23 abr. 2024

Mujeres que cuidan: La carga silenciosa del trabajo doméstico no remunerado

A Jorgelina Cabrera (69) la vida le dio el mandato de criar tres hijos, tres hijas, ocho nietos y cuidar a una madre (96) –en cama desde hace 13 años– durante 24 horas, 7 días a la semana. En el país, el trabajo doméstico no remunerado e invisibilizado representa una carga horaria de 28 horas semanales para ellas. ¿Quiénes cuidan a las que cuidan?

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Jorgelina Cabrera, con 69 años, sigue cumpliendo las funciones de tareas de cuidado.

Foto: Irma Oviedo

1.
Jorgelina Cabrera de Chávez (69) es, ante todo, hija; después madre y por último, abuela. No importa el orden del papel que juega en la sociedad, ante todo es mujer y es una mujer que cuida, en el país del trabajo doméstico no remunerado.

Ella tiene algo en su mirada que refleja ternura, en su voz que grita resignación. Hay algo en Jorgelina que la mantiene en pie para las tareas de cuidado, ese reto que es de 24 horas y 7 días a la semana.

A Jorgelina Cabrera el tiempo diario de 24 horas no le alcanza para las tareas domésticas y de cuidado. A veces siente cansancio –dice–, pero no puede darse el lujo de huir de las obligaciones.

Es jubilada, madre de tres varones y tres mujeres. Su papel como mujer siempre fue cuidar, trabajar, criar. Ser no solamente el sostén económico, sino la jefa de hogar que encabeza las tareas domésticas.

Un tiempo atrás fue esposa, pero su marido se fue. Jorgelina Cabrera lidera esta casa. En esta casa, en Fernando de la Mora, viven ella, su madre, su hija Clara (32) y su hijo Eduardo (46).

Es jueves. Jorgelina se levantó temprano para cumplir el ritual matutino. Son más de las nueve de la mañana. Prepara el desayuno para su madre, Bárbara de Cabrera (96), que está en cama desde hace 13 años a causa de una caída y lesión en la columna que le limita levantarse y caminar.

Es hora del desayuno, pero la rutina está ajetreada con una visita inesperada. A Tini, la nieta de dos años, la cuida hoy porque tiene una fractura de la clavícula y no puede ir a la guardería. Ella llora. Solo llora. No sé si de dolor o incomodidad ante la visita.

Jorgelina se desespera. Toca la puerta de la habitación de su hija Clara para que se encargue un rato de Tini.

—¡Abrí na un poco Claraaaa!

Responde, pero no se escucha lo que dice. Más tarde, Clara se disculpa y cuenta que estaba en plena clase online, por lo que no podía encargarse de Tini.

—Así andamos. Es una lucha porque estoy sola. Si vos tenés ayuda de tus hermanas o hermanos es diferente. Yo cuento solamente con mis hijos.

Jorgelina se resigna y le dice a Tini que la tía Clara está estudiando. Alza a Tini y la coloca en la cama junto con unos caramelos masticables de banana, cereza y manzana verde. Con los dulces trata de persuadirla para que ya no llore. Entonces, va a la cocina y trae una taza llena de yogur con frutas.

—Como dice la madre Teresa de Calcuta: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”, ¿verdad? Porque es una lucha constante, diaria. Tenés que tener amor y paciencia por sobre todas las cosas.

La abuela Bárbara come el desayuno mientras Tini llora. No hay caramelo que la consuele del deseo de estar con su tía Clara.

Una cuchara de yogur con frutas directo a la boca de ña Bárbara. Ella come y mira atentamente la televisión, en la que se muestra un programa infantil, que la entretiene más a ella que a Tini. Bárbara casi no habla, pero al término de la última cuchara de desayuno se oye en voz bajita un: “Gracias”.

—Vos tenés que encargarte del cuidado, alimentación, baños, vestimenta, medicación. Tenés que estar pendiente de su estado de ánimo. Son 13 años de lucha con ella. Yo digo que la fe vale mucho.

Jorgelina cuenta que su madre Bárbara logró sobrepasar dos episodios de coronavirus (Covid-19) en plena pandemia. Relata que, en el periodo de la pandemia, ella también se enfermó con el Covid y en la anterior epidemia del año pasado padeció chikungunya, que la afectó en su movilidad y salud en general.

Ella dice que ya no es más joven y que los achaques de la edad le pasan factura, por lo que cada día se siente más y más cansada.

—Por suerte, Eduardo me ayuda, sino no sé qué iba a pasar conmigo. Todas las veces que mamá se enferma les pido ayuda (económica) a mis hijos.

