Paraguay enfrenta una de las paradojas más importantes de su historia reciente. Durante las últimas dos décadas, logró avances macroeconómicos que muchos países de la región envidiarían: Inflación controlada, crecimiento sostenido, deuda pública moderada, estabilidad monetaria y un sector exportador dinámico. El grado de inversión es un reconocimiento internacional de estos logros.
Sin embargo, una parte importante de la población siente que esos avances no se traducen en mejoras suficientes en su vida cotidiana. Persisten salarios bajos, empleo informal, servicios públicos deficientes y una sensación de exclusión económica. ¿Cómo puede un país exitoso en lo macroeconómico generar tanta frustración social?
La respuesta tiene raíces estructurales. Paraguay no es un fracaso económico. Todo el contrario, redujo significativamente la pobreza desde comienzos de los años 2000, cuando la mayoría de su población era pobre. Se expandió la clase media, crecieron las ciudades y mejoraron las condiciones de vida de millones de paraguayos. Estos avances son reales y explican por qué el país es considerado una de las economías más estables de América Latina.
Pero las expectativas sociales crecieron aún más rápido que la capacidad de la economía de generar oportunidades. Esto se observa especialmente entre los jóvenes, que hoy están más educados, más conectados al mundo y tienen aspiraciones mayores que las generaciones anteriores. Las redes sociales exponen permanentemente estilos de vida y niveles de consumo que elevan las expectativas de bienestar. Cuando las oportunidades no avanzan al mismo ritmo, la sensación de exclusión y frustración se vuelve más intensa.
En otras palabras, Paraguay logró estabilidad y crecimiento, pero todavía enfrenta dificultades para convertir esos avances en prosperidad ampliamente compartida.
Parte del problema es que crecimiento y distribución no son lo mismo. Una economía puede expandirse sin que todos los sectores sociales se beneficien de igual manera. En Paraguay, gran parte del dinamismo proviene de sectores altamente productivos y competitivos –agroindustria, exportaciones, maquila, finanzas, logística y construcción– que generan riqueza, pero no siempre empleo masivo o accesible para quienes carecen capacidades técnicas.
El resultado es una economía dual. Por un lado, existe un Paraguay moderno, integrado a los mercados internacionales, tecnológicamente más sofisticado y competitivo. Por otro, persiste un Paraguay vulnerable, caracterizado por informalidad laboral, baja productividad y acceso limitado a servicios públicos de calidad.
La informalidad se ha convertido en una de las principales divisiones económicas del país. No solo limita ingresos y productividad, sino que también expone a millones de personas a una vulnerabilidad permanente frente a problemas de salud o pérdida de empleo.
A ello se suma la desigualdad en capital humano. La economía moderna valora cada vez más las habilidades técnicas, el manejo de tecnología, los idiomas y la capacidad de aprendizaje continuo. Sin embargo, amplios sectores de menores ingresos siguen teniendo acceso limitado a educación de calidad, conectividad y formación técnica. La gran desigualdad del presente es, en gran medida, una desigualdad de capacidades.
Si Paraguay no mejora sustancialmente la calidad de su inversión educativa y de formación laboral, la revolución tecnológica –incluyendo la inteligencia artificial– podría ampliar aún más las brechas existentes.
Otro factor es la debilidad de los servicios públicos. Incluso cuando los ingresos familiares mejoran, muchas personas siguen enfrentando sistemas de salud insuficientes, transporte precario, educación desigual e infraestructura urbana limitada. Esto restringe la movilidad social y alimenta la percepción de que el progreso beneficia solo a determinados sectores.
También existe una dimensión territorial. Buena parte del dinamismo económico se concentra en Asunción, Central y algunos corredores agroexportadores, mientras otras regiones avanzan más lentamente y tienen menor acceso a infraestructura, inversión, y servicios públicos.
A ello se agrega la concentración en la tenencia de tierra y capital, cuyas raíces se remontan en parte al legado histórico de la Guerra de la Triple Alianza.
Sin embargo, sería un error interpretar esta situación únicamente como un problema de redistribución. Diversos países han intentado responder a desafíos similares mediante aumentos desmedidos del gasto público, debilitando la disciplina macroeconómica, con resultados muy negativos. Paraguay no necesita abandonar la estabilidad macroeconómica que tanto esfuerzo costó construir. Al contrario, la estabilidad sigue siendo un activo nacional valioso y una condición indispensable para el desarrollo.
Durante años, el país concentró sus esfuerzos en resolver problemas macroeconómicos básicos: Inflación, desequilibrios fiscales e inestabilidad monetaria. En gran medida, esos objetivos fueron alcanzados mejor que en buena parte de América Latina. Hoy, sin embargo, los desafíos son de segunda generación: Calidad educativa, productividad, innovación, formalización laboral, fortalecimiento institucional y capacidad de ejecución del Estado.
La próxima etapa del desarrollo paraguayo requerirá invertir más –y mucho mejor– en educación, salud, infraestructura física y digital, y fortalecimiento institucional. Dado que los recursos son limitados, esto demandará una reorientación significativa del gasto público y la construcción de un amplio consenso nacional en torno a una nueva estrategia de desarrollo.
El gran reto del Paraguay es convertir estabilidad y crecimiento en movilidad social sostenida. Porque una economía estable no es automáticamente una economía inclusiva; y porque el mayor riesgo para la estabilidad del país es que la distancia entre expectativas sociales y oportunidades continúe creciendo.