Sé que a muchos lectores les puede dar una mala impresión el título de este comentario, pues “de rodillas” es una expresión que choca con nuestra mentalidad autonomista y desconfiada hacia toda sumisión. Pero estoy parafraseando al papa Francisco, ya que me impactó lo que les dijo en estos días, sin pelos en la lengua, a los teólogos cristianos al invitarlos a practicar una “teología de rodillas”, para poder conocer a Jesús, “quien no vino como un gobernante potente, sino como un vástago humilde y manso"; también señaló que “quienes pretendan sondear este misterio con los recursos de su propia inteligencia primero deben ponerse de rodillas, en actitud de humildad, de lo contrario, no entenderán nada”.
Creo que ante lo que ocurre con los parlamentarios y los miembros de la Corte, con el presidente y el intendente, con los líderes de organizaciones civiles, incluso con los miembros de la prensa, y con todo aquel que tiene el poder de influir en la realidad, es que necesitamos enfocar los problemas con una perspectiva más abierta a todos los factores.
Si la política es una búsqueda consciente del bien común, hay que devolverle su atractivo natural, con la práctica de lo que podríamos llamar “aguda e inteligente humildad realista”. La humildad es verdad, decía una sabia, y otro agregaba que la humildad es verdad sin garabatos. Este arrodillarse para pedir la luz, el discernimiento, la claridad para enfrentar los desafíos que hacen al servicio que debe significar la política, no es un acto de estupidez o de resignación. Al contrario, se trata de un gesto revolucionario.
Amigos dirigentes, ¿no se dan cuenta de que seguir falseando y manipulando desde el poder solo retrasa y empobrece la solución a los problemas de fondo de nuestro país? Es un infantilismo que daña a esta sociedad en la que también ustedes viven junto con su familia.
Sabemos que la realidad es más dolorosa de lo que muchos pueden soportar, porque supondría admitir que los problemas de la sociedad tienen que ver con la propia mediocridad, con el caprichoso encierro en el error y hasta con el desligue absoluto de varias obligaciones mínimas.
En esto el pueblo les lleva ventaja a sus dirigentes. Solo hay que verlo desplegar su sentido religioso camino a Caacupé. Se ve que está más abierto a reconocer sus límites y a esperar un cambio que viene de dentro, a considerar todos los elementos y a volver a empezar.
Quizás ayuda esta disponibilidad que tienen los humildes a guiarse más por el silencioso sentido común que por la ruidosa parafernalia del discurso ideológico.
Deberíamos aprender de esta sabiduría ka’aty o seguiremos, como dice el Papa, sin “comprender nada”.