20 feb. 2026

La cirugía de la memoria: El revisionismo como estrategia electoral

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La semana pasada, y a pocos días de cumplirse un año más del fin de la dictadura, José Duarte Penayo, titular de la Aneaes, provocó una intensa polémica con declaraciones que han sacudido el escenario político. Su intento de reinterpretar el stronismo desde una perspectiva revisionista, utilizando comparaciones históricas para minimizar el carácter criminal del régimen, replica el mismo discurso de legitimidad jurídica que la dictadura empleó para ocultar un sistema fundamentado en el terrorismo de Estado y la eliminación total de las libertades civiles durante el período 1954-1989.

Como historiador, reconozco que al adentrarme en este análisis quizás me aleje de mi área específica de expertise. Soy consciente de que podría estar navegando por aguas más propias de un analista político o un científico político. Sin embargo, cuando se intenta reescribir la historia como instrumento para ganar elecciones —como creo que ocurre en este caso—, quien custodia la memoria no puede permanecer en silencio.

La permanencia de la ANR después del golpe de Estado del 2 y 3 de febrero de 1989 representa un fenómeno excepcional en la ciencia política latinoamericana. En la mayoría de las transiciones democráticas regionales, el partido que sostuvo la dictadura colapsó o debió refundarse completamente. En Paraguay, paradójicamente, el partido del dictador no solo sobrevivió, sino que lideró la llamada “transición democrática”.

Este análisis examina tres aspectos fundamentales para entender la naturaleza de la hegemonía de esta agrupación política que ha gobernado el país casi ininterrumpidamente durante más de siete décadas (exceptuando el breve período 2008-2013), desarrollando una capacidad extraordinaria de adaptación y supervivencia:

Primero, una reconstrucción histórica detallada del período 1948-1954, aquí denominado “Anarquía Colorada”, contrastándolo con la época liberal (1904-1940) para desmantelar el mito fundacional de que el coloradismo es sinónimo inherente de orden institucional.

Segundo, la operación semántica y política mediante la cual el partido busca desvincularse institucionalmente de la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), reduciendo un régimen de Partido-Estado-Militar a la categoría personalista de “stronismo/militar”.

Tercero, el análisis de la estrategia actual del movimiento Honor Colorado y el Gobierno de Santiago Peña, quienes, mediante la cooptación de la disidencia abdista/stronista y la reivindicación selectiva del pasado autoritario, buscan consolidar un modelo de “unidad granítica” que imita la eficiencia política del stronismo bajo apariencias democráticas y una “cirugía de la memoria” que elimina las responsabilidades institucionales del partido en el terrorismo de Estado.

Sin enfocarnos en sus palabras exactas, lo que se percibe entre líneas revela una intención puramente electoral.

Resulta alarmante que un funcionario clave para la calidad educativa traicione su formación y los valores éticos que debería encarnar. En vez de ejercer el pensamiento crítico, ha optado por utilizar su bagaje intelectual al servicio de un partido, transformándose en un defensor acrítico del régimen actual.

Este tipo de discursos buscan rehabilitar la imagen de una dictadura de 35 años, minimizando el horror sistemático mediante la retórica del “orden y progreso” o comparaciones históricas sesgadas. Aunque arriesgue caer en la misma lógica que critico, este fenómeno parece anticipar una especie de “reivindicación 2.0".

Similar a la construcción mítica de Francisco Solano López, se pretende hoy moldear la figura del dictador para que se ajuste a las conveniencias ideológicas del presente.

Si bien no negaremos ni intentaremos minimizar las consecuencias de las revoluciones liberales, lo que Duarte omite es que la mano dura de Stroessner en el gobierno fue consecuencia directa de los golpes de Estado perpetrados por su propio partido después de la revolución de 1947, cuando se erigieron como protagonistas únicos desde entonces.

Un análisis estadístico comparativo demuestra que la supuesta “paz y estabilidad” traída por el stronismo es un mito fundacional que oculta un período previo de anarquía interna (1948-1954) generado por las propias facciones coloradas, cuya inestabilidad superó ampliamente la del período liberal (1904-1940) que la historiografía oficial de la ANR demoniza sistemáticamente.

No obstante, al someter estos períodos al escrutinio de datos cuantitativos y cualitativos, emerge una realidad diametralmente opuesta que desmiente los relatos arraigados por la dictadura.

Es común en la retórica de la ANR justificar la toma del poder y la posterior dictadura como respuesta necesaria a la “anarquía liberal”. Se ignora, ya sea inadvertidamente o deliberadamente, el análisis del propio desempeño del Partido Colorado en el poder antes de la consolidación de Stroessner.

Período Liberal (1904-1940):

• Duración: 36 años.

• Número total de presidentes: 23.

• Promedio de presidentes por año: aproximadamente 0.64.

• Presidentes que completaron sus períodos: 3 (Eduardo Schaerer, Eligio Ayala y José P. Guggiari).

Más importante aún, el sistema logró producir liderazgos civiles que completaron mandatos y gestionaron la economía y la defensa nacional con un grado de competencia que permitió la victoria en la Guerra del Chaco y la definición final de las fronteras paraguayas, asegurando el 61% de la actual superficie del país.

Período de Anarquía Colorada (1948-1954):

• Duración: 6 años.

• Número total de presidentes: 8.

• Promedio de presidentes por año: aproximadamente 1.33.

• Presidentes que completaron sus períodos: 0.

El movimiento Honor Colorado, bajo la conducción de Horacio Cartes y la gestión de Santiago Peña, ejecuta actualmente una compleja maniobra de revisionismo histórico que busca disolver las contradicciones de su identidad política.

Al calificar recientemente al régimen de Alfredo Stroessner como una “dictadura militar”, el oficialismo intenta establecer una distancia artificial entre el Partido Colorado y los aparatos de represión, pretendiendo que la estructura partidaria fue ajena a un sistema del cual, en realidad, fue su columna vertebral operativa e ideológica.

Esta simbiosis permitió que el Partido Colorado funcionara como un aparato de vigilancia capilar. Las seccionales coloradas no eran solo centros de actividad política, sino terminales de control social donde los pyragues (espías) recolectaban información sobre cualquier vecino sospechoso de disidencia.

La Junta de Gobierno del partido se encargaba de depurar a los dirigentes que no mostraban lealtad absoluta al líder, interviniendo seccionales y reemplazando caudillos locales por figuras incondicionales al dictador.

Esta estrategia se ve reforzada por la figura de José Duarte Penayo, quien actúa como puente retórico al suavizar la imagen de la dictadura según la conveniencia del momento. Esta actitud responde a la necesidad pragmática de capturar el voto “colorado stronista” —todavía influyente en las bases— para asegurar victorias electorales, mientras que, en paralelo, el Ejecutivo proyecta una fachada de institucionalidad para obtener la legitimidad democrática indispensable para gobernar.

En última instancia, se trata de un doble discurso deliberado que oscila entre la nostalgia autoritaria y el republicanismo moderno, intentando satisfacer simultáneamente a las facciones más conservadoras del partido y a la comunidad internacional.

Paraguay no puede avanzar hacia un futuro democrático genuino mientras sus élites gobernantes sigan negociando con los fantasmas de su pasado autoritario. La democracia exige más que elecciones periódicas: exige verdad, justicia, memoria y, sobre todo, la voluntad colectiva de nunca más permitir que el terror se disfrace de orden.

El silencio ante el revisionismo no es neutralidad; es complicidad. Y en tiempos donde la historia se disputa como arma electoral, la memoria debe convertirse en nuestra trinchera más firme.

Investigador.
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