Me encantan las sorpresas. El día que mi novia me hizo un cumpleaños sorpresa, fue el día en que supe que iba a ser mi señora. Me gustan tanto las sorpresas que mal puedo esperar a chequear un mail ni bien llega al buzón de entrada.
Irónicamente, soy el peor a la hora de recibir regalos, sean sorpresa o no. Soy de los que reaccionan de igual manera, tanto ante un par de medias o de un PS3 de regalo. No sé qué será, pero indefectiblemente mi cara se congela y digo disparates: “Eeeyyy, buenísimo. Gracias, en serio”. En caso de que el regalante aún no esté contento con mi reacción, y me pone cara de "¡reíte, pues! Te acabo de regalar un PS3, indio!"; busco ayuda rápidamente: "¡Amor!, vení a ver lo que me regaló el Pollo Florentín”.
Me hubiese gustado nacer con ese chip. El chip de la gente que sabe demostrar. Siento mi aprecio enjaulado, sé que está ahí adentro -armando jolgorio como King Kong ante cuánta rubia pasa por la vereda de enfrente-, pero simplemente no puede salir de la jaula.
“El” regalo para saber quién puede o no apreciar una sorpresa, sea material o sólo un gesto, es cocinar para alguien. Me gusta esto de las ollas y las sartenes, así que el mejor regalo es ver la cara de los comensales que deliran con cada bocado.
Mis dos mejores comensales, son mi señora y mi hermano. Ambos se cuelgan cuando la comida está en la mesa. Suelo observarlos a cada uno con su reacción particular. Helen, por ejemplo, cierra los ojos y baila lento, levemente inclinada sobre su plato, moviendo la cabeza hacia la derecha y concluyendo con un: "¡Ay! Vieji... Esto está...” y nuevo bocado. Es todo lo que necesita decir.
En el caso de Luis, las reacciones son variadas. Está la clásica arrugada de ceja, la cual fue apodada “El Sharpei”, que precede a la apuntada del plato con el tenedor y con la mirada fija en el cocinero en gesto de agradecimiento. Es todo lo que puede hacer en ese momento porque normalmente se está quemando la boca por un arranque tempranezco con el morfi. El acto concluye con un miniaplauso mientras busca la servilleta que, debido al meneo de ambos comensales, se encuentra durmiendo en el piso.
Son gestos que hacen que las cosas giren. Las reacciones que no buscamos son las que terminan valiendo oro. Compruébenlo. La próxima vez que quemen vaca o hagan un brownie, fíjense en la cara de los invitados a la mesa. Ahí está el PS3 con las medias puestas. En la cara de los amigos. Ahí está todo.