María Gloria Báez
Escritora
Frente a la creciente saturación informativa, la aceleración del tiempo histórico, la fragmentación de la experiencia y la erosión de los espacios de deliberación, la obra arendtiana, ofrece algo más que un repertorio conceptual. Propone una forma exigente de pensar lo político, que se resiste tanto a la resignación cínica, como a la clausura dogmática del sentido. Su actualidad no depende de la aplicación literal de sus categorías, depende de la actitud crítica que recorre su pensamiento, siempre atento a las condiciones concretas bajo las cuales los seres humanos actúan, hablan y juzgan en común.
La fuerza de Arendt se manifiesta en su resistencia sistemática a simplificar lo político. Allí donde proliferan explicaciones reductivas –en clave moral, técnica, psicológica o identitaria–, su pensamiento insiste en la complejidad irreductible de la vida pública.
Pensar, para Arendt, no equivale a ofrecer soluciones rápidas ni a tranquilizar mediante relatos cerrados. Implica sostener la incomodidad de las preguntas abiertas y aceptar la fragilidad constitutiva del mundo común. En este punto, su obra adquiere una relevancia singular en un presente atravesado por la presión constante de tomar posición de manera inmediata, donde la velocidad de la respuesta tiende a sustituir el tiempo necesario para la reflexión.
La negativa de Arendt a definirse como filósofa en el sentido académico tradicional, expresa una toma de posición decisiva frente a la historia del pensamiento occidental. No se trata de un rechazo al pensamiento teórico, es una crítica dirigida a una tradición que, desde Platón, subordinó la política a modelos extraídos de la contemplación, la verdad eterna o la administración racional. Arendt, identifica en esta herencia, una desconfianza persistente hacia la pluralidad humana y hacia la imprevisibilidad de la acción.
Frente a esta tradición, reivindica la política como un ámbito autónomo, no reducible a otras esferas de la experiencia humana, donde la contingencia y la natalidad constituyen condiciones fundamentales. En “La condición humana” (1958), esta crítica se articula a través de la distinción entre labor, trabajo y acción, una tríada que permite comprender las diferentes modalidades de la actividad humana. Mientras la labor responde al ciclo repetitivo de la necesidad biológica y el trabajo a la producción de un mundo relativamente estable de objetos, la acción se despliega en el espacio de la intersubjetividad, allí donde los seres humanos se encuentran sin mediaciones instrumentales. Esta concepción, resulta especialmente esclarecedora en un tiempo en el que la política tiende a confundirse con gestión técnica, optimización de procesos o administración de riesgos.
Arendt recuerda que, donde la política se vacía de acción, también se vacía de libertad y sentido. La centralidad de la acción, no implica una exaltación voluntarista del hacer, ni una celebración ingenua de la iniciativa individual. Ella subraya, por el contrario, el carácter frágil de la acción. Su exposición a la interpretación de otros, la dependencia del reconocimiento público y una inevitable imprevisibilidad. Precisamente por esta razón, la acción exige el acompañamiento del discurso y del juicio para no disolverse en impulsividad o violencia. Esta articulación entre acción, palabra y responsabilidad, resulta particularmente significativa en el presente, donde las tecnologías digitales amplían las posibilidades de intervención pública, al tiempo que erosionan la duración de la palabra y debilitan las condiciones de imputabilidad de los actos. La experiencia biográfica de Arendt –el exilio, la pérdida de ciudadanía, la condición de refugiada– no se traduce en su obra en clave autobiográfica, opera como horizonte de interrogación.
Desde esa experiencia límite, ella piensa la política como una construcción siempre precaria, nunca garantizada de una vez y para siempre. En “Los orígenes del totalitarismo” (1951), esta precariedad se vuelve visible en el análisis de los apátridas y refugiados, figuras que ponen al descubierto las fisuras internas del discurso moderno de los derechos humanos. La paradoja que Arendt señala, conserva plena vigencia, los derechos proclamados como universales solo adquieren efectividad dentro de una comunidad política concreta, de modo que quienes quedan fuera de ese marco se encuentran, en los hechos, despojados de toda protección. La formulación del “derecho a tener derechos”, no remite a un derecho adicional dentro de un catálogo normativo. Remite a la condición de posibilidad de todo derecho. Se trata del derecho a pertenecer a un mundo en el que la palabra y la acción sean reconocidas como significativas. Esta idea, permite interrogar de manera crítica los debates contemporáneos sobre migración, ciudadanía, exclusión social y precarización política, obligando a desplazar la atención desde la mera gestión de poblaciones hacia las condiciones mismas de aparición del sujeto político. El análisis del totalitarismo, ocupa un lugar central en esta interrogación. Lejos de limitarse a una reconstrucción histórica del siglo XX, funciona como una advertencia teórica de alcance más amplio. Arendt, muestra que el totalitarismo no emerge únicamente a través del terror explícito, se gesta en contextos de despolitización, aislamiento social y pérdida de referencias compartidas. La masa, tal como la describe, no constituye una simple acumulación numérica de individuos, constituye una forma de agregación marcada por el desarraigo y la incapacidad de establecer vínculos duraderos.
