Bueno, sí. Existe. Tiene autoridades, afiliados, seccionales, convenciones, símbolos y una maquinaria electoral. Gana elecciones. Ocupa el poder y ha determinado gran parte de la política paraguaya. No se entiende la historia paraguaya sin el Partido Colorado. En ese sentido, existe. Sin embargo, cabe formular una pregunta que a oídos no acostumbrados a pensar parecería un sinsentido: ¿existe todavía el Partido Colorado? No se enoje el lector colorado. Ni se alegre el no colorado. La pregunta es muy seria. Y es filosófica. Quiere ir a las raíces del problema identitario.
Yo parto del espíritu de nuestra época. La del nominalismo. Me refiero a la postura filosófica –originada en la Edad Media– donde los nombres (en latín, nomen; de ahí nominalismo) permanecen mientras las realidades que designan se fragmentan. O desaparecen. Devienen vacías. Flatus vocis, decían en latín. No trato de trasladar sin más a la política la antigua controversia sobre los universales, sino de reconocer una tendencia cultural. Hablo de instituciones donde apenas quedan individuos. Hoy hay colorados –individualmente– pero la cuestión es: ¿existe eso que se puede definir como Partido Colorado?
Mi hipótesis es que ya casi no existe. Mi argumento es el siguiente: cuando una realidad pierde aquello que la hace ser lo que es, aunque conserve su nombre, ha perdido su ser. ¿Qué invento? De ninguna manera. Repare el lector en que, hoy, el Partido Colorado reúne individuos con sensibilidades políticas y culturales muy distintas. Antitéticas. Algunos invocan la tradición, la patria y la familia. Otros defienden el divorcio exprés y la ideología de género. Algunos profesan el liberalismo económico del presidente Peña, premiado en 2024 por el Centro Adam Smith; otros invocan un nacionalismo estatizante de pedigrí natalicista. Están los que defienden una gestión tecnocrática, como la que buscó el cartismo con sus técnicos: menos política y más autoritaria. Hay nostálgicos de la mano dura dictatorial. Dejo de lado los demás -ismos –abdismo y otros– que giran en torno a personalidades. O intereses.
Se me dirá que siempre fue así. Que el coloradismo ha tenido corrientes opuestas. Desde los demócratas hasta los guiones rojos. Sí. Pero esas peleas estaban acotadas dentro de un pensamiento general al cual todos respondían. Actualmente ese pensamiento parece haber desaparecido. Por lo cual estamos ante la suma de varias cosas, pero no ante un todo. Como podemos darnos cuenta, el problema es complejo. No solo pasa por las luchas internas. Pasa por un problema que atraviesa nuestra cultura. Estamos en una sociedad donde lo que prima son la conveniencia sobre las convicciones. Lo que queremos obtener a corto plazo está por encima de nuestras ideas. Ya no se pregunta que estado o sociedad se desea. Los ideales están difuntos. Solo hay grupos que responden a intereses extrapartidarios.
El Partido Colorado no parece ajeno a esta transformación. Ha ido perdiendo una filosofía política común, su horizonte de ideas. En su lugar encontramos facciones y conflictos permanentes por espacios de influencia. No hay un proyecto común. Y aquí surge una distinción fundamental que quiero hacer. Que un cuerpo vivo no es igual a una máquina. Es un organismo en donde hay un principio interno de unidad. Sus miembros forman parte de algo que los vivifica. En una máquina, por el contrario, sus piezas están juntas. Puede ser funcional, tener fuerza y potencia. Pero no hay un organismo vivo que lo haga funcionar. ¿El Partido Colorado no se ha convertido en una maquina?
Tal vez por eso parecería necesitar de un hombre fuerte que maneje la máquina. El tendotá. Creo que esto es un factor determinante. Cuando una sociedad deja de tener ese principio vital rector, este tiene que ser impuesto por una fuerza externa. Un partido unido por ideas puede sobrevivir a sus dirigentes. Si una organización es dirigida por una figura personal, es probable que se disperse cuando esta figura deje de estar presente. No solo es una cuestión de quién dirige la organización, sino de aquello que los une como militantes. A mayor carencia de fuerza ideológica, se necesitará un líder más fuerte. Y llegamos así a la siguiente pregunta para concluir: ¿Necesitará entonces el coloradismo del poscartismo otro tendotá?
Hay, sin embargo, algo que permanece en el Partido Colorado. Cierto vínculo afectivo. “Cuidado, que el coloradismo es una pasión”, me advertía siempre el desaparecido intelectual Leandro Prieto Yegros. Pero justamente es allí, quizás, donde radica la contradicción que tiene el coloradismo de hoy en día. Sigue manteniendo afectos que no funcionan sin una gran maquinaria electoral y un saber estar en el gobierno. ¿Es suficiente eso para sobrevivir sin tener ideas comunes?
Retornemos al nominalismo con el que comenzamos. Seguimos usando palabras como comunidad, tradición, pueblo, partido, mientras detrás de esas palabras nos encontramos con individuos y muchas cosas contradictorias. Entonces, ¿a qué o a quién representan? Por eso pienso que sigue siendo legítimo continuar preguntándonos: ¿existe aún el Partido Colorado?
*Dr. en Filosofía