06 abr. 2026

Parar la pelota

Para entender el presente, es necesario reconocer el éxito de un camino que se inició en 2003. Durante estas dos décadas, Paraguay construyó una fortaleza macroeconómica basada en una disciplina fiscal y monetaria rigurosa. La Semana Santa es un buen momento para reflexionar, mirar qué hicimos, qué nos falta, revisar nuestras metas, básicamente parar la pelota y reflexionar y por qué no fijarnos nuevas metas.

Mirando hacia atrás, es indudable que este modelo iniciado de la mano del Dr. Borda, producto de un pacto político y social, liderado por el presidente de aquel entonces, Nicanor Duarte Frutos, es (fue) exitoso. Dio frutos tangibles: Logramos reducir los índices de pobreza de más del 50% a menos del 20%, la macroeconomía fue la estrella construyendo institucionalidad dentro del Ministerio de Hacienda y el Banco Central, después otros se sumaron y alcanzamos el grado de inversión, como resultado de décadas de previsibilidad en el manejo de las cuentas públicas. En aquellos años se realiza una reforma tributaria, producto de un diálogo amplio de la sociedad paraguaya, nadie fue excluido de ese diálogo.

Hoy, más de 20 años después, tenemos otros desafíos a nivel externo e interno. A nivel externo tenemos una guerra complicada en el Oriente Medio, la guerra de EEUU con Irán no está resuelta aún, pero mientras no esté nos va a traer problemas, empezando con el precio de los combustibles que van a estar volátiles, la inseguridad en el globo y la afectación a todo el comercio internacional. Hacia adentro, se ve como que el modelo exitoso está agotado y necesita un nuevo impulso, un nuevo diálogo para construir los siguientes 25 años. La resiliencia de nuestra arquitectura financiera se puso a prueba en momentos de incertidumbre extrema –pandemia– cuando herramientas como el Plan de Emergencia y Pytyvõ evitaron un colapso social. Superada la fase más crítica, se inició un proceso de convergencia fiscal necesario para retornar a la responsabilidad, pero que resultó ser por demás exigente. Ese esfuerzo de ordenamiento, sumado a una rigidez del gasto que no cede, ha generado una falta de recursos que hoy nos agobia. Es este escenario de asfixia financiera el que –creo– ha llevado a declarar una “economía de guerra”.

Ya no hay espacio para la inercia; esta coyuntura nos obliga a enfocar cada recurso con precisión quirúrgica y a avanzar, sin más dilaciones, con las reformas estructurales que postergamos durante años.

El éxito de la macroeconomía creó una clase media más amplia y exigente que ya no se conforma con indicadores macroeconómicos positivos, nomás, mientras sufre servicios públicos deficientes. Quiere ver que construyamos políticas exitosas fortaleciendo el capital humano, en hospitales con médicos y medicamentos, una educación que garantice que sus hijos van a tener un mejor futuro. Que el sector público sea cuna y ejemplo de la meritocracia, como no hay lugar para todos, que se garantice que quienes nos van a servir tengan la capacidad suficiente para ello y donde las compras públicas tengan procesos idóneos para que el mejor bien o servicio se ponga a su disposición. Esperan que más temprano que tarde se reforme la Caja Fiscal de la mejor manera porque saben que sus recursos van ahí y no quieren que sea un agujero negro.

Si no logramos estos resultados sumado a un adecuado funcionamiento Institucional del Estado; el contrato social corre el riesgo de romperse. Deberemos de tener la capacidad, en ese caso, de explicar al ciudadano por qué llegamos a esa ruptura y no puede ser por falta de diálogo, será indefendible, por ello para evitarlo, es imperativo recuperar el diálogo con la sociedad civil, tal como se hizo en 2003.

La falta de un diálogo que impulse reformas profundas en el manejo institucional nos vuelve extremadamente vulnerables. Un Estado con instituciones débiles y procesos opacos es el terreno más fértil para el avance del crimen organizado. La reforma no es solo una cuestión de eficiencia económica, sino una barrera de defensa para la seguridad de la nación y la integridad de sus instituciones. En economía no existe el “almuerzo gratis”. El camino hacia adelante requiere la voluntad de ejecutar reformas que den sostenibilidad al país, priorizando el bienestar de las siguientes generaciones por sobre la próxima elección. La sociedad reclama efectividad; si no logramos que la solvencia macroeconómica consolide una microeconomía funcional y segura, nuestra propia estabilidad estará en juego. Es hora de dialogar, fortalecer las instituciones y actuar.

Si no paramos la pelota, miramos a nuestro alrededor y hacemos el esfuerzo de recuperar el diálogo que se tuvo hace más de 20 años para construir un futuro que fue mejor que el anterior, no va a haber forma de explicar al ciudadano el fracaso.

Paremos la pelota. Reflexionemos esta Semana Santa para recuperar el diálogo, nos merecemos.

¡¡¡Felices Pascuas!!!

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