Esta descripción, dialoga de manera inquietante con ciertas dinámicas contemporáneas, como la soledad estructural, la radicalización discursiva y la sustitución de la experiencia vivida por narrativas cerradas y autosuficientes. La reflexión sobre la verdad, profundiza este diagnóstico. En “Verdad y política” (1967), distingue con precisión entre la verdad racional, propia de las ciencias y la filosofía, y la verdad factual, que se refiere a acontecimientos contingentes y depende de testimonios, instituciones y prácticas compartidas. Esta última, carece de una fuerza intrínseca capaz de imponerse por sí misma en el espacio público. Su persistencia, requiere un entramado de confianza y responsabilidad colectiva. Cuando este entramado se debilita, la verdad factual se vuelve vulnerable a la manipulación sistemática. En la era de la desinformación y de la producción industrial de falsedades, este análisis adquiere una actualidad ineludible. Arendt, advierte que la disolución de los hechos en una multiplicidad indiferenciada de opiniones, no fortalece la pluralidad, la vacía de contenido.
Cuando todo se vuelve igualmente opinable, la política pierde su anclaje en un mundo común y se transforma en un juego de fuerzas, desconectado de la realidad compartida. Frente a este riesgo, no apela a una autoridad epistémica superior ni a la imposición de una verdad oficial. Apela a la responsabilidad compartida de sostener espacios, donde los hechos puedan aparecer, ser discutidos y preservados frente a la arbitrariedad. La noción de juicio, adquiere aquí un lugar decisivo.
En “La vida del espíritu” (obra póstuma e inacabada), retoma la “Crítica del juicio” (1790) de Kant, para pensar una facultad que no se rige por normas universales, ni por intereses privados. Se orienta por la capacidad de imaginar el punto de vista de otros. Juzgar, implica ensanchar la propia perspectiva sin renunciar a ella, asumir la tarea de evaluar situaciones concretas, en ausencia de garantías absolutas.
Esta concepción, resulta especialmente pertinente en un contexto donde la moralización acelerada del debate público, tiende a reemplazar la reflexión por la condena inmediata. La polémica noción de ´banalidad del mal´, se inscribe en esta problemática. Arendt no trivializa el mal, muestra su carácter inquietantemente ordinario, cuando el pensamiento abdica de su función crítica. Aquí, Adolf Eichmann aparece como la figura de una obediencia acrítica que se ampara en normas, procedimientos y lenguajes técnicos para eludir la responsabilidad. Esta reflexión, interpela directamente a las sociedades contemporáneas, en las que la fragmentación de las tareas, la automatización de los procesos y la mediación tecnológica, pueden facilitar una desconexión creciente entre acción y consecuencias.
Desde esta perspectiva, la responsabilidad no aparece como una exigencia heroica reservada a individuos excepcionales. Se presenta como una práctica cotidiana de atención al mundo común. Pensar, juzgar y actuar constituyen dimensiones interrelacionadas de una misma exigencia ética y política. Allí donde el pensamiento se suspende, la acción se vuelve peligrosa. Allí donde el juicio se debilita, la pluralidad corre el riesgo de transformarse en hostilidad o indiferencia. Finalmente, la atención que Arendt concede a los relatos, permite comprender la política como una práctica de sentido compartido. Los seres humanos no solo actúan, narran sus acciones para conferirles significado y hacerlas inteligibles para otros. Estas narraciones, sostienen la continuidad del mundo común cuando permanecen abiertas a la reinterpretación.
Cuando se clausuran y se absolutizan, se convierten en instrumentos de dominación. Vivimos en un contexto marcado por la crisis de los grandes relatos y la proliferación de micro-narrativas identitarias, y esta reflexión resulta especialmente pertinente al considerar que la tarea política no consiste en imponer una historia única, sino en mantener abierto un espacio en el que los relatos puedan coexistir, confrontarse y transformarse continuamente. Pensar con Hannah Arendt, implica reconocer que la política carece de garantías definitivas y que su fragilidad constituye la condición de la libertad. Frente a la certeza absoluta y al repliegue cínico, su ética del pensamiento atento, el juicio responsable y la acción plural, exige no abandonar la tarea de sostener un mundo compartido, manteniendo la fuerza crítica que interpela la responsabilidad política y moral.