La esperanza del pa'i del Bañado

El padre Oliva, sacerdote jesuita nacido en España, amó profundamente al Paraguay, a tal punto que para venir a este país se ofreció como misionero voluntario, y convencido de que este era su lugar, adoptó la nacionalidad paraguaya y pidió ser enterrado en esta tierra.

Susana Oviedo Por Susana Oviedo

Pasó buena parte de su vida de pastor en nuestro país. Padeció y afrontó la larga dictadura de Stroessner. Fue uno de los tantos luchadores obligados a exiliarse a la Argentina por defender la libertad y cuestionar con coraje los tremendos abusos de ese sistema.

Cuando pudo regresar, después de 27 años de su expulsión, siguió acompañando a la gente en la inicialmente inestable etapa sin Stroessner, marcada por una mentalidad autoritaria intacta que dejó este, y en un Estado capturado por la “tierna podredumbre”. Es decir, por quienes son los herederos del poder y de las riquezas de las que se apoderaron sus familias a lo largo de 35 años.

Ambas situaciones, con mucha cosmética democrática, siguen vigentes hasta hoy, aunque, hay que reconocer, con mayores libertades públicas y avances en materia de leyes. Aún así, 33 años después del derrocamiento de la dictadura, el Paraguay tiene hoy una democracia incipiente, un elevado nivel de intolerancia y una fragilidad institucional endémica.

“Esto no es la democracia. Estos años que llevamos son una prolongación de la dictadura, ahora camuflada e injertada en una democracia formal. Tras el 89, nos equivocamos de camino, se quedaron con el mando los que durante la dictadura la habían pasado bien”, fue su análisis en una entrevista concedida a Última Hora. El sacerdote predicaba la necesidad de una alternancia en el poder. Como muchos, habrá esperado que el gobierno de Fernando Lugo (2008-2012) lo fuera. Oliva decía que la gente “tiene que tomar conciencia de que tiene una dignidad inalienable”, porque consideraba que solo producido esto exigirá más a las autoridades y no se dejará engañar.

Y es que el engaño es algo que habrá visto cientos de veces en la zona del Bañado Sur, donde vivía en medio de charcos y pestilentes olores que despide el vertedero de basuras Cateura, ubicado cerca, y afrontaba la cíclica época de las inundaciones.

Un sitio visitado con gran interés proselitista por políticos de todos las agrupaciones durante las campañas electorales con sus fantásticas promesas de vivienda, trabajo y mejor calidad de vida para los pobladores de esa porción de la Capital que, por cierto, resume descarnadamente el fracaso de todos los gobiernos que ha tenido el Paraguay.

El padre Oliva predicaba desde la vivencia, hablaba de pobreza con conocimiento de causa. No desde la percepción o la retórica. Vivía con los pobres, andaba como tanta gente que no sabe si mañana tendrá qué comer. En medio de ellos hablaba de dignidad, del valor de la persona humana, e intentaba que quienes lo escuchaban desde el altar o desde la radio, cobraran conciencia de ello y comprendieran que es posible transformar la realidad.

Fue lo que hizo durante la dictadura cuando además de cura era profesor y en el aula contribuía a sembrar el germen de la libertad y a hablar de democracia a los jóvenes en la Universidad Católica de Encarnación y el Centro Regional de Educación de esa ciudad y en la capital, en el Cristo Rey y otros colegios capitalinos.

El cura jesuita emprendió el viaje sin retorno (3 de enero 2022), quizá sin la satisfacción de ver que la gran mayoría del pueblo que escogió ya vive dignamente, como aspiraba.

“El Paraguay es un pueblo todavía inédito. No ha llegado la hora en que muestre todo lo que es. Tuvo ciertos fulgores, pero no ha mostrado aún toda su valía. Lo que realmente somos los paraguayos está todavía bajo metros de arena, inédito”, confiaba.

Sus actos a favor de los paraguayos más desfavorecidos estaban inspirados en esa profunda esperanza, la que encendió en muchas personas que ven, como él veía, que hay un país grandioso aún dormido.

Dejá tu comentario