Opinión

Las desigualdades ponen en riesgo convivencia social y gobernabilidad

Una de las consecuencias más graves de la pandemia será la agudización de las desigualdades, lo cual constituye un alto riesgo para la economía, la convivencia social y la gobernabilidad política. Paraguay es uno de los países más desiguales de la región, aunque en algunos indicadores se ubica en los primeros lugares del mundo, como en el Índice de Gini de la tierra. Las políticas públicas nunca han considerado entre sus objetivos este problema; mientras que políticos y autoridades tratan de esconderlo. Es hora de reducir las brechas que separan a los paraguayos y paraguayas para dejar de ser un país con ciudadanos de primera y de tercera.

La pandemia ha mostrado con suma crueldad cómo afectan las desigualdades y seguirá mostrando porque sus consecuencias perdurarán en el tiempo. Una gran mayoría de trabajadores informales sin ningún mecanismo de protección frente al desempleo, la mayoría de niños y jóvenes sin recursos para sostener los costos de una educación virtual, personas mayores que deben arriesgarse al contagio porque no cuentan con jubilaciones o pensiones dignas, la mitad de las mujeres sin oportunidades económicas y otra parte importante con empleos perdidos por estar concentradas en ocupaciones afectadas por la pandemia, como los restaurantes o el turismo.

A pesar de la enorme riqueza generada en el país en los últimos 20 años gracias a tasas de crecimiento promedio superiores al 4%, la pandemia encontró a un país totalmente desprotegido y sin espacio fiscal para proteger al menos en una emergencia como esta.

Por otro lado, un sector minoritario que logra pasar las crisis sin sufrir ningún efecto. Una mirada a las crisis pasadas nos debe recordar que los efectos siempre han caído sobre la clase media, los trabajadores y los de menores ingresos.

Paraguay llegó a tener a más de la mitad de su población en situación de pobreza, niveles inhumanos de desnutrición y trabajo infantil, coberturas casi nulas de jubilación o pensión, un abandono casi total a la salud y coberturas de educación solo en primaria. En 20 años hemos mejorado; sin embargo, ninguno de estos problemas ha sido erradicado, siendo problemas que no requieren mucho esfuerzo fiscal, tecnología o innovación.

En estos mismos 20 años, Paraguay ha sido llamado el “milagro económico” de la región. Entre los indicadores que manejan quienes se encuentran orgullosos de este título se encuentra estar entre los primeros países exportadores de alimentos.

Sin embargo, entre los problemas que persisten se encuentran la alta precariedad laboral y los bajos niveles de ingresos, niveles de desnutrición y malnutrición injustificables teniendo en cuenta los recursos con que cuenta el país para producir alimentos, altas tasas de mortalidad, bajos niveles de cobertura de agua en red.

Estos problemas separan a la sociedad en dos. Una mínima proporción de personas que tienen acceso a salud, educación, vivienda de calidad y activos para vivir en la vejez, mientras que una gran mayoría de familias y jóvenes que aun trabajando más de 40 horas semanales no logran subsistir dignamente ni acceder a servicios básicos de calidad.

Está ampliamente demostrado por la evidencia empírica que las desigualdades -no la pobreza- son un obstáculo para el crecimiento económico inclusivo y de largo plazo, para la convivencia social y la seguridad ciudadana y para garantizar la vigencia de un marco normativo e institucional que conduzca al desarrollo.

Los políticos y las autoridades no pueden desentenderse del problema, más aún frente al riesgo de una profundización de las brechas por la pandemia. Por lo pronto, el proyecto del Presupuesto 2021 no incluye medidas para mitigar el impacto del coronavirus en la desigualdad. Ya es una oportunidad perdida para el desarrollo.

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