07 feb. 2026

El nuevo orden

Muchos se suman a suscribir las críticas hacia el “nuevo orden mundial” que se asoma en el horizonte. Pues lo que empieza a notarse no es el fin de las hegemonías militares ni de las dictaduras mesiánicas. Tampoco se trata de la consolidación de la democracia como fueran nuestros sueños de antaño. Nada de eso. Lo que está empezando a notarse es algo peor: Es el retorno hacia épocas oscuras de la humanidad y cuyos primeros indicios –ignorados hasta ayer– se han hecho tan evidentes que empezaron a saltar algunas alarmas.

El más comentado entre ellos, fue el banquete ofrecido por Donald Trump para agasajar al dictador Mohamed bin Salman, monarca saudí. En la misma Casa Blanca que en tiempos anteriores se honraba a luminarias de la ciencia y de las artes del mundo, el presidente norteamericano reverdeció con este y otros gestos, el peor imperialismo que se conociera, también en un pasado nefasto que todos creíamos se había ido para siempre.

Porque al hacer los honores al Islam “más represivo y sanguinario”, de acuerdo con la calificación que le diera el columnista británico John Carlin, es como para dejar de lado toda ambigüedad y hacer entender al mundo cuáles son los valores que serán apreciados en los tiempos que corren y en los que se acercan raudos.

Actitud que ha estimulado igualmente a otros pichones de la derecha autoritaria, para el ejercicio de un poder fiero que se ha adjudicado la potestad de fijar normas y aranceles para cualquiera que no tenga la misma visión que ellos, en cuanto a todo. Tal como Mr. Trump lo viene haciendo. De habernos exigido “credenciales democráticas” durante tanto tiempo, ahora quieren dejar de “jugar a la democracia” para sacar las garras del imperialismo puro y duro de siempre.

Pero lo que pinta de siniestro el panorama es el silencio de los organismos internacionales o de Derechos Humanos que no reaccionan aunque más no fuera con un comunicado como para dar señales de vida. Como si nada estuviera pasando.

Y para que ninguno albergara duda alguna sobre los códigos que rigen –que deberán regir– en la gran cofradía del mandamás norteamericano, este lo hace poniendo como socio y ejemplo de esta “gran cruzada”, a un monarca cuya dinastía gobierna Arabia Saudita con reinados hereditarios desde 1932 (sumen bien: Desde hace 93 años); y a quien se atribuye la responsabilidad de “320 decapitaciones confirmadas en su país en lo que va del año”; que ha condenado con penas de hasta 34 años de prisión a sus conciudadanos por manifestarse en contra de su gobierno y que castiga con la prisión a personas homosexuales.

En el caso de las mujeres, las penas son agravadas por el hecho de que por ley, cualquiera de sus derechos siguen subordinados a la voluntad de los hombres.

El presidente Trump resolvió llevar adelante en este su segundo mandato, lo que el pueblo norteamericano más cercano a sus ideas, reaccionario y políticamente ignorante ha deseado siempre: Que el poderío de su gobierno se manifieste claramente hasta autoconcederse la voluntad de resolver quién es quién y quién puede ser, en el resto del planeta.

Decidir qué gobierno es bueno y cuál es malo en función a quienes se plieguen o no a sus códigos. Y quienes están dispuestos a seguir los sones de su música –como redivivo Hamelln– para retornar a las oscuridades del pasado.

Y para que todo sea claro en este festival de los nuevos valores, en la fiesta del Tío Sam Trump en la Casa Blanca, estuvieron Elon Musk y otros representantes de su misma categoría financiera y mental. Los que administran –conceden o quitan– el “pan mundial”. Y por el lado del “circo”, no podían estar ausentes Gianni Infantino, presidente de la FIFA y, desde luego, Cristiano Ronaldo, ídolo de la liga saudí, para que los presentes pudieran hacerse “selfis” con él, según el ya citado John Carlin. Porque “… ellos controlan el bienestar, la vida, la muerte y el futuro de la humanidad.

Tienen en sus manos las palancas para determinar si hay guerra o paz, si hay hambre o abundancia, si se impone la ignorancia o el conocimiento o para decidir si acabar con el planeta Tierra apretando el botón nuclear”.

¿Somos conscientes de que esos peligros podrían esconderse tras una “inocente” fiesta de amigos? Porque si no todos pudieron estar ni estarán al mismo tiempo en próximas reuniones; algunos están cerrando filas pugnando con merecimientos para formar parte de las futuras listas de invitados.

Mientras tanto, una juventud desorientada e ignorante de lo sufrido en el pasado, se desbarranca en el desenfreno tecnológico hábilmente difundido para sustituir valores y anular inquietudes.

Razones por las que un gran porcentaje en todo el mundo, manifiesta sin pudor que añora el retorno de Franco, Mussolini, Hitler y otros muchachos de la misma calaña.

Y desde luego se ven mejor representados por Donald Trump, a Mohamed bin Salman, como otros de parecidas “virtudes”.

El detalle está perfectamente traducido en la respuesta que dio el presidente norteamericano a una periodista que durante la semana anterior a la mencionada “fiesta”, le preguntó sobre el papel de Bin Salman en el asesinato y descuartizamiento de otro periodista, el disidente saudí Jamal Kashoggi, en el Consulado de su país en Estambul hace siete años. Pregunta a la que el presidente norteamericano, respondió: “¿Qué le vamos a hacer?”

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