15 ago 2026

La Virgen que no era de la Asunción

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Monumento inaugurado ayer en la zona donde se levantó la Casa Fuerte de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, La escultura, realizada en bronce por Ingrid Seall, nació por iniciativa de la Arquidiócesis de Asunción.

Gentileza.

Cuando los castellanos se instalaron en la nueva casa fuerte, recién bautizada como Nuestra Señora de la Asunción, quisieron hacer lo que era habitual en cada fundación: colocar en la capilla una imagen de la Virgen cuya protección invocaban. Pero había un problema: no traían ninguna imagen de la de Asunción y el lugar había recibido ese nombre únicamente porque había sido fundado el 15 de agosto. Entonces se vieron obligados a improvisar. 489 años después esta es la historia detrás de la singular representación.

En La Concepción –carabela mercante de setenta toneladas que el piloto Diego García había comprado ya usada y que se incorporó, con fines comerciales, a la armada de don Pedro de Mendoza– llevaba en su cámara una imagen de bulto que presidía la vida religiosa de la tripulación: la de La Concepción era, como su nombre lo indica, Nuestra Señora de la Concepción, y desde su altar de a bordo acompañó rezos cotidianos, tormentas, la travesía de las Canarias y la muerte de su propio dueño, Diego García, ocurrida en la isla de La Gomera en 1535.

Convertida ya en bergantín —”rebajada”, en el lenguaje náutico del momento, por hallarse inepta para la navegación oceánica—, la nave integró la expedición que remontó el Paraná al mando del capitán Juan de Ayolas. Mal reparada, carcomida por la broma y debilitada por el calor, naufragó poco antes de entrar en el río Paraguay. De los pocos bultos que los castellanos alcanzaron a salvar del desastre, uno de los primeros fue precisamente la imagen de Nuestra Señora de la Concepción, patrona de la carabela perdida, trasladada de inmediato a otra de las embarcaciones, donde continuó recibiendo el culto de los sobrevivientes.

Repartida la expedición de Ayolas, en el bergantín que Salazar traía consigo viajaban dos imágenes, la de su santo patrono y la de Nuestra Señora de la Concepción rescatada del naufragio. Fue esta última la desembarcada e instalada en la capilla del Fuerte, y allí, sin cambiar de bulto ni de rasgos, cambió de nombre: consagrada bajo la nueva advocación, comenzó a ser venerada como Nuestra Señora de la Asunción. La imagen conservó ese doble linaje –Concepción de origen, Asunción de culto– durante más de dos siglos, y con el tiempo, por haber navegado en la primera armada y presidido las jornadas fundacionales, ganó también un tercer nombre, el que la identificaría en adelante: La Conquistadora.

Esa disonancia entre el título invocado –Nuestra Señora de la Asunción, patrona de la ciudad– y la iconografía real de la imagen –una Concepción, reconocible por la aureola de rayos propia de esa advocación– no pasó inadvertida a los fieles.

El pueblo comentaba con descontento que se tuviera por patrona una imagen de la Concepción cuando la titular de la ciudad era la de la Asunción. El canónigo de la Catedral, doctor don Alonso Delgadillo y Atienza, resolvió el problema de raíz: encargó a un taller de Nápoles una imagen de Nuestra Señora de la Asunción propiamente dicha, tallada ya con esa advocación y no adaptada a ella.

Llegada la nueva efigie a Asunción en 1742, el canónigo no la destinó de inmediato al culto público. La regaló a su sobrina, doña Lorenza Delgadillo, recién casada con don Juan Antonio de Zavala, para que la colocara en el oratorio de su casa y la tomara por protectora en su próximo parto. Así, durante un tiempo, convivieron dos imágenes de la misma patrona bajo dos techos distintos: La Conquistadora –la vieja Concepción bautizada Asunción en 1537– seguía recibiendo el culto público en la Catedral, mientras la nueva Asunción napolitana crecía en devoción doméstica dentro del oratorio de los Zavala, visitada por personas de todas las clases sociales atraídas por la fama de su hermosura.