Jorgelina –desde que tiene memoria– dice que se encargó de cuidar a su papá; a su hermana Antonia, con problemas de salud mental, a una persona adulta mayor en situación de abandono, a sus nietos y ahora a su mamá.

—Siempre les cuidé. Eso es el don más grande que Dios me dio, de asistirle a las personas cuando necesitan. Me tocó cuidarle a mi papá también, que estuvo encamado con sus 94 años. Ahora mi mamá es mi misión. Es una misión que me hace llenar de felicidad recibiendo al prójimo. Porque mi primer prójimo es mi mamá. Y Dios nos da siempre esa fuerza, esa voluntad de servir, digo yo, porque es una misión. Es pesada la cruz, muy pesada, pero Dios es grande, Dios está para todo.

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Jorgelina posa junto a su madre Bárbara en la hora del desayuno.

Foto: Irma Oviedo

2.
El trabajo doméstico no remunerado es invisible y recae en un mayor porcentaje en las mujeres, que lideran las tareas de cuidado en el país.

Para la investigadora Lourdes Fernández Rius –autora del artículo Género y ciencia: entre la tradición y la transgresión del libro Investigación Feminista del 2012– la doble y triple jornada de trabajo para las mujeres se acrecienta y tiene implicaciones económicas, porque el trabajo doméstico no solo no se remunera, sino que ni siquiera se cuantifica, y aparece atribuido a la mujer de modo “natural” por su condición de género.

“El tiempo de las mujeres es menospreciado y el trabajo doméstico es poco valorado; no obstante, en él se sostiene el de la sociedad en su conjunto. Esto también se puede analizar en términos de empobrecimiento para las mujeres y de empoderamiento para los hombres”, dice parte del artículo que evidencia cómo este papel recae históricamente en las mujeres por sus cualidades de “cuidado”.

La autora sostiene que la sociedad patriarcal se evidencia en las exigencias en cuanto a la organización de tiempo y espacio por género, y que las mujeres prácticamente se dedican históricamente a la vida privada -que sería la vida doméstica-, y poco o nada se desenvuelven en el ámbito público, es decir, el ocio o el entretenimiento.

“Desde esta visión, las mujeres muchas veces son excluidas, se sienten excluidas o se autoexcluyen de la participación en actividades muy complejas o de dirección que conspiren contra el tiempo que, por mandato cultural, deben emplear en la vida doméstica”, concluye la autora Fernández de Rius.

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Las manos de Bárbara permanecen quietas mientras desayuna y siempre tiene para dar un gracias a su hija Jorgelina.

Foto: Irma Oviedo

3.
En 1976, Jorgelina Cabrera se casó con solo 22 años. A los 24 años nació su primer hijo: Eduardo. En ese papel que desempeñó a lo largo de su vida como la mujer que cuida y que cría, le impidieron concretar su carrera de ensueño: ser bioquímica.

—Siempre quise seguir bioquímica y no pudo ser. Hice el curso técnico de contabilidad hasta el segundo año y ahí se quedó.

Ella, que vivía en Ybycuí; Paraguarí, trabajó en la planta textil durante 21 años, lo que le valió una jubilación parcial. Trabajaba y su madre la ayudó en ese entonces a criar a sus 6 hijos e hijas.

En el 2004, sufrió un accidente. El techo de la capilla le cayó encima. Ese hecho la dejó con secuelas, que la tuvieron internada y en recuperación varios meses que incidieron en que perdiera el trabajo en la planta textil de Ybycuí. Ahora vive cada día a la sombra del trabajo doméstico no remunerado.

—Cuidé a mis nietos también, nunca los dejé de lado.

A Jorgelina Cabrera le gustaría viajar a Brasil, volver a ver el mar y desconectarse un poco del trabajo doméstico. Porque lo necesita y por su salud mental. A veces, hay días que no duerme si su madre se enferma; a veces no puede descansar por los dolores del cansancio. A veces, dice, que necesita una pausa.

—Lo necesito. A veces hago una escapada para respirar aire, porque no sabés lo que es estar entre cuatro paredes. Nunca supe los que es la actividad social. Tengo que cocinar, lavar la ropa, limpiar la casa, cuidarle a ella. Cansa y yo ya no doy con mis 69 años. Yo siento que mi cuerpo ya no da, no es la voluntad que no tenga. A veces che renyhe (me harto).

Tini llora.

—¿Qué querés?

—Upa.

