“Mi interés por la animación viene por dos lados: los videojuegos y las películas de Disney. Cuando joven, solía jugar Mario en el Nintendo 64 y trataba de analizar los movimientos de los personajes”, recuerda Careaga en una entrevista con ULTIMAHORA.COM.
Cuando los veía moverse, el joven se preguntaba cómo podía ser posible que un modelo digital se moviera de una manera tan convincente. “Tenía la misma intriga al ver “Aladino”, “La Bella y la Bestia” y “La Sirenita” de Disney. Yo sabía que no eran nada más que dibujos en papel que se mostraban en sucesión rápida, creando así la ilusión de movimiento. Pero lo que más me atraía era la ilusión de que los personajes eran seres pensantes, vivos, creíbles”.
Guillermo tenía apenas 15 años cuando viajó a Seattle para iniciar un curso de introducción a la animación. Cuatro años después fue admitido en el Ringling School Art and Design, en Sarasota (Florida). Y luego de que varios representantes del ámbito de la animación visitaran la universidad en busca de nuevos talentos, Careaga recibió la propuesta de DreamWorks, que le ofreció un contrato para empezar a trabajar en su estudio ubicado en Redwood City (California). “Sinceramente no me esperaba. Sentí alivio porque me dio la facilidad de tramitar mis documentos para trabajar en los EEUU, cosa que hubiera sido muy complicado hacerlo desde Paraguay”, recuerda. En aquel entonces, el joven había presentado su tesis: Un personaje animado perseguido por una máquina de caramelos dentro de un gimnasio.
A sus 31 años, todavía recuerda cuando lo contrataron en el afamado estudio de animación, fundado por Steven Spielberg: “Mi reacción al recibir una oferta de trabajo ahí fue tanto de sorpresa como de alivio. Me llamaron unas cuantas semanas antes de recibirme de la facultad (estaba terminando mi cuarto año de la carrera de animación computarizada en la Florida), sorprendiéndome con una oferta de trabajo”.
A partir de allí comenzaron los trabajos, del cual destaca “Madagascar 3", por la satisfacción que le otorgó el haber participado como “especialista” del personaje Marty, la Zebra. “Eso significa que yo trabajé muy de cerca con los supervisores de animación y el director de animación para cerciorarme de que la actuación y el diseño de Marty sea consistente en toda la película, pues muchas personas lo animaron”, explica, al momento de señalar que fue “todo un desafío” que le otorgó la oportunidad de aprender mucho.
El animador también colaboró en películas como “Kung Fu Panda”, “Monstruos contra Alienígenas” o “Shrek Tercero”, entre otras. La última es “Peabody y Sherman”, historia en la que un perro súper inteligente (Peabody) adopta a un chico (Sherman), a quien le enseña lecciones acerca de la historia con una máquina del tiempo. “Esa es la premisa de la película, solo que con unas cuantas sorpresas más y nuevas aventuras en diferentes periodos de la historia”, comenta Careaga.
Como el cine apuesta cada vez más por las películas de animación, el trabajo del animador se torna imprescindible. Guillermo asegura que parte de serlo es aceptar que el sacrificio y las largas horas de trabajo, así como los desafíos a la hora de recibir críticas. “Se puede llegar a trabajar muchas horas, incluso de noche o fines de semana, para tratar de terminar la película. Otro aspecto que suele ser un desafío es aprender a recibir comentarios sobre tu trabajo de una manera profesional, y no personal”, indica y ejemplifica uno de los casos más comunes:
“Después de haber trabajado semanas en la misma toma, no es inusual que le muestres tu trabajo al director (o cliente) y te diga que eso no era lo que tenía en mente y que hagas de otra manera. Para cualquier artista, es difícil recibir ese tipo de comentarios pero son necesarios. El artista que desarrolla una madurez profesional y creativa es aquel que no se picha o enoja por esos comentarios, sino que vuelve a su escritorio y se pone a trabajar hasta satisfacer la visión del director”.
Pese a todo, Careaga afirma sentirse cómodo y califica a su trabajo como “sumamente divertido y remunerador”. “Da gusto poder ver la película terminada y reconocer los aportes que uno contribuyó”.
Y respecto al trabajo detrás de la animación, el joven señala que uno debe exigirse mucha paciencia y poseer el conocimiento necesario del software de animación y las demás herramientas que se utilizarán para el desarrollo de una película, sobre todo en lo que corresponde a la programación del personaje a la hora de animarlo. “El proceso de animación es inherentemente lento y muchas veces uno tiene que empezar de vuelta o realizar muchos cambios, dependiendo de los comentarios que te da el director a medida que le vas mostrando tu toma. En general, cada animador produce un poco más de dos segundos de animación por semana. Como promedio, nos toma aproximadamente un año y medio producir una hora y media de película. O sea que es un proceso arduo y que lleva tiempo. Sin paciencia, te vas a frustrar mucho”, precisa.
Por último, sostiene que la parte más subjetiva pero importante es tener conocimientos de actuación. “No hace falta que sepas actuar, pero sí que reconozcas y describas una actuación que es genuina, relevante y auténtica, porque al final del día es eso lo que le da vida a los personajes”.
Casi al final de la entrevista, Careaga recuerda que a los 15 años ya sabía que el arte de la animación “era lo suyo” y aconseja a los que se principiantes experimentar con paciencia, una actitud fundamental según el animador. “Uno a veces tiene una noción un poco idealizada de la animación, sin entender la cantidad de horas y esfuerzo necesarios para realizar un proyecto animado. Es por eso que a todos los interesados les animo a que descarguen una versión de estudiante de Maya para experimentar un poco y ver de qué se trata, para tener una experiencia más realista de este proceso. Si podés crear algo sin arrancarte los pelos, quizás la animación sea lo tuyo también”.