24 feb. 2024

El día del Pombero

El pasado jueves se conmemoró en el mundo entero el Día del Peatón. Ese día recuerda el primer incidente de tráfico. Sucedió en Londres, Inglaterra en 1897, la víctima se llamaba Bridget Driscoll, la arrolló un coche y falleció en el acto.

En nuestro país, la educación vial no es una materia pendiente, como a menudo se repite hasta el hartazgo. En el Paraguay directamente no existe educación vial ni tampoco conciencia ciudadana ni respeto al otro, al prójimo o la prójima.

En cuanto al peatón, celebrar su día suena a festejar el día del pombero, que es un mito del cual todos hemos escuchado en algún momento, pero nadie lo ha visto. El peatón en el Paraguay es como una entidad invisible, mencionado en el reglamento de tránsito, pero en la calle es invisible.

En nuestras calles rige, lamentablemente, la ley de la selva de cemento y asfalto donde el rey es el autómovil, bueno... y también la motocicleta, claro.

Todo gira alrededor de los derechos y la comodidad del auto y de sus dueños: Asfaltos sin baches, puentes, calles y avenidas cada vez más anchas o rutas con más carriles, pasos a desnivel y viaductos.

A los peatones de vez en cuando le dedican alguna pasarela peatonal, como esa que costó más de dos millones de dólares construida por el Ministerio de Obras Públicas. Oficialmente la llamaron el Puente de la Cultura, pero todos sabemos que es la pasarela de oro y la hicieron para poder cruzar desde el Parque Ñu Guasu hacia el Comité Olímpico Paraguayo. De todas maneras, no es un lugar muy concurrido y a menudo está clausurada.

Los peatones son sobrevivientes natos. Andan por calles que apenas tienen veredas, y cuando hay veredas seguro que están rotas y tiene agujeros que son trampas mortales.

Pero lo más frecuente es que la gente no pueda caminar por las veredas porque están ocupadas por los vehículos estacionados. Esto es una especie de deporte nacional, tapar la vereda porque el derecho del dueño del auto o camioneta está por encima de cualquier ente que se mueva sobre sus patas, o sea, un peatón.

Tapando las veredas con impunidad, perjudican a las mamás que empujan los carritos de bebé, a los ancianos que dificultosamente caminan apoyados en bastones, a personas no videntes o gente que se mueve en sillas de rueda. Esa gente no importa. Lo que importa es el idiota que ocupa ilegalmente la vereda para estacionar su auto porque la opción de estacionar lejos y perder de vista su precioso vehículo no está contemplada. De paso, hay que decir que ninguna autoridad municipal se ocupa de esto porque básicamente no les importa el bienestar o la seguridad de un peatón. Hay gente multada por estacionar mal, pero nadie fue multado por clausurar una vereda.

No hay semáforos para peatones como en otros países, pero nos gusta adornar las calles con la franja tipo cebra, el famoso paso peatonal que pocos automovilistas respetan. No estoy segura de que sea falta de cultura vial o donde se aprende, pero automovilista que se respete cuando llega a una bocacalle y ve un peatón cruzando pisa el acelerador y hace correr al desatinado ser. Y esto sin mencionar que cuando llueve resulta súperdivertido acelerar, pasar cerca de la vereda y mojar con el agua sucia del raudal a los peatones que esperan el ómnibus ese, sin duda, es otro deporte nacional.

Tenemos de todo, leyes de Tránsito y Seguridad Vial, normas, reglas, eré era, lo que pasa es que, como en otras cuestiones, simplemente no se les hace caso. Ahí tienen la Constitución Nacional, por ejemplo, o los Diez mandamientos, especialmente el que dice No robarás, prohibición que por cierto a algunos políticos y funcionarios les encanta ignorar.

Pese a todo, el peatón seguirá desafiando al destino y arriesgando su vida cada día en la calle, sintiendo la adrenalina, la emoción y la sed de aventuras que implica cruzar una calle sin terminar aplastado como un sapo.

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