El guaraní, tan preciso para la radiografía social, nos regala la expresión po pohýi. Literalmente significa mano pesada y su semántica figurada va desde la violencia física hasta la falta de delicadeza para manejar lo ajeno. Esta acepción es la que usó el senador Beto Ovelar apuntando a Liz Meza, gobernadora de Concepción. Ella es una médica formada en Cuba gracias a una beca de estudios, pero pronto olvidó la austeridad que la isla –o su propia historia– le imponía.
En las internas coloradas de 2022 ganó la candidatura a la Gobernación bajo Fuerza Republicana, liderada por Mario Abdo Benítez. Luego venció al opositor Eliseo Guggiari por apenas 42 votos de diferencia. A los pocos días de asumir el cargo, se pasó a las filas del movimiento Honor Colorado, tal como lo hicieron otros cinco gobernadores originalmente abdistas. Pragmatismo colorado en versión típica.
Ignota fuera de su territorio, alcanzó una súbita fama nacional al organizar la que llamó la “mayor fiesta de 15 años jamás vista”. Aquello no fue solo una celebración del cumpleaños de su hija; fue un despliegue de absoluta disonancia social. Los concepcioneros no lo podían creer. Videos promocionales con cuenta regresiva; sesiones fotográficas en el Brasil; escenarios traídos del exterior; la fachada del Club Social Concepción totalmente ploteada para que se asemejara a un castillo de Disney; una ostentación tan recargada que, según algunos wedding planners, no pudo costar menos de 2.000 millones de guaraníes. Y todo esto ante los ojos de los pobladores de un departamento que tiene cuatro pueblos –Paso Barreto, Arroyito, Azotey y Sargento José Félix López– encabezando la lista de los distritos más pobres del Paraguay.
Al percatarse del revuelo que su megafiesta estaba provocando, la gobernadora Liz intentó evitar el escándalo ordenando a la Policía que resguarde las inmediaciones del salón y recurriendo a una medida cautelar que prohibía la publicación de imágenes del evento. Demasiado tarde. El propio decorador brasileño las divulgó en redes sociales. No se iba a perder la oportunidad de exhibir la fastuosa obra encargada por sus clientes paraguayos.
Aquí entra un componente psicológico fascinante: La ostentación como mecanismo de compensación. Para el “nuevo rico”, el dinero sirve para disfrute privado, pero necesita una validación pública. No basta con ser, hay que parecer ser de una casta superior. La opulencia es el grito de quien teme ser invisible. Es el “horror vacui” del alma; llenar el vacío de autoridad con centros de mesa gigantes y bailes de princesas.
Solo que, al presumir de la suntuosidad de sus privilegios, se evapora la delicadeza del pudor y se le da una sonora bofetada a la ciudadanía. Quien cruza esta línea no suele darse cuenta de los terribles efectos colaterales –una expresión que una médica debería recordar– que conlleva ese atrevimiento.
Pronto hubo consecuencias. Tantos signos exteriores de riqueza hicieron que la Contraloría General de la República ordenara una verificación del patrimonio de la gobernadora y el de su esposo. Pero lo peor aún no había llegado. El Senado, con una rapidez inusual, aplicó un po pohýi legislativo al modificar la ley y quitarle a la Gobernación la administración de los fondos del programa Hambre Cero.
Los excesos de Liz solo fueron la excusa para activar la dinámica interna colorada. Ella estaba en la mira por complejas disputas por el liderazgo del coloradismo en Concepción. Aprovechando el impulso, los cartistas también quieren sacarle el control del dinero al díscolo César Landy Torres, gobernador del Alto Paraná. No es moralidad, es disciplina interna. En este “mitin de guerra” entre colorados, la ética es solo una herramienta de conveniencia.
Al final, queda el sabor amargo de la gente que mira el castillo de Disney desde la vereda del hambre. En el Versalles norteño, la reina se quedó sin corona administrativa, pero el pueblo sigue esperando que, alguna vez, el poder deje de tener la mano tan pesada y el corazón tan ligero.