Tres décadas pueden ser una línea de tiempo o un mapa emocional. En el caso de Myrian Beatriz Ruiz Morínigo, sus 30 años de carrera no se explican solo como una acumulación de escenarios, viajes y reconocimientos, sino como una construcción coherente de identidad artística en torno a la música paraguaya y el chamamé, género del que hoy es considerada una de sus principales embajadoras en el país.
La conmemoración de este aniversario invita a una lectura más profunda: ¿Cómo se sostiene una voz en el tiempo sin diluirse en las transformaciones de la industria musical? ¿Cómo se preserva una raíz sin quedar anclada en la nostalgia? En la trayectoria de Myrian Beatriz aparecen algunas respuestas posibles.
De Horqueta al mundo: Una memoria fundacional
Cuando uno mira hacia atrás, la artista no recurre a grandes escenarios ni a hitos internacionales como primera imagen. Su memoria se organiza desde lo íntimo: Su padre, su comunidad, su infancia en Horqueta.
“Me viene a la mente la imagen de mi papá, quien me acompañó desde los seis años”, recuerda. Esa figura no solo aparece como sostén afectivo, sino como una pieza estructural en su formación, fue su primer manager, su compañero de escenario y su impulso inicial.
La escena es casi cinematográfica: Una niña que necesita una silla para alcanzar el micrófono y cantar ante su comunidad. Esa imagen, lejos de ser anecdótica, contiene una clave de lectura de toda su carrera: La música como un acto colectivo, profundamente arraigado en lo local.
El paso de Horqueta a la profesionalización marca una transición decisiva. Ya en Asunción, bajo la formación de la profesora Wilma Ferreira, su incorporación al grupo Mujeres que cantan la guarania la sitúa en un espacio de legitimación artística.
Allí, rodeada de referentes a quienes antes solo veía en los medios, se consolida su identidad musical. “Me decían la benjamín”, cuenta, evidenciando no solo su juventud, sino también su condición de heredera de una tradición.
Lea más: Veinte años sin Roa Bastos: Memoria viva y deuda pendiente
Esa etapa no solo la proyecta a nivel nacional, sino que la lleva al exterior, incluso a Taiwán, en una experiencia que amplía su horizonte cultural. Más adelante, ya como solista, su recorrido incluirá escenarios en Canadá, Chile, Uruguay, Brasil y Argentina, con una presencia sostenida durante 15 años en la Fiesta Nacional del Chamamé de Corrientes, en Argentina.
Sin embargo, lo llamativo en su relato es la ausencia de quiebres abruptos. No hay “momentos bisagra” en el sentido tradicional. Su evolución se da por acumulación, por maduración progresiva de un estilo que, según ella misma afirma, se mantuvo fiel a su esencia.
En un contexto en el que lo híbrido y la experimentación suelen ser moneda corriente, Myrian Beatriz plantea una postura clara, la centralidad de la música paraguaya en su repertorio no es una limitación, sino una elección.
“Representar nuestra identidad es un orgullo”, afirma. Esa afirmación, simple en apariencia, encierra una dimensión más profunda, la de entender la música como un vehículo de pertenencia cultural.
Su trabajo no se limita a la interpretación también como productora impulsa eventos como guarania, polca ha chamamé, que ya cuenta con varias ediciones y la Fiesta Nacional del Kavuré Norteño en Horqueta. En ambos casos, hay una intención explícita de fortalecer circuitos culturales y generar espacios de visibilidad para lo local.
El desafío de permanecer en movimiento
Toda carrera larga enfrenta un dilema: Adaptarse o resistir. En el caso de Myrian Beatriz Ruiz Morínigo, la respuesta parece situarse en un punto intermedio.
“Ser auténtica, genuina, sin renunciar a mi identidad”, señala al referirse a su relación con las nuevas dinámicas de la industria. Reconoce el peso de las redes sociales y la transformación tecnológica, pero introduce un matiz clave: “El factor humano seguirá siendo insustituible”.
Esa idea se confirma en su vínculo con el público, que describe como intacto. “Esa sensación no se explica, se siente”, dice, aludiendo a una conexión que trasciende formatos y plataformas.
No todo en su trayectoria responde a una línea ascendente. Su estadía en Japón, durante seis meses, aparece como uno de los desafíos más exigentes: Un contexto cultural completamente distinto, barreras idiomáticas y hasta la experiencia de un tsunami que llegó hasta las puertas de su hotel.
Ese episodio, más allá de lo anecdótico, revela una dimensión poco visible en las carreras artísticas: La capacidad de adaptación en contextos adversos y la fortaleza personal para sostenerse lejos de lo conocido.
Si hay un momento que puede leerse como punto de inflexión simbólico, es la interpretación de Bendito sea, una polca canción de Gregorio Cabrera. Con ese tema ganó el Festival de la Yerba Mate en Pedro Juan Caballero y obtuvo su primer ingreso económico gracias al canto.
Te puede interesar: Desde que te Madrid: El arte de desnudarse en escena, según Kevin Johansen & Liniers
Ese premio no solo significó un reconocimiento, sino una posibilidad concreta: Financiar su llegada a Asunción para iniciar estudios formales de música. Es, en ese sentido, un ejemplo claro de cómo el talento encuentra oportunidades, pero también de cómo esas oportunidades requieren decisiones.
El presente: Celebración y proyección
Lejos de un cierre, los 30 años de carrera se presentan como un punto de relanzamiento. Entre sus proyectos inmediatos figura un nuevo material discográfico centrado en el chamamé, así como un concierto conmemorativo que recorrerá distintos estilos de su repertorio.
Pero quizá el proyecto más ambicioso no esté ligado a escenarios ni a grabaciones, sino a la transmisión cultural: Una iniciativa orientada a acercar la música paraguaya a las nuevas generaciones.
“Ndaikatúi jahayhu jaikuaayva” (no se puede amar lo que no se conoce), dice, sintetizando una preocupación que trasciende su carrera individual y se instala en el terreno de la política cultural.
Si algo define la trayectoria de Myrian Beatriz Ruiz Morínigo es la coherencia. En un ecosistema musical marcado por la inmediatez, su carrera se construyó desde la persistencia, la fidelidad a una raíz y la capacidad de adaptación sin renuncia.
Entérate más: Los Ojeda: 30 años de música, familia y un Paraguay que suena en guaraní
Cuando se le pregunta qué le diría a aquella joven que comenzaba, su respuesta es directa: “Nunca renuncies a tus sueños”.
En esa frase, lejos de cualquier lugar común se condensa una ética de trabajo y una forma de entender el arte. Treinta años después, su voz no solo sigue sonando, sigue diciendo.