07 mar. 2026

La verdadera razón imperial

La cuestión central del siglo XXI imperial es el desfasaje que hay entre la mutipolaridad de la economía y la unipolaridad del poder político y militar. Sobre el estado de salud de este poder hay divergentes opiniones en la ciencia política. ¿Estados Unidos supura sus ruinas o, parafraseando a Tom Stevenson, autor de un eminente libro sobre el carácter satelital de Gran Bretaña frente al imperio norteamericano, o todavía vivimos en sus “humeantes campos de batalla”?

Para muchos la invasión de Venezuela por fuerzas militares estadounidenses para secuestrar a su presidente, Nicolás Maduro, es un recordatorio brutal de que estamos todavía en los campos de batalla imperial, extendidos no menos brutalmente desde que las Torres Gemelas fueron derribadas en 2001. Llevamos un cuarto de siglo de Pax Americana donde el derecho internacional ha demostrado dramáticamente sus límites, cuando no su inutilidad manifiesta, como cuando a mediados del siglo XIX el Imperio británico se adueñó de China para provocarle el declive de un siglo mediante las armas (y las drogas): La razón imperial básica e histórica.

En su “Epílogo para ingleses” de La rebelión de las masas , alarmado hacia 1937 por el armamentismo continental y transcontinental, José Ortega y Gasset no solo criticaba el pacificismo británico (de imperio en declive), sino notaba la ingente y acaso sobrehumana labor que implica diseñar un orden jurídico internacional que reemplace el histórico valor civilizatorio de la guerra como resolvente de conflictos. Desde 1945 hasta 2001 (incluso hasta unos tres años antes, cuando Bill Clinton bombardeó Yugoslavia, se demostró que se ha avanzado mucho en este sentido jurídico global (y liberal), pero Estados Unidos nos viene recordando sistemáticamente los inocultables límites de ese mundo ideal imaginado por el derecho y la política después de la Segunda Guerra Mundial. Nos lo taladra con metralla desde la invasión, masacre y saqueo de Afganistán e Irak como venganza y mediante la mentira.

Citado en una reseña de Perry Anderson, en Someone Else’s Empire: British Illusions and American Hegemony (2023, sin traducción al castellano) Stevenson define el carácter imperial de los Estados Unidos en su acomodaticio sentido político: “... permite un abanico de formas políticas en sus Estados clientes, que incluyen desde monarquías medievales, juntas militares, parlamentos racialmente segregados y autocracias presidenciales, hasta democracias liberales dotadas de una representación más justa y de mayor igualdad social que el propio sistema político y la propia sociedad estadounidenses; para Washington lo que importa es la aceptación general de sus objetivos”.

Diversos analistas aseguran que Rusia no puede expandirse militarmente más allá de su radio de influencia histórica, aunque esto baste para un conflicto con la OTAN que las derechas europeas azuzan. Solo a un precio humano y tecnológico muy alto, algo a lo que la Rusia zarista y soviética acostumbró a su población. En todo caso, Rusia está abismalmente alejada de las capacidades militares norteamericanas desplegadas a lo largo del mundo, con una red de alianzas estratégicas y de vasallaje directo sin parangón entre las demás potencias económicas y militares. Porque una cosa es haber desarrollado una influencia comercial de dimensiones inéditas en el Tercer Mundo durante los últimos veinticinco, como hicieron Rusia y China, pero otra muy distinta es echar a andar una maquinaria guerrerista de verdadero poder imperial: No solo en los territorios de la Doctrina Monroe (Venezuela), sino en los amplios territorios de lo que el escritor Edward Said definió como “geografías superpuestas” (Libia, Siria, Irán, Yemén, recientemente): Una amplia amalgama cultural que Europa etiquetó y sigue etiquetando de forma racista –midiendo la distancia desde París o Londres– como Oriente Medio.

El imperialismo puro y duro de EEUU renació con el milenio. Nada más estamos en su etapa Trump de matonismo y proteccionismo.

Más contenido de esta sección