Existe una supuesta maldición china que reza así: “Ojalá vivas tiempos interesantes”. Nadie sabe con certeza si alguna vez fue china, ni si fue realmente una maldición; no obstante, su ironía sobrevivió porque refleja una verdad incómoda: en épocas de calma, parece un cómodo desafío, y en épocas de tormenta, parece una sentencia. Hoy, 2026, suena a sentencia.
Durante las últimas décadas nos acostumbramos a pensar que la guerra era una anomalía, un accidente ocasional en un sistema internacional cada vez más integrado, interdependiente y previsible. No porque hubiera desaparecido, sino porque la disuasión entre las grandes potencias había logrado contener sus efectos sistémicos. Hoy, sin embargo, algo está cambiando.
El mundo parece haber perdido parte de su aversión al conflicto. Lo vemos en Ucrania, en Medio Oriente, en los enfrentamientos entre Tailandia y Camboya o en el creciente conflicto entre Pakistán y Afganistán. La guerra entre Estados ha dejado de ser un episodio excepcional para consolidarse nuevamente como un organizador central de la política global.
El conflicto vuelve a moldear alianzas, redefinir prioridades económicas y condicionar las decisiones de gobiernos y empresas. Las disputas por territorios, tecnología, recursos estratégicos y cadenas de suministro regresan al centro de la escena. La geopolítica vuelve a estar de moda porque los Estados y las empresas ya no evalúan sus acciones pensando en los costos, sino en los riesgos.
Para los países no centrales como Paraguay, este escenario es un problema. Aunque algunos Estados emergentes han logrado capitalizarlo desarrollando industrias de defensa propias o ampliando su margen de maniobra diplomático, la mayoría enfrenta grandes limitaciones. En un mundo más militarizado, el acceso al financiamiento, al armamento y a los espacios de decisión se vuelve más restrictivo, mientras que los costos de la inestabilidad aumentan de forma desproporcionada.
Detrás de este fenómeno existe una tensión más profunda. El orden internacional posguerra fría fue diseñado para una época de expansión de mercados y relativa cooperación entre potencias, pero el sistema que emerge se parece cada vez más a uno dominado por la competencia estratégica, la rivalidad industrial y la coerción como arma.
Para comprender este momento, el politólogo Andrés Malamud recupera una idea inspirada en Maquiavelo presentando una distinción entre tiempos normales y tiempos excepcionales. Los primeros son previsibles y los eventos producen consecuencias relativamente esperadas siguiendo una lógica estable. Los segundos son infrecuentes, turbulentos y difíciles de interpretar mientras ocurren. También son menos frecuentes, pero mucho más visibles. En ellos aparecen las guerras, las revoluciones, las crisis sistémicas y las grandes transiciones históricas.
Según Malamud, el 2026 es uno de esos periodos excepcionales, y quizás por eso cuesta tanto analizarlo. Las sociedades se acostumbran a vivir en tiempos normales y terminan asumiendo que la estabilidad es el estado natural de las cosas. Sin embargo, la historia avanza a través de saltos y rupturas y los manuales suelen recordar precisamente esos momentos extraordinarios en los que las reglas cambian y el presente muta.
Tal vez la vieja maldición nunca fue china, pero pocas frases describen mejor el mundo que nos toca habitar. Ojalá vivas tiempos interesantes. Ya los estamos viviendo.