19 feb. 2026

La crisis que vimos venir dos veces

Paraguay ya vivió una crisis anunciada. No fue un accidente, ni un shock externo, ni un fenómeno imprevisible. La crisis financiera que estalló a mediados de los 90 fue el resultado de señales claras, repetidas y documentadas que el país eligió ignorar. Y hoy, tres décadas después, esas señales vuelven a encenderse –esta vez en el sistema de seguridad social– con una intensidad que debería preocuparnos mucho más.

La historia no se repite, pero rima. Y la rima actual es demasiado familiar.

A. La crisis financiera: un colapso anunciado

En los años previos a 1995, los bancos paraguayos mostraban todos los síntomas de un sistema enfermo: préstamos vinculados, balances maquillados, supervisión débil, concentración de riesgos, iliquidez creciente. No faltaba información; faltaba decisión.

La inacción tuvo un precio: alrededor de 10 puntos del PIB, una década de estancamiento y una pérdida profunda de confianza en las instituciones financieras.

La crisis no fue un rayo en cielo sereno. Fue una tormenta anunciada que elegimos no ver.

B. El espejo del presente: la seguridad social

Hoy, el sistema previsional reproduce el mismo patrón, pero con un agravante: el costo potencial es mucho mayor.

Las señales están ahí, a la vista de todos: déficits crecientes, reservas mal invertidas, gobernanza frágil, pasivos actuariales sin financiamiento, decisiones políticas que privilegian el corto plazo.

La diferencia es que una crisis previsional no se limita a un rescate financiero.

Una crisis previsional compromete décadas de obligaciones, afecta a generaciones completas y puede arrastrar al Fisco, al sistema financiero y a la economía real.

Si la crisis bancaria destruyó capital financiero, una crisis previsional destruiría capital financiero, fiscal y social.

C. El costo de no actuar

La experiencia internacional es contundente: cuando un sistema previsional colapsa, el costo puede superar 40, 60 o incluso 80 puntos del PIB. No es un costo de un año. Es un costo permanente.

Se pone en duda el pago de jubilaciones, se pagarán con efecto de la crisis, funcionará a medias y la solución será mucho más gravosa para todos, más impuestos, más deuda, menos beneficios, menos inversión, menos crecimiento.

En los 90, el Estado rescató a ahorristas. En una crisis previsional, el Estado tendría que rescatarse a sí mismo.

D. El patrón que se repite

Si la situación financiera del sistema es preocupante, preocupa más el comportamiento institucional que ya vivimos: minimizar el problema, postergar decisiones, negar la evidencia, esperar que “algo” cambie solo, proteger intereses de corto plazo.

Es exactamente lo que pasó antes de 1995. Y es exactamente lo que está pasando ahora. La historia no se repite, pero cuando las instituciones no aprenden, los errores sí.

E. La oportunidad de evitar la próxima crisis

La lección de los 90 es clara: cuando las señales están ahí, actuar tarde es actuar caro.

La seguridad social necesita reformas graduales, técnicas, sostenibles y blindadas de la política coyuntural.

El proyecto de reforma a consideración del Congreso, es mínimo, tardío, sin ambición pero aun así es necesario llevarlo adelante y ganar tiempo para que a través de un diálogo profundo se acuerde una definición sostenible al problema que tenemos hoy.

No actuar hoy es condenar al país a un ajuste brutal mañana. La crisis financiera nos costó una década. Una crisis previsional nos costaría una generación.

Más contenido de esta sección
Esta semana no se trató de una “juntada therian” –personas que se identifican con un animal–, sino de algo mucho más revelador: una radiografía emocional de nuestra sociedad.