Opinión

No es un caso perdido

Luis Bareiro Por Luis Bareiro

El primer logro de quienes no quieren que cambien las cosas en el Paraguay es convencer a quienes si quieren cambios que hacerlos es imposible. Su frase favorita es “este país no va a cambiar luego”. Y les excita que lo digan con resignación los potenciales votantes. Es una renuncia tácita a cualquier posibilidad de cambio. Una capitulación antes incluso de dar batalla.

No solo es falso que no podamos cambiar, es una mentira decir que nada cambió. Llevo treinta años haciendo periodismo, tres décadas debatiendo acaloradamente con políticos, burócratas, sindicalistas, empresarios y religiosos. Y puedo decir que este Paraguay, con todos sus bemoles, es mejor que el que nos legó el viejo régimen.

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El problema es que, en este engorroso proceso, hay avances rápidos, hay otros exasperantemente lentos, hay estancamientos notables y vergonzosos retrocesos. Para no caer en la trampa del derrotismo que propician los beneficiarios del statu quo necesitamos precisar cuáles son esas áreas y las razones por las que mejoran, se empantanan o degradan.

Voy a ir a ejemplos concretos para entender mejor como se dan en la práctica estos procesos distintos. Tras las sucesivas crisis financieras que sacudieron al país desde sus raíces, a fines de los noventa e inicio del nuevo milenio, y la catástrofe fiscal que llevó al país a una virtual cesación de pagos, se produjo una transformación notable en dos entidades claves: El Banco Central y el Ministerio de Hacienda.

La banca del estado había iniciado ya unos años antes un proceso de formación de talentos muy importante, becando a sus figuras más destacadas. Esa camada de profesionales jóvenes y con excelente formación académica fueron ocupando cargos técnicos de relevancia. En Hacienda, la feliz incursión de Dionisio Borda -con Duarte Frutos y luego con Lugo- dio pie a un proceso de selección de los mejores técnicos para ocupar los roles más importantes, un proceso que nunca más se interrumpió. Hace treinta años, tropezar en estas dependencias técnicas con un profesional del estado ajeno a las cuestiones política partidarias y de primer nivel era casi un accidente. Hoy es frecuente.

Estoy seguro de que todavía hay acomodados políticos, genuflexos e impresentables; pero, gradualmente se van convirtiendo en la excepción. Esto se refleja en la calidad de nuestras políticas monetaria y fiscal, que aún con sus muchas imperfecciones, nos han permitido construir una estabilidad macroeconómica notable para los vaivenes que hay en la región.

En el otro extremo están las carteras de Educación y Salud. El mayor fracaso de todos los gobiernos de los últimos cien años, sin excepción, es la educación pública, convertida en eterno botín político partidario. Acá si hubo retroceso, desde la degradación de la formación de maestros hasta la atomización del servicio, montando escuelistas miserables a lo largo y a lo ancho del país para cumplir promesas absurdas de pelafustanes que viven de la prebenda política.

En salud pública ocurrió un fenómeno interesante. La gente descubrió que es un derecho suyo, y la presión pública obligó a los gobiernos a incrementar la inversión desde niveles que eran ridículos. El modelo sigue haciendo agua por todos lados. La pandemia, empero, puede haberse convertido en la mejor oportunidad para dar un golpe de timón. Es la crisis bancaria de los 90. Es el momento de blindar al ministerio de la bazofia partidaria y dejar las políticas de salud en manos de quienes se prepararon para formularlas y llevarlas a la práctica.

Debo decir, sin embargo, que aún en medio de situaciones catastróficas como las que se viven en ambos ministerios, es posible encontrar profesionales de altísimo nivel profesional y humano. Hay recursos para realizar los cambios.

Donde también seguimos empantanados es en el lodazal de la justicia. Pero hay señales que hablan de los efectos de la presión de la opinión pública. Hay intocables del pasado con una primera condena; ministros de Corte bajo sospecha de honestidad, fiscales que parecen hacer en serio su trabajo.

Paraguay no es un caso perdido, solo hay que seguir porfiando.

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