Desde la aparición y penetración en las redes sociales y la difusión de la ideología de género en todos los ámbitos, relativizando la identidad natural y biológica, entre otros factores, es más frecuente enterarse de tendencias y acciones que sorprenden por su rareza y también por su nivel de irracionalidad.
En este sentido, años atrás los medios se han hecho eco, por ejemplo, de personas que se han “casado” legalmente con un árbol, definiéndose “ecosexuales”, en Canadá. Y se añaden a este los casos más graves vinculados a las “percepciones”, como aquellos de niños sometidos a procesos irreversibles de hormonización para adecuar el cuerpo “a la identidad de género autopercibida” a veces con apenas 5 o 6 años de edad. Inexplicable y violento.
En este contexto cultural en el que nos encontramos, en donde la autopercepción y las emociones tienen gran fuerza y reconocimiento, incluso más que la realidad objetiva, recientemente adquirieron notoriedad pública los llamados therians; tendencia con personas que aseguran sentirse o identificarse como animales.
Según publicaciones, el término es la abreviatura de therianthrope, que proviene del griego therion (animal) y anthropos (humano). Estas personas, la mayoría adolescentes y jóvenes, dicen encontrar su identidad en uno o varios animales, por lo que imitan sus comportamientos; caminan en cuatro patas y pueden rugir, aullar o ladrar, etc.
Aseguran que un therian va más allá de un disfraz; es una conexión que se percibe a nivel espiritual, psicológico o neurológico.
Profesionales de la sicología describen el fenómeno como una “cultura de identidad digital”. Otros, simplemente como parte de la paleta de tribus urbanas de la época. Pero más allá de analizar si se trata de una moda o una subcultura o parte del proceso del desarrollo adolescente, esta tendencia –que se replica en países de la región– plantea interrogantes y como siempre ocurre con los fenómenos comunitarios o virtuales, ofrece un atisbo de luz respecto a lo que somos y cómo estamos como sociedad.
Visibilidad. Detrás de un joven que afirma ser un perro, gato o mono, y busca una visibilidad pública con ello, no solo está la influencia de una moda o la diversión de la rebeldía trasgresora y acrítica juvenil.
Un gesto así también lleva consigo un deseo de reconocimiento, aceptación y valoración y no como animal de cuatro patas, sino de valoración en su identidad de ser humano pleno, es decir, con sus preguntas y deseos, con todos sus miedos, frustraciones y dolores. Todos necesitamos ser acogidos y perdonados.
Salud mental. Hay una necesidad de amar y ser amado, al igual que el adulto que lucha por un reconocimiento laboral o social. No obstante, hay que ser claro y entender que acompañar no significa justificarlo todo, ni dejar de lado una atención seria a cuestiones relacionadas a salud mental.
Frente al “grito” de estos jóvenes está la necesidad de la educación. Y esta, a su vez, urge la presencia de un adulto, de esa persona que partiendo de la experiencia y la propia necesidad es capaz de comunicar la riqueza y belleza de la realidad frente a las sensaciones o conexiones imaginarias; es capaz de revalorizar el uso de la razón como reconocimiento de la totalidad de los factores, ante las percepciones y sentimientos irracionales y sin sustento.
El problema no son los therians ni las tendencias sin sentido que vendrán. La cuestión sigue siendo la necesidad de una educación en la razón y en la mirada realista y amorosa hacia nosotros mismos, descubriendo lo que somos y la belleza de nuestra dignidad.
Las máscaras ocultan un rostro. Por ello, urge buscar una compañía humana que mire a la persona, así como es.
A veces, solo bastan una charla, algo en la mesa y un abrazo.