar nunca fue delito. Pero existe una gran diferencia entre sueño y delirio. La falta de educación y la ausencia de rigor en la poca que recibimos, no hizo sino profundizar nuestra ignorancia; nuestro estado de indefensión estadística y que por alguna razón y en la anemia operativa ha abandonado muchas alternativas viables y posibles.
Mientras, el Estado paraguayo sigue la senda que le marcan. Convertido a una entidad nacional que no logra desmarcarse del pasado funesto que lleva sobre sus hombros. Que habiendo sido “decano del totalitarismo” en Sudamérica por haber triunfado sobre un comunismo ya extinto; ahora es como un cazador que quiere posar sobre un león muerto que otros mataron.
Pues de un concepto similar proviene el logro del que presumimos. Como cuando nuestros números económicos motorizan la euforia por lo bien que estamos; y, sin embargo, en cada noche gélida tenemos que auxiliar a nuestros compatriotas que no tienen nada para cubrirse y pasar la noche. Y para colmo del cinismo, algunos se ufanan de que son solo unas docenas.
Nadie del Gobierno osa tener en cuenta, que la estadística solo muestra lo que sucede dentro de las fronteras de la capital. Y que en el interior de todo el país, miles de nuestros hermanos y sus familias, tiritan alrededor de una fogata como en los tiempos iniciales de la humanidad
Y estos fenómenos suceden porque un colectivo en sus más altos niveles dirigenciales decide confundir los vocablos para hacer más patente su irresponsabilidad. Y entonces, tenemos –habitualmente– la mentira como verdad; la audacia como valentía. Que el atrevimiento insolente es coraje.
Y la ignorancia criminal que se enseñorea en nuestras costumbres y es ejercida especialmente en el estamento público, adormece el último hálito de vida cívica que pudiera sobrevivir en la sociedad.
Si las medidas drásticas que se sugieren desde el colectivo, implican una profunda revisión de todo lo hecho y actuado en las últimas décadas, –¡bienvenido entonces el cataclismo!–. Para no ir ampliando, al menos la desmesurada suciedad que se ha estado acumulando debajo de nuestras alfombras.
Pero cuando la gente y las autoridades tienen nublada la razón y distorsionan la visión de las cosas, las soluciones para los problemas de la ciudad se alejan cada vez más de lo posible. Pues si apeláramos a la misma ilusión de que “el renacimiento” implicaría la “reforestación de ideas” que hagan falta para que todo recomience mejor, estaríamos ignorando algo fundamental. Que si las consecuencias de nuestros desbordes e inacción, nos ahogan tras casi 500 años de fundada la Casafuerte asuncena y que de los primeros 380 habitantes estamos superando los más de 460.000; estamos ignorando algo fundamental: Que el “proceso autodestructivo” sería mucho más fácil y acelerado en la actualidad.
Pues con nuevas tecnologías y velocidad en las comunicaciones, con costumbres alteradas en la distensión de los nuevos tiempos, no tardaríamos en concretar lo que fue posible tras cinco siglos de persistente autodestrucción. De desprecio a las normas de convivencia y por la responsabilidad impune de nuestras autoridades.
De manera que “la refundación” no sería la solución. Pues entonces y con los pies afirmados sobre la tierra, ingresemos al problema con la seriedad que requiere. Considerando en primer lugar, que los inconvenientes de Asunción son semejantes a los que enfrentaron todas las poblaciones desde el abandono del campo para afincarse en los recintos urbanos, cuando se iniciara la llamada revolución industrial a mediados del siglo XIX.
Y que, en segundo lugar, nuestros problemas son los mismos que enfrentaron las ciudades más antiguas del planeta. Y cuyas autoridades encararon sus soluciones con disposiciones más o menos similares; algunos con mayores éxitos, otros con menores costos que otros.
Que ninguna tarea es imposible si existe responsabilidad y conciencia. Y si por falta de educación y sentido de responsabilidad colectiva, carecemos de ambas, no debería existir falta o delito que no tenga su castigo proporcional y correspondiente. Para todo lo cual es necesario que todos los organismos del Estado Nacional funcionen adecuadamente. Porque si no funcionan, atentan contra el pueblo. Y que si no es así… tal vez no necesitemos de las autoridades que tenemos.
¿O es eso a lo que nuestros compatriotas se referían, cuando pedían que todo comience de nuevo?