El desenlace fue, otra vez, un traspaso de advocación, aunque esta vez entre dos imágenes distintas. Los ruegos de los devotos que conocían la nueva imagen se hicieron tan insistentes que la propia Curia Eclesiástica pidió a los Zavala que la cedieran para el culto público, en reemplazo de La Conquistadora. La familia accedió, pero puso una condición que marcaría en adelante la historia de la advocación: conservar la imagen en su poder y propiedad, prestándola a la Catedral solo para las ceremonias del 15 de agosto y devolviéndola después a su oratorio particular. Fue el origen de la mayordomía familiar –Zavala, luego Machaín, luego Haedo– que custodiaría a la nueva Asunción durante los siglos siguientes.

La Conquistadora, desplazada del culto público, fue desarmada y guardada en la misma casa de los Zavala como reliquia de familia. Reapareció ocasionalmente, vestida de nuevo para procesiones de Corpus, entregada más tarde al propio mariscal Francisco Solano López.

La imagen napolitana, ya única patrona desde el reemplazo, no estuvo exenta de sobresaltos propios. Durante el éxodo de la población asuncena hacia la Cordillera, en los últimos años de la Guerra contra la Triple Alianza, sus guardadoras –doña Marta Machaín y doña Bárbara Machaín de Haedo– la llevaron consigo antes que abandonarla en la ciudad ocupada. Cerca de Caacupé, prestada para una fiesta patronal local, se perdió su rastro: circularon versiones de extravío, de captura por tropas brasileñas, de ocultamiento deliberado. Reapareció, meses o años después, como un bulto envuelto en un paño negro sobre los altares de la Catedral, con el busto deteriorado pero restaurable; sus manos, separadas del cuerpo, fueron recuperadas por separado, una en Humaitá y otra en un rancho asunceno, antes de quedar la imagen completa una vez más.

Ese ciclo de pérdida y restitución se repitió, en clave jurídica, en 1877, cuando la mayordoma se negó a prestar la imagen en medio de un entredicho eclesiástico y el gobierno de Cándido Bareiro promovió una acción judicial reclamándola como propiedad del pueblo paraguayo. El litigio terminó en un acuerdo que resume, mejor que ningún otro documento, el itinerario recorrido por la advocación desde su bautismo de 1537: la familia cedió la imagen “a la Nación e Iglesia del Paraguay”, conservando el título de Mayordoma, y el Congreso sancionó, el 6 de agosto de 1878, una ley –nunca derogada– que reconoció a Nuestra Señora de la Asunción como patrona titular de la República.

El rastro de La Conquistadora –la imagen original de la Concepción bautizada Asunción en 1537– reaparece al terminar el conflicto y se la encontró en la iglesia de Villa Occidental (la actual Villa Hayes, entonces bajo ocupación), venerada allí bajo un tercer nombre, Nuestra Señora de las Victorias, sin que se sepa cómo ni cuándo llegó hasta esa localidad. Poco después un incendio destruyó ese templo; la cabeza de la imagen, casi carbonizada, sobrevivió al fuego y pasó todavía por dos o tres manos particulares antes de perderse el rastro por completo, de modo que hoy no se conserva ningún resto identificable de la primera imagen patronal de Asunción.

Actualmente, la imagen napolitana se encuentra en su morada oficial desde 1939: el Oratorio de la Virgen de la Asunción, dentro del Panteón Nacional de los Héroes, en la esquina de las calles Palma y Chile, en pleno microcentro de Asunción. En 1951, el papa Pío XII proclamó a la Virgen de la Asunción como Patrona Celestial ante Dios de la República del Paraguay y de las Fuerzas Armadas de la Nación. Pero el homenaje no terminó allí: el Estado paraguayo le concedió un honor único, el título de Mariscala del Ejército Paraguayo.

Investigador.
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