16 may. 2026

El relato de la jefa de Enfermería del Centro Nacional de Control de Adicciones

La enfermera Virginia Samaniego trabaja hace 16 años en el Centro Nacional de Control de Adicciones, hoy es jefa de la Dirección de Enfermería. Lleva años de acompañamiento a pacientes con problemas de drogas poniéndose cada día en la piel de los mismos, haciendo a veces hasta de mamá.

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Virginia Samaniego, jefa de la Dirección de Enfermería del Centro Nacional de Control de Adicciones. Foto archivo ÚH

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“Realmente tenemos experiencias muy dolorosas, pocos resultados positivos, porque como país no tenemos lo que se llama Comunidad Terapéutica, que es el siguiente proceso que tienen que seguir estos pacientes, después de la desintoxicación”, suspira.

“Nuestros primeros pacientes hoy están en el Neurosiquiátrico, ya son adultos. Otros acabaron falleciendo por el camino porque también lastimosamente el hecho de ser adicto está relacionado con lo delictivo, ellos están obligados a delinquir para poder comprarse la droga”, lamenta.

La licenciada asevera que el sistema de Salud Pública no ofrece “nada al salir” a los pacientes usuarios de las drogas, una vez finalizado el tratamiento de desintoxicación. “El chico va a salir y ya es nuestra preocupación ‘y quién le va a llevar y a dónde se va a ir’... no sabemos a dónde llevarles”, confiesa.

La mayoría vuelve al mundo, nuevamente “quedando a su suerte”. “Al no existir ese segundo dispositivo (el tratamiento de rehabilitación y reinserción en la sociedad) prácticamente todo el trabajo que realizamos aquí en el Centro, termina en la nada”, atestigua.

En los 16 años de labor en el Centro, hay una situación que selló la vida profesional de Virginia, entre sus tantas experiencias. “Lo que hasta ahora siento me marcó fueron mis primeros pacientes. Creo que cuando tuvimos un curso en el Neurosiquiátrico, vi a uno de ellos, y él ya no me conocía. Noté que estaba con una mirada perdida, y totalmente aislado por su alto grado de agresividad; cerca estaba la mamá. Ella se me aproxima, me abraza y llora, y me dice ‘mirá un poco a nuestro hijo’. Eso hasta ahora me afecta”, nos relata conmocionada y con lágrimas en los ojos. El joven hoy tiene 24 años y cuando lo trataron tenía 15 o 16.

“Es doloroso, acá nosotros pasamos muchísimas cosas, por eso es que este lugar no es para cualquier persona. Tenés que tener empatía, compromiso y tenés que dar más de vos, te tiene que gustar y tenés que ponerte en la piel del otro, superficialmente no podés hacer nada”, sostiene.

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