4.
En el país hay 1.300.000 mujeres de 14 años o más que cuidan.

Las mujeres paraguayas doblan en el horario a los hombres con relación a las tareas de cuidado. La Encuesta sobre el uso del tiempo del 2016 del Instituto Nacional de Estadística (INE) revela que el trabajo no remunerado que realizan los miembros de un hogar de 14 años o más representa una inversión semanal de 21,2 horas en promedio.

El informe añade que: “Las mujeres dedican 28,7 horas, lo que implica aproximadamente 4 horas por día, presentando más del doble de horas que los hombres, que dedican 12,9 horas semanales en promedio”, según los resultados de la Encuesta sobre actividades remuneradas y no remuneradas del INE.

La investigadora paraguaya Claudina Zavattiero, especialista en Población y Desarrollo, sostiene que la situación deficitaria económica de las mujeres se agrava al considerar que el aporte que realizan al interior de los hogares se encuentra no solo invisibilizado, sino, sobre todo, subvalorado socialmente. Lo revela en el informe Visibilizar el valor del tiempo: El trabajo no remunerado en los hogares y su incidencia en el desarrollo del Paraguay.

En el informe, las actividades del hogar se dividen en 16 categorías. Entre ellas, en lo que se denomina trabajo doméstico se encuentran: limpieza, lavandería (incluye costura y reparación de ropa), cocinar, mantenimiento y reparación del hogar, cuidado del césped y el jardín; gestión del hogar (incluidas las finanzas, la programación, la coordinación y las llamadas telefónicas relacionadas). También: cuidado de mascotas, compra de bienes y servicios, viajes (relacionados con las actividades de cuidado), voluntariado u otras formas de cuidado para miembros de la comunidad e ir a buscar leña o agua.

En lo que se denomina cuidado de miembros del hogar, se incluye al cuidado de personas con dependencia (todas las edades), cuidado de niños (0-5 años), cuidado de niños (6-14 años), cuidado de personas adultas (15-59 años) y cuidado de personas adultas mayores (60 años y más).

En el documento se revela que “mujeres de 14 años y más dedican al cuidado aproximadamente 2 horas diarias, cifra que se duplica entre los 25 y 37 años. La producción de horas de cuidado tiene un pico a los 29 años. En hombres, la producción de cuidado es menor a 1 hora al día y con cúspide a los 35 años”.

Sobre el aporte del tiempo de trabajo no remunerado en el PIB (producto interno bruto, representa los servicios y bienes que produce un país): “El aporte de las horas cuidado representa el 10,2 % del PIB (del G. 20,9 billones) del 2016”.

Con relación a las tareas de cuidado, las mujeres generan el 74 % del aporte estimado sobre el PIB, que es de G. 15,4 billones, se revela en el informe. Es decir, este servicio que en este informe se cuantifica, atendiendo lo que se paga por las tareas de cuidados, permiten darle un valor económico al trabajo doméstico invisibilizado y mostrar con cifras la importancia de la labor de las mujeres en el hogar.

En el estudio, liderado por Claudina Zavattiero, se propone crear condiciones para la autonomía y participación de las mujeres en la vida política y pública mediante políticas nacionales de cuidados para reducir la carga del trabajo doméstico no remunerado. También, resalta en la necesidad de implementar la política de igualdad, de cuidados, económica, de empleo y protección social con servicios de cuidado: ley de maternidad, paternidad y guarderías.

Las abuelas que cuidan son un fenómeno que debe ser estudiado para las intervenciones con políticas públicas, dice contundente Zavattiero, en una charla de capacitación a periodistas.

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Jorgelina, la que cuida, junto a su madre de 94 años, encamada hace más de 1 década.

Foto: Irma Oviedo.

5.
¿Quiénes cuidan a las que cuidan? El cansancio, el hartazgo y el estrés impactan en la salud mental de las mujeres cuidadoras, de las que se encargan de las tareas domésticas, de las que trabajan sin parar cada día. Ellas, que, por mandato patriarcal, tienen la obligación de ser las cuidadoras. A ellas: ¿quiénes las cuidan?

—¿Por qué creés que al ser mujer se tiene la responsabilidad heredada de cuidar de la madre, pese a que son muchos hermanos y hermanas?

—No sé. Hace 17 años que ella vive conmigo y ni un día mis hermanos (un hombre y cuatro mujeres) le llevaron a su casa a mamá. Nunca.

—¿Qué representa para vos tu mamá?

—Ella es mi oro ku´i*.

*(Frase que se usa para referirse a alguien a quién se quiere mucho).

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