22 may. 2026

“El teatro es mi lugar en la sociedad, mi forma de vivir”

“Me bajé de los barcos porque me di cuenta en los carnavales de mi Montevideo natal de que lo mío era la actuación. Esa decisión cambió mi vida”, relata el actor Héctor Silva, intérprete de obras como El loco de Cervantes.

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Me llamo Héctor Silva, uruguayo, nadie perfecto. Nací en Montevideo el 28 de marzo de 1958. Soy hijo de doña Zulma y don Roberto, obrero textil; el viejo laburaba de 10 de la noche a 6 de la mañana por 30 años para ganar el plus nocturno. La vieja cuidaba a criaturas a domicilio; entonces crecí en un hogar muy humilde; escuela pública, liceo público, universidad pública. Pero el destino fue bueno conmigo.

INICIOS

Soy tercer maquinista de navegación de ultramar. Y nada, ejercí un año y después me bajé de los barcos porque no era lo mío; lo mío era la actuación, me di cuenta después. Y el carnaval uruguayo tiene unas características muy propias, muy especiales, dura un mes el carnaval y todas las noches se arma en los barrios, en los clubes.

Mi lado artístico empieza en esos carnavales. Ese es mi lugar en la sociedad me dije: el escenario, por lo que significaba como un vehículo, como forma de transmitir, de comunicar, de conmover, de emocionar, de hacer pensar, de concienciar.

El escenario yo lo vi desde siempre por ese lado, no por el lado de la fama ni la popularidad, ni nada de eso, sino un instrumento muy valioso, muy valioso para justamente lograr elevar el nivel cultural, social y político de la gente.

POLÍTICA

Allá por los 15 años se me da por empezar la militancia política; era una sociedad muy politizada, en los 70, la sociedad uruguaya muy politizada. Empezando por la educación, la educación laica, obligatoria y gratuita. Entonces el hecho de haber separado la Iglesia del Estado, eso también lo convirtió en un país con un 50% de agnósticos y de ateos.

Y bueno, eso me marcó muchísimo también porque eso hizo que tuviera que emigrar en 1978; me tenía que ir del país por una dictadura feroz. Vino en el 73, empieza la dictadura, un país que nunca jamás había tenido alguna, pero ni cerca; era un ejemplo de democracia y de libertad, de educación, de cultura.

Fueron 12 años durísimos hasta el 85. Y bueno, me las tuve que ver en Europa; fui a España por unos contactos que tenía, una cosa muy triste porque yo no me quería ir.

Estuve en Barcelona un tiempo, después en Italia. Tenía apenas 20 años; después por problemas documentarios vine a Sudamérica, a Brasil en el 80 y por tierra, casi de forma fortuita al Paraguay, vía Foz de Yguazú, cruzando la frontera. No podía todavía ir a Uruguay, era de a poco ir acercándome.

La primera noche en la Plaza Uruguaya, la pernoctada. Con los soldaditos de aquella época de la Cimefor, que hacían guardia. Y las prostitutas de la época que pululaban. Que, como yo digo siempre, son las que me han dado una mano toda la vida.

ASUNCIÓN

Ya acá en el Arlequín Teatro se abre un taller en el 82 de un uruguayo justamente, Carlos Aguilera, que venía a dirigir acá. Me tocó estar en Hamlet, La muerte de un viajante, etc.

Cuando estaba en Villa Morra, allá donde es el local de un conocido shopping ahora, ahí funcionaba el Arlequín. Y después de eso ya empezaban a venir otras producciones, otras puestas en otro lugar, en El Salazar.

Ahí es donde le conozco a Emilio Barreto, a Line Bareiro, Teresa González Meyer, Manu Oliveira, los referentes, Erenia López, Ñeco Rabito, el maestro Antonio Ayala que ya falleció.

Y no paré más de hacer hasta hoy. Hasta que en el 87 dije, me estoy repitiendo los mismos personajes, me están faltando herramientas y me voy a estudiar actuación a Buenos Aires, dos años, con un maestro que también ya falleció, Carlos Gandolfi, que en la época era muy reconocido, tenía una escuela maravillosa.

Y me voy a estudiar allá, y casualmente los únicos contactos que tenía allá eran los paraguayos que había hecho amigos acá, que tenían parientes allá, primos, sobrinos, cuñados.

Y me pongo a trabajar en la construcción con los paraguayos, que era el único laburo que conseguí. Me pusieron a doblar varillas y agarré a otro que había ahí y le digo: ¿cómo es esto?, porque si no, me quedo sin laburo y no tengo pa’ comer.

Y con ellos estuve; se había armado, me acuerdo, en el Deportivo Paraguayo, era un club que había allá en esa época, todos paraguayos, y los sábados se hacían peñas y también se juntaban para paliar la soledad que tenían.

LA VIVIANA

Y después vuelvo, en el 90, y caminando por Estrella me cruzo con una mexicana, que estaba acá de visita, y en tres meses nos enamoramos y nos casamos. En retrospectiva miro para atrás y digo ¡qué inconsciente, Dios mío! Pero gracias a Dios salió maravillosamente bien. Me casé en el 91.

Viviana Rangel, la Viviana, de Guanajuato. Ella cuando vino ya tenía una nena, ya como madre soltera, de dos años, Natalia. Vino a visitar a los abuelos porque mi suegra era paraguaya. Y se vino con la nena obviamente. Y me hago su papá, ocurre así.

Al año nace Xitlali. Nombre mexicano que significa “el lucero más hermoso” en náhuatl, que es un dialecto. Y bueno, y a vivir la vida de familia. Cosa que hasta esa altura para mí era impensable, ni casarme, ni tener hijos ni nada. Yo quería seguir haciendo teatro.

Recuerdo que fueron años difíciles también. Antes que se fuera la dictadura de Stroessner, el actor o era comunista, homosexual o drogadicto. Esto, ahora, no cambió tanto tampoco. Al final el arte me sirvió entonces para llevar el pan a la mesa.

En el 2015, dada la enfermedad de Viviana, estaba en clínica internada. Y viene un oncólogo amigo, que por suerte era amigo, y me dice: ‘Héctor, llévatela porque acá se muere. Llévatela ya’.

Y es así que ella muere en Buenos Aires, en un instituto. Fue la más grande pérdida de mi vida, víctima del cáncer del colon.

Pero aquí estoy, haciendo lo que más me gusta, lo que me sostiene, el teatro. De hecho, actualmente formo parte de una obra paraguaya que fue seleccionada para el festival internacional de Teatro FIMITEBAQ 2026 y busco apoyo para participar. Las personas interesadas en colaborar pueden comunicarse al (0984) 787-726.

  • “Antes de que se fuera la dictadura de Stroessner, el actor o era comunista, homosexual o drogadicto. Esto, ahora, no cambió tanto tampoco me parece”.
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