26 feb. 2024

Las fotos y la narcoestética

La viralización de una fotografía en la que se ve a un grupo de presidentes de seccionales coloradas de Ciudad del Este posando sonrientes con el presunto narcotraficante, Cucho Cabaña, en su residencia de Lambaré, donde cumple arresto domiciliario, fue fatal.

Hubo destituciones de los cargos que varios de ellos ocupaban en la Itaipú Binacional y la Gobernación del Alto Paraná. Nadie creyó en sus infantiles excusas de que solo pasaban casualmente por allí. Obviamente, buscaban financiamiento político. Lo que no pensaron es que Cucho levantaría a sus redes sociales la foto “de recuerdo” que les pidió. Desconocían que en el mundo de Cucho una foto de ese tipo es una demostración de poder de mayor valor que el dinero que pudo haberles prometido.

No es casualidad que el recientemente detenido narcopolítico, Jeis Urquhart De Lacerda, vinculado al sicariato en el Ja’umina Fest ostentara en sus redes sociales fotos con Santiago Peña, Mario Abdo y Horacio Cartes. La foto es como una garantía bancaria.

Si los seccionaleros esteños decidieron visitar con tanto desparpajo a un procesado por tráfico de drogas, es porque banalizaron el acto y consideraron que, con la impunidad reinante, si alguien se enterara, no pasaría gran cosa. Juan Martens, experto en criminología, sostiene que en el fenómeno narco se está “normalizando” y se integra a la cultura cotidiana hasta el punto que se vuelve aspiracional. Es decir, para muchos niños y jóvenes ser narco es un modelo de vida.

Esto es más fácil de entender en las escalas más bajas de los estratos sociales. A veces, esa es la única manera de salir de la pobreza. En los bañados, a los excluidos del Estado y la ciudad, el clan Rotela ofrece salidas solidarias, desesperadas, violentas, a veces imposibles de rechazar. El sentido de pertenencia se simboliza en el lenguaje, en los tatuajes, en las estructuras jerárquicas, en la curiosa bidimensionalidad cárcel-barrio y en un impresionante apoyo social.

En la frontera con el Brasil la convivencia lleva medio siglo de desarrollo. En esa zona la narcoestética pasa por la ostentación, que no es lo mismo que el buen gusto. Los alardes de riqueza intentan transmitir evidencias de una vida exitosa y hacen de estos delincuentes heroicos modelos de inspiración. Lo material es una forma de significar. Rayan el exceso porque no tienen otra forma de inspirar temor y mostrar autoridad. Por eso, hay tantos cuadros de Pablo Escobar en las casas de estos jefes. Cientos de chicos sin estudios ni alternativas sueñan con llegar a ser alguien respetado en el universo narco. Para ellos una foto con el jefe es como una condecoración en la red social.

Finalmente, está el nivel que consume, pero no traficaba... hasta que la cocaína fronterizó Asunción. Fue cuando empezamos a ver sicariatos en lugares insólitos: Festivales en Sanber, en barrio Jara, en supermercados. Hace unos días, Cristian Turrini, ex director de la TV Pública durante el gobierno de Federico Franco, mormón de religión, egresado en Derecho en Harvard, fue sentenciado a una pena de veinte años de cárcel por tráfico internacional de cocaína y asociación criminal. Si realmente Turrrini se metió al negocio narco, lo hizo, en definitiva, por una cuestión aspiracional. Llegar más alto, más rápido, apostando a la banalidad. Nos acostumbramos a ver fotos de gente de clase alta vinculada al tráfico o al sicariato. En el fondo, guardando las distancias con los bañados o el Amambay, todo es una cuestión de ascenso social.

¿Hay un nuevo tipo de narco? Claro que sí. Sebastián Marcet es el prototipo del narco millennial, que deja atrás el anonimato, no se ensucia las manos con cocaína ni pistolas, pero a través de su celular maneja una enorme cartera de negocios gracias a su red de contactos con… narcopolíticos. Jóvenes emprendedores como él que eligieron la rama política del negocio. Hoy están en iglesias, cooperativas, clubes deportivos y sociales, partidos políticos y logias masónicas. En poco tiempo, ya no habrá foto grupal en la que no esté alguno de ellos. Solo que, cuanto menos nos escandalice el mundo narco, más se degrada la democracia.

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