El escritor, periodista e indigente católico de derechas francés, León Bloy (1846-1917), es un escritor de la antimodernidad europea de la segunda mitad del siglo XIX, quien no llegó a ser testigo del movimiento fascista con el que compartía ciertos rasgos, pero con el que en varios sentidos divergía. Era, pues, coherente con su pensamiento del cristianismo pobre, pero además tenía el genio alado y procaz de la lengua francesa, tanto como Friedrich Nietzche y Karl Kraus tenían el genio alado y procaz de la lengua alemana.
Soy un lector anonadado de los Diarios de Bloy (El mendigo ingrato solazó mi encierro pandémico), pero solo hace poco conocí sus artículos periodísticos. En estos días me quedé reflexionando sobre la definición del entusiasmo que hace en De un experto en demoliciones (1884). Allí, lo define como una violencia. Pero es también para él un autoanálisis, un pensamiento que está debajo del pensamiento de las cosas (no por encima, lo que podría calificarse de “idealismo vulgar”, y esto es decisivo en Bloy). Sobre todo, el entusiasmo es para él una audaz hipálage teológica: Un divino descontento ante las condiciones inflexibles de la vida normal. Una rebelión. Es una vida de la sospecha desde lo subterráneo, lo inconsciente y lo ideológico. Una sospecha violenta, traumática, liberadora, como en Nietszche, en Sigmund Freud y en Karl Marx. Bloy es un poco el cuarto integrante (católico) de la famosa tríada del filósofo (también francés) Paul Ricoeur.
En otra definición del entusiasmo (que más adelante Bloy relacionará con Mateo 11:12 y la idea del Asalto del Cielo mediante la Violencia), Bloy grafica así el entusiasmo (con connotaciones corporales y cerebrales, metáfora de la energía y de la artesanía ritual premodernas y campesinas): Es una lámpara encendida colocada fisiológica y psicológicamente bajo el pensamiento, como si estuviera debajo de una vasija llena de líquido helado y lo calentara, lo purificara, le diera color y lo volviera sutil sin llegar jamás a consumirlo:
Aquí también parece hablar del inconsciente de Freud, palabras más, palabras menos: “[El entusiasmo] Es el movimiento sublime por el cual los sentimientos disimulados y adormecidos del alma humana estallan de repente en la vida moral y resuenan en todos los actos exteriores de la vida física”.
El entusiasmo, sin embargo, no devenía en “culto del héroe” de tipo caudillezco o militar en Bloy, sino en el de un héroe civil y acaso anónimo, en una versión pionera del “hombre sin atributos” del novelista húngaro Robert Musil; pero también el de El hombre del subsuelo (1864), de Fiodor Dostoievski, a quien al parecer no leyó. El “alma entusiasta” es un héroe un poco ascético y más cercano al “hombre representativo” de Ralph Waldo Emerson, me parece, que al más taciturno, misógino y autoritario de Thomas Carlyle, admirador británico y germanófilo de nuestro Dr. Francia.
Bloy, que era abstemio, se apresura en aclarar en el artículo “El entusiasmo en arte” que en el “alma entusiasta” vive (durante un cierto tiempo, que no delimita) “una vibración sobrenatural”: algo que es como estar ebrio, “pero de embriaguez divina”. El adverbio es muy seguramente fruto del rechazo por parte de Bloy de los elementos alteradores de la conciencia, pero es de lo mismo que hablaría Carl Gustav Jung: una vibración natural que es también un ánima y una música confundidas con el mundo sensorial, con lo humano y con lo comunitario.
Las drogas sicotrópicas actúan desde milenarios tiempos como una manifestación del “divino descontento” que dijo Bloy. La falta de ritualización con sentido subjetivo a la vez que social del consumo occidental de drogas, es cierto, amenaza por cortar los puentes entre Dios (o cualquier Espíritu, Absoluto o Diseñador Cuántico) y el entusiasmo: la violencia del Yo inevitablemente consumido por la Pasión. Baste finalizar con que, para Bloy, “el entusiasmo perfecto” es “un amor sin límites”: El Dolor.